La Provincia de Zaragoza, El Cuarto Espacio

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La Matacía en Gelsa

La Matacía en Gelsa
poco se va perdiendo en nuestros pueblos. Aunque existen familias que
todavía siguen esta costumbre, se hace de forma muy distinta a como se
realizaba antiguamente. La matanza del cerdo representaba una fiesta
familiar que hemos querido recuperar para que todos conozcamos como se
desarrollaba.
La crianza del cerdo

La crianza del cerdo
Peñalba) o de otras partes de la provincia de Huesca y lo hacían los
llamados tocineros que solían ir vestidos con blusa larga, de color
negro o azul. Los cerdos que traían eran muy pequeños y por eso se les
llamaba tocinos de leche. Se compraban indistintamente machos o hembras y
ambos había que castrarlos a los dos o cuatro meses para evitar
problemas de entrada en celo y facilitar su engorde.
El tocinero vendía el cerdo acordando un trato con el
comprador. El que podía lo pagaba al dinero, es decir, al contado y el
que no, se lo llevaba fiado para pagarlo con trigo o cebada en la época
de la cosecha.
El cerdo se criaba en casa, en las llamadas casetas o
chozas. El período de crianza oscilaba entre los ocho y doce meses y,
para ello, había que darle de comer todos los días, hecho que
representaba casi un ritual. Normalmente era el abuelo o, en su defecto,
la mujer de la casa los que se encargaban todas las mañanas de poner a
cocer la caldera con la comida: patatas menudas, remolacha, calabaza y
toda clase de peladuras y hojas de verduras que no servían para el
consumo familiar. Una vez cocido se vertía en un recipiente llamado
vacieta del tocino y se agregaba salvado u otras pasturas que se
mezclaban y chafaban en el capolador, de ahí que a esta tarea se le
llamase capolar. La vacieta se dejaba enfriar en el corral y antes de
llevársela al cerdo solían pasar las gallinas a picotear. Como los
recursos económicos de las familias en determinados años eran muy
escasos a veces, también los más pequeños de la casa, antes de capolar,
cogían las patatas menudas que se habían cocido en la caldera para
comérselas.
Los dos últimos meses antes de sacrificar al animal se
dedicaban al engorde del mismo a base de panollas de maíz mientras que
en las casas más pudientes se le daba maíz molido, cebada y centeno.
El cerdo se sacrificaba entre noviembre y febrero, buscando
siempre los meses más fríos del invierno puesto que para la curación
del jamón y del mondongo era mucho mejor.
Preparativos de la matanza
Unos días antes a la matanza, la mujer de la casa ponía asecar en la ventana tres o cuatro panes para después rallarlos y
emplearlos para hacer las conocidas bolas o pellas. Asimismo, preparaban
las especias necesarias para hacer el embutido: canela, pimentón dulce y
picante, piñones, avellanas, anís, ajo, vinagre, cebolla, etc. El arroz
que se utilizaba para hacer las morcillas también se cocía el día
anterior y se dejaba extendido en un paño para que se enfriara.
En cuanto a las tareas que desempeñaban los hombres durante
los preparativos consistían principalmente en recoger aliagas para
hacer fuego y comunicar al Ayuntamiento que se iba a matar el cerdo ya
que había que pagar un impuesto de pesos y medidas.
Con el consentimiento del Ayuntamiento se iba a avisar al
matachín, persona que se encargaría de matar y despedazar el cerdo. Éste
comenzaba su trabajo a las siete de la mañana y solía matar en un día
seis o siete cerdos. Se hacía de forma ordenada, una familia detrás de
otra, así que había que esperar tu turno para poder comenzar.
La caldera y el bación, utensilios indispensables para
iniciar la matacía, se llevaban de casa en casa y era el propio matachín
quien te mandaba y te decía a qué casa tenías que ir a buscarlo.
La matanza del cerdo

La matanza del cerdo
familia y a ella acudían familiares que vivían en otros pueblos o
incluso en Zaragoza.
En primer lugar, había que poner a calentar agua para
posteriormente lavar y pelar el cerdo. Cuando el agua de la caldera
estaba a punto de hervir, el novio o mozo más fuerte de la casa iba a
buscar el bación que servía para colocar al cerdo en el momento de
degollarlo y después pelarlo. Era de madera y pesaba unos ochenta kilos
aproximadamente, por esta razón solía ser el novio quien iba a buscarlo,
ya que de esta manera podía demostrar ante la familia de su prometida
que era suficientemente hombre. Una vez que el bación estaba en casa
llegaban los matachines y comenzaba la fiesta, no sin antes obsequiar a
todos con unos buñuelos y una copita de anís.
Llegada la hora, se sacaba el cerdo de la caseta entre tres
o cuatro hombres y el matachín le clavaba un gancho en la barbilla para
acercarlo hasta el bación, donde lo tumbaban colocándolo boca abajo.
Una vez tumbado, el matachín lo degollaba clavándole en el cuello un
cuchillo de dos filos, mientras que la mondonguera iba recogiendo la
sangre, que luego emplearía para hacer las bolas y morcillas, en un
barreño de cerámica. La sangre era removida constantemente para evitar
que se formasen coágulos y para apartar las venas que se le iban
quedando pegadas en el brazo y que después se comerían fritas.
Terminada la faena del sangrado se procedía al pelado del
animal; para ello, se le vertía por encima el agua hirviendo de la
caldera con unos pozales. El matachín pelaba el cerdo con la ayuda de un
puchero de barro, con el que seguía echándole agua, y de una cazoleta
que era una especie de cazo con mango corto y bordes afilados que pasaba
con fuerza por la piel del animal para quitarle el pelo más fuerte. Por
último, para que quedase limpio y perfecto, lo afeitaba con un cuchillo
y le quitaba las pezuñas. El pelo solía ser recogido por los matachines
en un cesto ya que luego era vendido con destino a la industria de
cepillos de ropa, brochas, pinceles, etc.
Bien pelado el cerdo, se colgaba atándole las patas
traseras a un madero y el matachín comenzaba a despedazarlo abriéndolo
de arriba abajo y vaciándolo totalmente de forma que sólo quedaban las
piezas del animal; perniles, espaldiles y los blancos. Después, se
cortaban dichas piezas para posteriormente subirlas a los graneros de la
casa, pues debían estar en un sitio fresco y aireado para que se fueran
enfriando y secando. Las piezas se colocaban en uno o varios cañizos,
dependiendo de la cantidad, con la corteza hacia abajo y la carne al
aire. Con esto, se daba por terminado el trabajo del matachín y
comenzaba el mondongo.
El mondongo

Utensilios para el mondongo
utilizando para ello una cuchara de madera (de esta forma no se
rompían), se lavaban con agua caliente y unas gotas de vinagre y ya
quedaban listos para llenarlos con la carne de los chorizos y
longanizas.
En el hogar, se ponía a cocer la cabeza del cerdo para
hacer las butifarras y se preparaba la pasta de las bolas y morcillas
mezclando la sangre del cerdo con el pan rallado o el arroz,
respectivamente. Al mismo tiempo, se preparaba la comida para toda la
familia que solía ser la típica sartenada, pues consistía en freír en
una sartén grande, de la que comía directamente toda la familia, las
vísceras y otros trozos de carne del cerdo que se había matado.
Las bolas se cocían en un caldero y, una vez hechas, una
parte se comían entre los asistentes al mondongo y las restantes se
repartían a los vecinos y parientes de la familia correspondiendo esta
labor a los más pequeños de la casa, que casi siempre optenían alguna
propina.
El mondongo estaba dirigido en todo momento por la
mondonguera, y era quien indicaba a las mujeres de la casa lo que debían
hacer. Éstas cortaban, en primer lugar las carnes del cerdo necesarias
para hacer el embutido y, a veces, se compraba otro tipo de carne tal
como la de ternera o cabra, para darle más sabor y consistencia. En
cualquier caso, se capolaba todo para hacerlo en trozos pequeños
(trabajo muy pesado que desempeñaban los hombres) y se mezclaba en unos
barreños con las especias y polvos adecuados cara cada tipo de embutido.
Los embutidos se solían hacer de forma rápida ya que
ayudaban todas las mujeres de la familia; así mientras unas preparaban
la pasta de los chorizos, butifarras y longanizas, otras llenaban los
intestinos. Luego, se colgaban en unas cañas para que se secasen
eligiendo para ello un lugar fresco, generalmente el granero y colocando
por separado cada clase.
Como la matacía del cerdo solía ocupar todo el día, cuando
llegaba la hora de la cena las mujeres preparaban lo necesario para dar
de comer a toda la familia que normalmente eran las patas y tripa del
cerdo, además de otros trozos de carne, con el fin de que nadie se
quedase con hambre. La cena estaba acompañada en todo momento con un
buen vino que normalmente procedía de la propia casa y se prolongaba
hasta altas horas de la madrugada. Durante el transcurso de la misma se
solían gastar bromas, contar cuentos, chistes y, cuando no, se cantaban
jotas entre todos.
Al día siguiente

El fruto del mondongo
embutido el día de la matanza, al día siguiente quedaban tres
importantes tareas por hacer: freír las mantecas, cortar el lomo y la
costilla para hacer el adobo y salar las piezas.
Las mantecas del cerdo son unas capas de grasa que recubren
los blancos y que el matachín quita cuando despedaza el cerdo. Esta
grasa se freía para hacer una especie de aceite, que se solía guardar en
una cazuela en la bodega, para aliñar la comida o para hacer tortas y
mantecados. El sebo también tenía otras aplicaciones tales como curar
las heridas de las caballerías o, cuando estaba rancio, para la
fabricación casera del jabón que consistía en la fusión del sebo al
fuego y el añadido de sosa cáustica durante tres o cuatro horas. La masa
resultante se vertía sobre un cajón de madera y se dejaba enfriar y
solidificar para después cortarla en cuadradillos, dando lugar al
conocido jabón de tajo.
El lomo y la costilla de cerdo se cortaban en trozos y se
sazonaba durante dos o cuatro días. Posteriormente, se freía por
separado y se metía dentro de una parra de aceite hasta cubrirlos
totalmente (estos recipientes tenían una capacidad que oscilaba entre
quince y veinte litros). De esta forma, el lomo y la costilla se
guardaban en perfecto estado hasta los meses del verano, pues en la
época de la recolección había que comer muchas veces en el campo y éste
era un buen recurso.
El salado de las piezas era uno de los principales trabajos
de la matacía, primero se salaban los perniles y después, los
espaldiles y los blancos. Consistía en restregar fuertemente la corteza
con sal y recubrir toda la carne con el mismo condimento. Además, era
conveniente echar un poco de vinagre al hueso de los perniles para
evitar que se estropeasen.
Las piezas se guardaban en el granero colocándolas todas
juntas, una encima de otra. En la parte de abajo se colocaban los
perniles, encima los espaldiles y finalmente los blancos, todas ellas
con la corteza en la parte de abajo. Se cubrían con ropa y encima se
colocaban unos sacos de maíz con el fin de que con el peso se escurriera
bien el líquido que desprendían las carnes.
Las piezas se solían tener un mes con la sal pero a los
quince días aproximadamente, se cambiaba la ropa humedecida por otra
seca. Transcurrido este período, se limpiaban y colgaban los blancos de
unos clavos en el granero y ya quedaban listos para comer (se conocían
con el nombre de tocino saladillo). Las restantes piezas debían estar
con sal otros quince días y después de limpiarlas se recubría la carne
con pimiento rojo antes de proceder al secado de las mismas, siendo la
finalidad de este último condimento la de preservar la carne de los
posibles insectos.
Estas piezas se solían comer en los meses del verano puesto que el jamón necesita al menos cuatro meses de curación.
FUENTE: Texto e imágenes obtenidos de la
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