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Arquitectura
ÍNDICE DE LA VOZ
que se resume aquí brevemente, siguiendo la clasificación tradicional
por períodos. Las características generales y el factor geográfico e
histórico son comunes, naturalmente, a todo el arte
entre otros). Por otra parte, atendiendo a la función arquitectónica,
sobre arquitectura religiosa tienen especial interés las catedrales
que recoge lo referente a acueductos, puentes y obras ingenieriles en
general. Algunos rasgos típicos de la arquitectura aragonesa en sus
diversas manifestaciones tienen singular relevancia, como es el caso de
aleros, cimborrios
ha de recibir un tratamiento monográfico, de enorme interés,
especialmente teniendo en cuenta la variedad regional. Tampoco debe
olvidarse la consulta de las guías artísticas en los topónimos
monumentales y las alusiones urbanísticas.
• Arquitectura musulmana: A pesar de que son varios los monumentos desaparecidos
Es en este palacio, el de mayor interés del arte musulmán de occidente
en el siglo XI, donde la creación artística islámica en Aragón alcanza
su mayor esplendor y originalidad, que se continuará en el norte de
África con el arte almorávide
a pesar de su enorme interés, no debe perderse de vista que La
Aljafería está a medio camino entre monumento desaparecido y
reconstituido, por los avatares de su historia.
Mención especial merece, aunque haya desaparecido, la mezquita
aljama o mezquita mayor de la ciudad de Zaragoza, conocida como la
Mezquita Blanca, y que se encontraba en el actual solar que ocupa la
catedral de San Salvador (La Seo
Conocida es la costumbre en la época de la reconquista cristiana de
dedicar la mezquita mayor de cada ciudad recuperada para catedral o
iglesia principal. La Mezquita Blanca de Zaragoza era una de las dos más
antiguas fundadas por el Islam en España, ya que su fundador fue Hanas al-Sanani
de Tudela, tras una incursión realizada a Barcelona y con el quinto del
botín obtenido en la toma del castillo de Tarraya. Más tarde, en
tiempos de Mundir I
entre 1018 y 1021-22, se realiza una segunda ampliación trasladando de
lugar el mihrab del fundador Hanas. A esta última ampliación de Mundir I
puede corresponder el capitel fragmentado y el trozo de fuste de
columna, hallados por el arquitecto Ángel Peropadre Muniesa en las obras
de consolidación y sustitución de pilares en La Seo. El capitel es del
tipo de hojas lisas, que aparecen en la mezquita de Córdoba desde Abd al-Rahman III
en la segunda mitad del siglo X, y, por hoy, el único resto seguro, por
el emplazamiento de su hallazgo, de la famosa Mezquita Blanca.
De otros restos zaragozanos de época musulmana, una ventana de arcos
gemelos de herradura en la casa Zaporta (destruida en 1904 para su
venta) y un capitel de hojas lisas hallado en el templo del Pilar, ya
dio noticia Gómez Moreno.
• Bibliog.:
Gómez Moreno, Manuel: El arte árabe español hasta los almohades. Arte mozárabe; en vol. III de Ars Hispaniae, Madrid, Plus-Ultra, 1951.
Viguera, María Jesús: Aragón musulmán; col. «Aragón», Zaragoza, Lib. General, 1981.
• Arquitectura mozárabe: Junto a la parte mozárabe
Se trata de un grupo de iglesias en el Alto Aragón, encabezadas por San Pedro de Lárrede
Frente a la tesis mozarabista de Antonio Durán Gudiol
pronto surgen historiadores que defienden el carácter de «primer arte
románico» de estas iglesias, de fuerte personalidad dentro del
protorrománico por sus elementos peculiares de tradición local, que en
ocasiones se califican de «mozarabismos». Así se manifiestan René Crozet
en 1969 y Fernando Galtier Martí en 1975, especialistas en arte románico
aragonés. Jacques Fontaine, en 1977, en su importante monografía sobre
arte mozárabe, no toma claro partido en el caso del mozarabismo
aragonés.
• Bibilog.:
Gómez-Moreno, Manuel: Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX a XI; Madrid, Centro de Estudios Históricos, 1919 (reed. Granada, Patronato de la Alhambra, 1975).
Camón
Aznar, José: «Arquitectura española del siglo X; mozárabe y de la
repoblación»; en Actas XVI Congreso Internacional de Historia del Arte,
pp. 106-123, y en Goya, 52, 1963, pp. 206-219.
Fontaine, Jacques: L´art préroman hispanique. L´art mozarabe; Zodiaque, La Nuit des Temps, 1977.
Yarza, Joaquín: Arte y arquitectura en España 500/1250; Madrid, Cátedra, 1979 (cap. 5. «El siglo X: mozárabes y repoblación»).
Íñiguez
Almech, Francisco y Sánchez Ventura, Rafael: «Un grupo de iglesias del
Alto Aragón»; Archivo Español de Arte y Arqueología, 1933, pp. 215-235.
Íñiguez
Almech, Francisco: «Algunos problemas de las viejas iglesias
españolas»; Congreso Internacional de Arte de la Alta Edad Media, 1953,
C.S.I.C., Delegación de Roma, 1955.
Uranga Galdiano, J. E. e Íñiguez Almech, Francisco: Arte medieval navarro; t. I, Arte prerrománico, Pamplona, 1971.
Crozet, René: «Petites églises de la vallée du Gallego (Espagne)»; Cahiers de Civilisation Médiévale, Poitiers, juil.-sept., 1969, pp. 287-289.
Durán Gudiol, Antonio: Arte altoaragonés de los siglos X y XI; Sabiñánigo, Caja de Ahorros de Zaragoza, Aragón y Rioja, 1973.
Galtier
Martí, Fernando: «El problema mozárabe en las iglesias de los valles
del Gállego (Bases para una discusión)»; I Congreso Internacional de
Estudios Mozárabes, Toledo, 1975 (en Arte y Cultura Mozárabe; Toledo, 1979).
• Arquitectura cisterciense: En la arquitectura cisterciense
no cabe buscar originalidad en estructura, planta o formas, que siguen
fieles al modelo monástico benedictino, sino en el espíritu con que
aquéllas son empleadas. Es una arquitectura utilitaria, en donde todo
responde a un fin preciso, netamente definido por la Regla
—el recogimiento y la oración—, y la impresión de belleza que produce
no es debida más que a la completa adscripción de la construcción a su
fin, y a la perfección de su realización. La pobreza, la simplicidad y
la desnudez ornamental que preconiza la orden quedan reflejadas en una
construcción sobria, no exenta de grandeza, en la que se obtiene el
mayor partido de los materiales utilizados, sobre todo de la piedra,
trabajada magistralmente.
La gran época de las construcciones cistercienses corresponde a la
segunda mitad del siglo XII y primera mitad del XIII, con evolución
estructural desde unas formas todavía románicas —dentro de lo borgoñón—,
a otras decididamente góticas. Se caracterizan por el empleo
sistemático del arco apuntado y de la bóveda de ojiva, adelantándose, en
ocasiones, a la arquitectura regional del momento y convirtiendo el
monasterio en centro de influencia local.
Los edificios conventuales se levantan en lugares aislados, valles o
bosques abundantes en agua, concediendo la máxima atención al sistema
hidráulico. En su realización intervienen los propios monjes, ayudados
por los conversos y servidores, bajo la dirección de un maestro de obra
que pertenece a la orden. Las variedades de detalle que se encuentran en
los edificios (que no modifican en nada las grandes líneas de la
abadía), son debidas al empleo de colaboradores indígenas, necesarios
para la pronta realización de las obras. El monasterio propiamente dicho
está constituido por la iglesia y la serie de edificaciones situadas en
torno al claustro
La iglesia, de larga nave, generalmente flanqueada por colaterales y
precedida, en ocasiones, de un pórtico, está cortada por un crucero
desarrollado al que abren numerosas capillas, generalmente de planta
cuadrada o rectangular, y una cabecera poco profunda, a menudo de
testero recto. Así eran la antigua iglesia construida por San Bernardo
en Clairvaux (1135-1145) y la de Fontenay, edificada bajo su influencia,
que sirvieron de modelo a tantas (L´Escale-Dieu, Santas Creus, Rueda).
Pero a veces las necesidades de culto hacen prevalecer la cabecera con
girola, y entonces se distinguen de las cluniacenses en que las capillas
radiales van contiguas, sin perder nada del desarrollo absidial
(Fitero, Poblet o Veruela
El templo está destinado exclusivamente al monasterio: su espacio
interno se distribuye en dos partes, la zona próxima a la cabecera
—reservada a los monjes— y la zona de los pies para los conversos. El
número de puertas está reglamentado para mantener esta separación: tres
al fondo del crucero —dos en un lado, para entrar en la sacristía y
subir al dormitorio; la tercera, en el lado opuesto, desemboca en el
cementerio—; otras dos en el lateral contra el que se apoya el claustro;
una en el último tramo de acceso al claustro, para los monjes; otra en
el primero, abierta al callejón que conduce a las dependencias de los
conversos. En el oeste se abre la puerta principal, sencilla.
Nada de campanario, sólo una torrecilla de madera sobre el crucero para
alojar las campanas cuyo sonido regula la vida de la comunidad. El
claustro se encuentra habitualmente en el lado meridional de la iglesia.
En su lado oriental se halla el armario o biblioteca para guardar los
libros sagrados de lectura obligada para los monjes. Seguidamente viene
la sala capitular, de construcción muy cuidada, por ser la dependencia
claustral más importante. Después están el locutorio y la sala de
monjes, primitivamente reservada a los novicios. Sobre este conjunto se
sitúa el dormitorio, al que se accede directamente desde el claustro o
desde la iglesia. En el lado sur, la dependencia principal es el
refectorio, dispuesto de forma perpendicular al claustro, lo que permite
que haya sitio para el calefactorio, que le precede, y para la cocina,
que viene después. En el lado occidental se localizan la despensa y la
puerta que comunica con el callejón de los conversos, que da paso a su
vivienda.
En Aragón la temprana llegada de los cistercienses se vio favorecida por
la ayuda que les prestaron las clases dirigentes, necesitadas de
colonos en sus tierras. Los monasterios que pertenecen a la gran época
de la arquitectura cisterciense son también aquellos que han llegado
hasta hoy en mejor estado de conservación. Situados en la provincia de
Zaragoza, aunque bastante alejados uno de otro, son, por orden
cronológico de fundación, los de Veruela
(p.j. de Huesca), fundado por la condesa de Pallars en 1172. De otros
centros monásticos cistercienses quedan escasos testimonios materiales,
pero su sola existencia —abadía femenina de Cambrón
de Huerva (p.j. de Zaragoza), de 1341, cuya iglesia, reconstruida en
1774, aún permanece en pie—, es prueba elocuente de la gran aceptación
que tuvo la regla de San Bernardo en el reino de Aragón.
• Bibliog.:
Aubert, M. y Maillé, M. de: L´architecture cistercienne en France; II vols., París, 1957 (2.ª ed.).
Torralba Soriano, F.: Monasterios de Veruela, Rueda y Piedra; León, Everest, 1975.
Rondeau, P. N.: «Le monastère Cistercien»; Personne et communité dans la tradition Cistercienne, Laval, 1976, pp. 93-126.
• Arquitectura románica: Fue la
arquitectura lombarda, realizada por maestros procedentes de Lombardía y
de la región del lago de Como, la primera manifestación monumental del románico
que contaba todavía a comienzos del siglo XI con sólidas estructuras
religiosas y políticas y donde, según los testimonios documentales, se
habían instalado algunas colonias de gentes de procedencia lombarda.
Durante el primer tercio del siglo XI se empezaron a construir edificios
tan importantes como la iglesia, de planta basilical de tres naves, del
monasterio de Obarra
se comenzaba por los mismos años la iglesia del monasterio de Santos
Justo y Pastor, cuyo plan de tres naves quedaría sin concluir y sería
muy reformado. También por maestros lombardos se iniciaba la
construcción de los tres ábsides de la catedral de Roda
Es la más occidental de las iglesias lombardas en Aragón. Una reciente y
adecuada restauración le ha devuelto su imagen original de iglesia de
una sola nave de dos tramos cubiertos con bóveda de arista, presbiterio y
ábside, que exteriormente presentan una completa articulación de los
muros mediante lesenas y arquillos que suavizan la rudeza del sillarejo.
En el siglo XII se construyó sobre el presbiterio una pequeña
torre-campanario. Otras obras en las que intervinieron maestros
lombardos fueron las torres de los castillos de Loarre
Frente a esta primitiva arquitectura románica, a partir de la década de 1070, Jaca
se va a convertir en el centro de un arte románico diferente y mucho
más completo. Su catedral, dedicada a San Pedro, es una obra sin
parangón y a la vez ejemplo para otros monumentos, tanto en territorio
aragonés como en otros lugares del Camino de Santiago
A pesar de las reformas llevadas a cabo, la catedral de Jaca ha
conservado su planta original de tres naves, crucero alineado, cabecera
de tres ábsides y un amplio pórtico de dos tramos a los pies de la nave
central, más un claustro, también muy reformado, adosado a su costado
septentrional. Aparte de la abundante y excelente decoración
escultórica, destaca en la obra de la catedral jaquesa el sentido de la
armonía en la división del espacio interior, mediante la alternancia de
pilares cilíndricos y cruciformes compuestos que acentúan y diferencian
el ritmo de los tramos de las naves laterales y de la central. Éstas se
debieron de cubrir con techumbre de madera, al menos la central,
mientras que en el crucero se alzó una cúpula sobre trompas reforzada
por cuatro nervios de medio punto que se cruzan en el centro, y los
brazos del crucero se abovedaron con medios cañones, sistema que también
se siguió en los dos tramos del pórtico. Estos procedimientos
constructivos y el mismo sentido de las proporciones de la catedral de
Jaca permiten relacionarla con modelos italianos o, tal vez, con la
propia arquitectura normanda de la década de 1060. Pero las cuestiones
cronológicas y estilísticas permanecen todavía en pie mientras no se
someta el monumento a un concienzudo estudio arqueológico.
El plan jaqués se aplicó en parte en la iglesia ribagorzana del monasterio de Alaón
Al otro lado de los Pirineos, en el Béarn, el influjo de la catedral de
Jaca se plasmaba en la iglesia de Santa Cruz de Olorón, también de tres
naves y cúpula con nervios dispuestos al modo musulmán sobre el
crucero. En versiones más simplificadas, el arte jaqués dejaba su huella
en iglesias como la de Bagüés
consagrada en 1094. Más al sur, el influjo jaqués alcanzaba también a
la nueva iglesia del castillo de Loarre, dedicada también a San Pedro,
donde hacia mediados de 1070 Sancho Ramírez
había fundado una comunidad de canónigos regulares. Se trata de una
obra de gran envergadura, de nave única, pero de espacio centralizado
por una esbelta cúpula, construida como casi todos los edificios
jaqueses con aparejo muy bien trabajado.
La articulación plástica que presentan la mayoría de los ábsides de
estas iglesias mediante un zócalo de arcos sobre columnitas que vuelven a
enmarcar el piso de ventanas por el interior, y mediante impostas con
el conocido motivo del ajedrezado y columnas por el exterior, es uno de
los elementos más identificadores del modo jaqués y que mayor difusión
alcanzará, junto con otros motivos escultóricos, en bastantes iglesias
del Prepirineo aragonés.
En la zona central de Sobrarbe
se encuentran los monumentos más destacados de su arquitectura
románica, tanto militar, con ejemplos como los castillos y atalayas de Samitier
por la izquierda, como religiosa, con iglesias edificadas,
probablemente hacia 1040-1050, al amparo o formando parte de algunas de
las fortificaciones anteriores. De ellas cabe mencionar las iglesias de
San Martín de Buil
de Santos Emeterio y Celedonio en Samitier y de San Juan Bautista de
Pano. Son edificios de tres naves, abovedadas con medios cañones sobre
arcos de medio punto que apean en pilares cruciformes. Mientras que la
iglesia del presunto monasterio de Pano
responde estilísticamente a una interpretación muy ruda del estilo
lombardo, en la de San Martín de Buil, en período de restauración, el
lombardismo es más difuso. Presenta a los pies de la nave central una
versión atrofiada de una torre-pórtico-tribuna y una cabecera añadida
posteriormente —en las décadas finales del siglo XI— que derivaría en
parte de los sistemas decorativos de las iglesias del Gállego
En la margen izquierda del río Gállego, entre Biescas
se produjo en el último cuarto del siglo XI una floración de iglesias
que responden estilísticamente a un peculiar y común modo de interpretar
los elementos ornamentales aplicados a una arquitectura románica, tal
como queda ejemplificado, entre otras, en las iglesias de Lárrede
A lo largo del siglo XII la arquitectura románica experimentará en
Aragón una difusión extraordinaria, bien en versiones modestas en los
valles pirenaicos o en concepciones más ambiciosas en la nueva tierra
conquistada.
En el primer caso, los sistemas decorativos lombardos del siglo
anterior, a base de arquillos, lesenas y dientes de sierra, serán la
fórmula artística más divulgada, aplicada a iglesias en su mayoría
pequeñas, en las que se empleará como sistema inveterado la bóveda de
medio cañón. Los ejemplos son cuantiosos, pero seleccionando los más
afines, habría que señalar el grupo de iglesias del valle de Benasque
Otras iglesias lombardizantes, pero de sistemas constructivos más
evolucionados y mejor aparejo, son la actual ermita de San Román de Castro
en el campo de Jaca, a las que se podrían sumar otros muchos ejemplos
si nos fijásemos exclusivamente en los elementos ornamentales.
En la tierra conquistada la arquitectura románica del siglo XII, que se
prolongará en el siguiente, presenta características muy definidas que
permiten sistematizarla en diferentes zonas; por ejemplo, la comarca de
las Cinco Villas
En la comarca que se extiende desde Sos
son numerosas las iglesias que se edificaron en villas o lugares
favorecidos por diferentes fueros, privilegios y exenciones para su
repoblamiento tras la conquista de Ejea de los Caballeros
La iglesia que ilustra en buena parte la evolución de la arquitectura
románica en las Cinco Villas es la de San Esteban de Sos, de dilatada
cronología que debe arrancar de finales del siglo XI. Consta de una
cripta de tres ábsides y otras tantas naves de dos tramos, más un paso
público elevado abovedado con acceso a la cripta
Sobre estas infraestructuras va montada la iglesia de tres ábsides,
crucero y naves de tres tramos. En los ábsides aparece por el interior
la articulación a base de arcos ciegos sobre columnitas enmarcando las
ventanas, como va a ser frecuente en las iglesias de mayor prestancia de
esta zona. Los sistemas de las cubiertas de las naves, con nervios, y
cañón apuntado en los brazos del crucero, serán también muy usuales en
las construcciones de la segunda mitad avanzada del siglo en esta misma
zona.
Uncastillo
conserva todavía la organización urbana medieval en parroquias con sus
correspondientes iglesias. Santa María la Mayor, San Martín y San
Miguel, y al otro lado del río Cadenas, las de San Juan, San Lorenzo y
San Felices. Todas estas iglesias románicas se debieron construir a lo
largo de la segunda mitad del siglo XII siguiendo un mismo patrón de
nave única, con predominio de la bóveda de cañón apuntado sobre fajones
doblados que apean en medias columnas o en pilastras, ábsides muy
articulados por arcos ciegos al interior y multiplicación de columnitas
al exterior, y empleo de contrafuertes en los muros laterales de la
nave, que junto con la abundante y rica escultura de las portadas,
capiteles y canecillos hacen de algunas de estas iglesias, como la de
Santa María, verdaderos soportes de programas iconográficos.
La parroquial de San Salvador en Luesia
era de tres naves, suprimidas en el siglo XVI, con una cripta bajo el
ábside central y meridional, desescombrada y restaurada en estos últimos
años. En Luna
de las dos iglesias, de Santiago y de San Gil, es esta última la más
evolucionada. Su espacio interior, amplio y diáfano, está modelado
plásticamente mediante arquerías ciegas, muy molduradas, que recorren
por el interior el ábside y parte de los muros y mediante columnitas que
recogen los nervios de la bóveda del ábside. Un sistema similar ofrece
la cabecera de la inacabada iglesia de El Bayo
Las dos iglesias de Ejea, de Santa María y de San Salvador, consagrada
ésta en 1174, representarían el final de la evolución de la arquitectura
románica, por su postizo aspecto militar y por la forma poligonal de
sus ábsides.
Son numerosas las iglesias románicas en otros lugares de las Cinco
Villas que recogen en versiones más sencillas algunas de las
características de esta arquitectura, como en San Nicolás de El Frago
Más hacia el oriente, junto al Gállego, las iglesias de Murillo
responden al tipo de planta de tres naves, con una gran cripta bajo la
cabecera de la primera. Pero en ambas fueron comenzados los ábsides de
forma románica y concluida la de Murillo tardíamente, e interrumpida la
de Agüero. Ésta es de una gran monumentalidad y riqueza plástica por el
tratamiento muy moldurado de sus paramentos exteriores e interiores.
Podría tratarse de una obra de los primeros años del siglo XIII.
En Huesca
se construyó en la primera mitad del siglo XII la iglesia de San Pedro
el Viejo, de tres naves y un claustro adosado al costado meridional,
constituyendo uno de los conjuntos románicos mejor conservados de
Aragón.
A lo largo de la segunda mitad de ese siglo y en las tierras llanas y
del Prepirineo oscense se remodelarán iglesias anteriores, inacabadas o
en estado de ruina, y se emprenderán otras que destacan por lo
pretencioso de sus planes, algunos también inacabados, y por el buen
trabajo de la piedra de cantería.
A remodelaciones de esa época obedecerían también, en los valles más septentrionales, la iglesia del antiguo monasterio de San Pedro de Siresa
Ambas de planta de cruz latina, con un tratamiento arquitectónico de
los brazos del crucero muy similar y probable uso funerario de esos
espacios que forman una especie de capillas.
El plan de iglesia de tres naves quedó inacabado en algunos monumentos
como en el mencionado de la iglesia de Santiago de Agüero o en la de
Santa María la Blanca de Berbegal
El tipo de iglesia más frecuente será el de nave única con cabecera
semicircular, a veces trebolada, aunque los ejemplos de este tipo de
iglesias sean escasos, como en la semiarruinada de Monflorite
que tiende más bien a formar un crucero bajo. Este sistema de crucero
aparece desarrollado bien a modo de capillas bastante amplias, como en
la iglesia de Santa María de Chalamera
que además presenta resaltado el tramo central del crucero con una
cúpula sobre trompas, o con soluciones más sencillas, en iglesias de
buena fábrica como en Santa Eulalia de Betesa
todas estas en tierras ribagorzanas y datables a finales del siglo XII o
comienzos del siguiente. En Zaragoza, los restos más importantes
conservados de sus iglesias románicas son fundamentalmente escultóricos,
como los dos crismones
Su mayor interés se centra igualmente en la decoración escultórica
conservada por el interior del mismo. El primitivo templo románico de La
Seo zaragozana fue consagrado en el año 1189.
Más al sur, Daroca
es otra de las ciudades, junto con Uncastillo, que mejor conserva su
organización urbana medieval en parroquias, de cuyas iglesias se
conservan, más o menos transformadas, la colegiata de Santa María —la
más antigua y alterada en su planta primitiva de tres naves—, la de San
Miguel, la de San Juan de la Cuesta y la de Santo Domingo. Todas ellas
debieron de construirse a lo largo de la segunda mitad del siglo XII e
incluso en las primeras décadas del XIII. Presentan cabeceras
semicirculares con el presbiterio muy desarrollado y bóvedas de cañón
apuntado para cubrir las naves. En el aspecto constructivo lo más
llamativo es la integración en algunos de estos monumentos de las
tradiciones románicas, mudéjares y de transición al gótico que llegan a
superponerse en sus respectivas fábricas. Así, mientras los ábsides de
las iglesias de Santa María y de San Miguel se construyeron enteramente
en piedra de sillería, articulados con delgadas columnitas y arquillos
ciegos y una fina decoración en relieve, en el ábside de la iglesia de
San Juan de la Cuesta y en la torre de la de Santo Domingo, la obra se
empezó en piedra y hacia la mitad se continuó y remató en ladrillo, pero
conservando aquellos elementos decorativo-arquitectónicos que se
adaptaban al nuevo material, como los arquillos y modillones y
sustituyendo e introduciendo otros nuevos como la continuación de las
columnitas por medio de pilastras o la abertura de ventanas en arcos
polilobulados, plenamente mudéjares.
• Bibliog.:
Arco, R. del: Catálogo monumental de España; Huesca, 2 vols., C.S.I.C., Madrid, 1942.
Abbad Ríos, F.: El románico en Cinco Villas; Institución «Fernando el Católico», Zaragoza, 1954.
Id.: Catálogo monumental de España; Zaragoza, 2 vols., C.S.I.C., Madrid, 1957.
Crozet, R.: L´Art roman en Navarre et en Aragon. Conditions historiques; Cahiers de Civilisation Médiévale, Poitiers, 1962.
Canellas, A. y San Vicente, A.: Aragon Roman; Abbaye Sainte-Marie de la Pierre-qui-vire, Yonne, 1971, Traducción española: Aragón, en la col. «La España Románica», Ediciones Encuentro, Madrid, 1979.
Esteban, J. F.; Galtier, F. y García Guatas, M.: El nacimiento de la arquitectura románica en Aragón, Caja de Ahorros de la Inmaculada.
• Arquitectura mudéjar:
–Los primeros tanteos: Tras la reconquista
aragonesa, hay un primer momento, durante los siglos XII y XIII, en que
los monumentos de arte mudéjar
conservados son muy escasos, posiblemente debido a las dificultades de
la repoblación, y también a su posible desaparición. De obras mudéjares
del siglo XIII, ya desaparecidas, deben recordarse la espléndida
techumbre de la sala capitular del monasterio de Sijena
Los monumentos mudéjares conservados de época más temprana se encuentran en las ciudades de Daroca y de Teruel
En Daroca, de mediados del siglo XIII pueden considerarse la torre de
Santo Domingo y el ábside de la iglesia de San Juan, monumentos ambos
comenzados en piedra sillar y continuados en ladrillo (fenómeno éste más
generalizado de lo que se ha dicho, que también puede verse en las
torres de la colegiata de Borja
este cambio de materiales, de la piedra por el ladrillo, en Daroca no
sólo es un resultado lógico de los condicionamientos geográficos y de la
mano de obra, sino una auténtica aceptación del arte mudéjar. Los vanos
en arco polilobulado del ábside de San Juan, y los vanos gemelos en
arcos mixtilíneos entrecruzados de la torre de Santo Domingo recuerdan
la taifa zaragozana de los Banu Hud
pero la división en tres calles de la torre, así como de la
desaparecida de Santiago, apuntan a una influencia almohade, que es
necesario destacar.
En la ciudad de Teruel, la iglesia de Santa María de Mediavilla (actual
catedral) y la torre de San Pedro constituyen los monumentos mudéjares
más antiguos, ligeramente posteriores a los de Daroca. La torre de la
capital se comenzaba en 1257, durante la judicatura de don Juan de
Montón; esta fecha, como otras relativas a torres mudéjares turolenses,
es conocida gracias a la Relación de los Jueces de Teruel, que se halla
inserta en el Libro Verde de la ciudad. Tanto la torre de la catedral
como la de San Pedro presentan estructuras y sistemas decorativos
similares; son torres-puerta, de planta cuadrada, que permiten el paso
bajo una bóveda de cañón apuntado, reforzada por arcos perpiaños. Así
las torres, además de su función religiosa de campanario y de sus
posibilidades militares, cumplen la función urbanística de agilizar el
trazado viario; este prototipo de torre-puerta perdurará en las
mudéjares del siglo XIV (San Martín y El Salvador). En alzado la
estructura de estas torres es hueca y dividida en pisos, y del sistema
decorativo destacan los arcos de medio punto entrecruzados, de nuevo con
precedente en la puerta de la mezquita de La Aljafería
No obstante, la máxima personalidad viene dada por el revestimiento
decorativo cerámico: platos o discos cóncavos, fustes de cerámica y
azulejos, que distinguirán al mudéjar aragonés de otros focos mudéjares
regionales.
Pieza artística del mayor interés, incluso en una escala de valoración
nacional, es la techumbre de la catedral de Teruel, con armadura de
madera de par y nudillo, apeinazada, con tirantes de vigas dobles,
derivada de las almohades y relacionable con la de Santiago del Arrabal
en Toledo, y datable asimismo en la segunda mitad del siglo XIII;
destaca en esta techumbre la decoración pintada con temas religiosos,
referentes a la Pasión, y profanos, como reyes, luchas caballerescas,
escenas de caza, así como otros procedentes de los bestiarios, etc. Son
pinturas de estilo gótico lineal, al temple sobre tabla, reproduciendo
modelos iconográficos arcaizantes de hacia 1200, y que difícilmente
pueden constituir un programa unitario.
— La época de esplendor: Corresponde,
coincidiendo con el resto del mudéjar hispánico, con el siglo XIV y las
primeras décadas del siglo XV, hecho que por otra parte responde
asimismo al período de mayor auge arquitectónico en los países de la
corona de Aragón en el estilo gótico. En Aragón destaca en este momento
el predominio de la arquitectura mudéjar sobre la gótica, que sólo en
algunas comarcas, como en el Bajo Aragón, y debido a los
condicionamientos geográficos, le supera.
El tipo de iglesia mudéjar predominante es el de nave única, con ábside
poligonal de cinco o siete lados, sin contrafuertes en esta parte para
no interrumpir los sistemas decorativos. La nave presenta sus tramos
cubiertos con bóvedas de crucería sencilla, y las capillas entre los
contrafuertes tienen escasa profundidad y con frecuencia van cubiertas
con bóveda de cañón apuntado, aunque no siempre. Es decir, se trata de
fórmulas constructivas derivadas de la arquitectura gótica levantina,
cuyo racionalismo y lógica constructivas son asumidos por la
arquitectura mudéjar aragonesa; pero no se puede considerar como una
mera trasposición al ladrillo de las estructuras góticas, sino que por
las mismas exigencias y condicionamientos de los materiales utilizados
(el módulo del ladrillo), y por la genuina sencillez del arte mudéjar,
se seleccionan formas y se integran en un universo propio,
articulándolas de modo peculiar.
Es muy numeroso este prototipo de iglesia mudéjar en los siglos XIV y
XV, y resulta difícil agotar su relación. Por otra parte, muy pocas
veces contamos con referencias cronológicas documentadas, y en
abundantes ocasiones estas iglesias han recibido, como es lógico por el
uso, ampliaciones y modificaciones en su planta original: entre ellas
puede citarse la de San Pablo en Zaragoza
(antes de su ampliación a tres naves), que se comenzaría después de la
demolición de la capilla románica dedicada a San Blas en 1284.
Corresponden a esta tipología las iglesias mudéjares conservadas en
Zaragoza (la Magdalena, San Gil y San Miguel de los Navarros); también
la semiderruida de Magallón
la de San Miguel —muy arruinada y de propiedad particular—, la
parroquia de Santa María, y la de Santas Justa y Rufina, todas de la
misma época, habiéndose terminado la última en el año 1413. En otros
casos de iglesias de nave única, las capillas laterales van abovedadas
con crucería sencilla, como se ha indicado; así sucede en las iglesias
mudéjares de Alagón
Muy frecuente es asimismo —y sobre todo en el ámbito rural, con
predominio en ermitas— la iglesia de nave única, generalmente sin
capillas, con el ábside recto, y con la nave cubierta originalmente con
armadura de parhilera sobre arcos diafragma, que es otra tipología
derivada del gótico levantino. Entre las armaduras mudéjares de
parhilera del siglo XIV destaca la de la ermita de la Virgen de la
Fuente, en Peñarroya de Tastavins
(T.). Este prototipo perdura sin dificultad hasta el siglo XVI, y es en
ocasiones muy difícil precisar su cronología al escasear los elementos
decorativos; predominan entre los materiales empleados, además del
ladrillo, la mampostería y el tapial.
No obstante, la creación tipológica más afortunada del arte mudéjar
aragonés, por lo que a la arquitectura religiosa se refiere, es la
iglesia de fuerte carácter militar, que en ocasiones ha sido llamada
«iglesia-fortaleza», y que está dotada de tribunas encima de las
capillas laterales, que son auténticos paseadores, más abiertos hacia el
exterior que al interior de las iglesias. El mecenazgo artístico de
estas iglesias está estrechamente relacionado con algunas órdenes militares
(así la de Santiago o la del Santo Sepulcro), con señoríos laicos o
eclesiásticos (arzobispo de Zaragoza, por ejemplo), o a veces con un
simple emplazamiento estratégico en torno o englobando antiguos
castillos (Nuestra Señora de La Peña en Calatayud
Dentro de este numeroso grupo de iglesias con tribunas pueden
distinguirse dos tipos. El primero, de menor difusión y originalidad,
está representado por la iglesia de Montalbán
perteneciente a la orden de Santiago, que se había asentado en 1210,
aunque la iglesia data del siglo XIV; además de tribunas, presenta unos
típicos torreones octogonales en el ábside poligonal, que serán imitados
en la iglesia de San Pedro de Teruel, consagrada en 1392. También de
cabecera poligonal y con tribunas es la iglesia vieja de Quinto
El segundo grupo de iglesias-fortaleza tiene una rotunda personalidad;
son de nave única con el ábside recto y tres capillas en el mismo; la
nave lleva capillas laterales poco profundas entre las
torres-contrafuerte, con tribuna deambulable sobre las capillas. El
sistema estructural se reduce a las torres-contrafuerte que van
arriostradas por arcos apuntados, tanto en sentido transversal —y
separando las bóvedas de crucería de la nave— como en sentido
longitudinal cubriendo las capillas laterales, lo que crea un sistema de
trabación muy sencillo. Corresponden a este grupo las iglesias de la
Virgen en Tobed
en 1426), además de otras que van confirmando las prospecciones
arqueológicas, como la antigua fábrica de la colegiata de Borja, etc. Es
de esperar que la relación de esta tipología, que constituye la
creación más original de la arquitectura mudéjar aragonesa de carácter
religioso, aumente considerablemente con un mejor conocimiento de la
misma.
–Torres mudéjares aragonesas: Tradicionalmente
ha sido conocido el arte mudéjar aragonés por sus espléndidas
torres-campanario, cuya poderosa personalidad ha oscurecido en ocasiones
otros aspectos importantes aquí considerados. Sin duda sigue siendo el
capítulo más brillante del mudéjar aragonés en su época de esplendor. Íñiguez Almech
demostró ya en 1937 que la estructura de las torres mudéjares
aragonesas sigue, en la mayoría de los casos, la misma que los alminares
musulmanes, con la única excepción del cuerpo superior de campanas.
Las más antiguas torres de la época de esplendor siguen la estructura
del alminar amohade, es decir, se trata de dos torres, una envolviendo a
la otra, con las escaleras entre ambas, y con la torre interior
dividida en pisos superpuestos. Parece una de las más antiguas de fines
del siglo XIII, la de Santa María de Ateca
en su cuerpo inferior de planta cuadrada. Desde el punto de vista de su
estructura resulta indiferente que las torres sean de planta cuadrada u
octogonal, ya que en ambos casos tienen la misma disposición interior y
sólo cambia el volumen externo. Entre las de planta cuadrada sobresalen
las de San Martín y El Salvador de Teruel
la de San Martín de Teruel está datada en 1315, siendo juez Juan de
Valacroche; de este mismo tipo sería la desaparecida de San Juan de
Teruel, datada en 1343, siendo juez Pérez de Malanquiella. Entre las de
planta octogonal deben destacarse la de San Pablo en Zaragoza y la de Tauste
Más abundante es el número de torres mudéjares aragonesas con estructura
de alminar tradicional, es decir, con una torre en torno a un machón
central, correspondientes a este momento de esplendor del siglo XIV y
primeras décadas del siglo XV. Entre las de planta cuadrada sobresalen
las de San Pedro de los Francos en Calatayud
Pero no todas las torres tienen esta estructura; otras forman una sola
torre, dividida en pisos, a los que se sube directamente, como en el
caso de Longares
Otras, en cambio, tienen en su interior una sencilla escalera de
caracol, cuyo precedente puede ser cristiano, ya que sólo en los
alminares musulmanes más antiguos existía. Son las torres de los pies;
de la iglesia de Torralba de Ribota
–Claustros mudéjares: Es éste uno de los apectos
más descuidados en el estudio del arte mudéjar aragonés, e interesa
destacarlo ahora para evitar la impresión de que la manifestación
mudéjar en arquitectura religiosa queda reducida a la exteriorización de
las torres, ábsides o cimborrios
Estos claustros participan de toda la sobriedad y sencillez estructural
del gótico levantino, tanto en el sistema de abovedamiento de crucería
sencilla en los tramos de sus cuatro alas o galerías, como en los
sólidos y desnudos contrafuertes de sección rectangular, que reciben los
empujes interiores y separan los arcos abiertos en toda su luz.
De entre los conservados, cuya relación aumentará sin duda, deben
mencionarse el del convento de canonesas del Santo Sepulcro de Zaragoza
(en construcción en 1361), el de San Pedro de Teruel (construido a
partir de 1383 a expensas de Francisco Sánchez Muñoz, y reconstruido en
1901 por el arquitecto Pablo Monguió Segura
los de Santa María de Calatayud (que existía en 1412) y restos del
claustro del Santo Sepulcro en la misma ciudad, el de la ex colegiata de
Santa María de Borja (construido a partir de 1465), el ya renacentista
de la catedral de Tarazona (en construcción en 1529), etc.
–La arquitectura religiosa mudéjar del siglo
XVI: El siglo XVI en España va a traer malos vientos para la pervivencia
del arte mudéjar. De un lado hay que tener en cuenta la forzosa
conversión de los mudéjares
realizada en 1502 en la corona de Castilla, y retrasada hasta 1526 en
Aragón por los intereses económicos de la nobleza, que se apoyaba en la
población mudéjar para la explotación de la tierra. A partir de ahora se
conocerá a los mudéjares como «cristianos nuevos» o «moriscos
y hasta algún historiador ha propuesto con escaso éxito denominar
«morisco» al arte de este momento. Se inicia un proceso de intolerancia
religiosa que culminará con la expulsión en 1609 y 1610. De otro lado,
la penetración de la nueva moda italiana «al romano» forzaba al arte
mudéjar a una nueva asimilación de elementos cristianos. Con todos estos
contratiempos, sin embargo, el arte mudéjar aragonés va a iniciar el
«canto del cisne», en otro momento que puede considerarse de verdadero
esplendor.
Precisamente una de las mayores empresas constructivas en arquitectura
religiosa, emprendida en la diócesis de Zaragoza con carácter
sistemático, consistió en dotar de iglesias a las poblaciones de
moriscos o cristianos nuevos a partir de 1526. Generalmente son iglesias
de nave única, sin capillas laterales, con ábside poligonal, o recto
que pasa a poligonal en altura por medio de trompas, abovedadas con
crucería estrellada, y en las que los elementos decorativos mudéjares
quedan muy apagados. Es una empresa pastoral de asimilación religiosa
que no ha sido estudiada. Pero no cabe duda de que iglesias como la de Mesones de Isuela
Pero, aparte de los característicos cimborrios
como la famosa Torre Nueva de Zaragoza, se han conservado torres, como
las de Santa María y San Andrés en Calatayud, con capilla en la parte
inferior, y con el machón central hueco para evitar que el peso cargue
sobre la casamata que protege la bóveda de la capilla mencionada; la de
San Andrés se edificaba en 1509. Con las ya mencionadas, las de Mainar
al norte del Ebro, también de planta cuadrada, superpone en altura tres
cuerpos decrecientes, que recuerdan viejos alminares islámicos.
No obstante, el tipo de torre que más se difunde en el siglo XVI es la
torre mixta, con un primer cuerpo de planta cuadrada, al que se
superpone otro de planta octogonal para el cuerpo de campanas; la más
famosa, con decoración de azulejos
con el cuerpo inferior cuadrado de principios del siglo XV. Entre las
torres mixtas más esbeltas de proporciones hay que mencionar las de Villamayor
Otras manifestaciones del arte mudéjar, como la arquitectura militar o
la civil, han sido menos estudiadas hasta el momento. Algo mejor
conocemos las techumbres
decorada la producción artística mudéjar mejor estudiada, gracias a las
recientes investigaciones de María Isabel Álvaro Zamora.
• Bibliog.:
Borrás Gualis, Gonzalo M.: Arte mudéjar aragonés; Zaragoza, Guara ed., 1978 (con amplia bibliografía sobre el tema).
López Landa, José María: «Iglesias gótico-mudéjares del arcedianado de Calatayud»; Arquitectura, mayo de 1923.
Íñiguez
Almech, Francisco: «Torres mudéjares aragonesas. Notas de sus
estructuras primitivas y su evolución»; Archivo Español de Arte y
Arqueología, 39, sep.-dic. de 1937, pp. 173-189.
Torres Balbás,
Leopoldo: «La arquitectura mudéjar en Aragón. Las iglesias de Daroca»;
Archivo Español de Arte, 1952, pp. 209-221.
Id.: «La iglesia de Santa María de Mediavilla, catedral de Teruel»; Archivo Español de Arte, 1953, pp. 81-97.
Galiay Sarañana, José: Arte mudéjar aragonés; Zaragoza, Inst. «Fernando el Católico», 1950.
Álvaro Zamora, Isabel: Cerámica aragonesa; I, Col. «Aragón», n.º 2, Zaragoza, Lib. General, 1976.
Actas del I Simposio Internacional de Mudejarismo, 15-19 septiembre 1975, Madrid-Teruel, 1981.
- Alarifes mudéjares aragoneses: Aunque el arte mudéjar no haya sido obra exclusiva de moros
como se ha dicho, sin embargo en Aragón lo fue mayoritariamente. Es muy
numerosa la relación de alarifes moros aragoneses que conocemos gracias
a las investigaciones de archivo de beneméritos historiadores, entre
los que destacan Manuel Serrano Sanz, Manuel Abizanda y Broto, Pascual
Galindo y Romeo, José María Sanz Artibucilla, Ovidio Cuella Esteban y
otros autores que se citan más adelante. Algún día habrá que realizar el
diccionario de mudéjares aragoneses dedicados a actividades artísticas y
artesanas, especialmente albañiles o «maestros de obras», carpinteros o
«fusteros», herreros, alfareros, etc. Entre tanto, se ofrece aquí una
selección de noticias, ordenadas cronológicamente, entre 1301 y 1526,
sobre alarifes mudéjares aragoneses, cuya grafía se da tal como reflejan
los documentos.
Entre los monumentos mudéjares desaparecidos destacan bastantes obras en el palacio de La Aljafería
concedía el 31-X-1301 el título de maestro director de las obras del
palacio a Mahomet Bellito para suceder en el cargo a Jucef Bellito, lo
que parece indicar un relevo familiar.
Ángel Novella, primero, y César Tomás y Santiago Sebastián, de modo
concluyente, se han ocupado del alcance de las obras realizadas en la
catedral de Teruel en el año 1335. Se trataba básicamente de actividad
en el ábside (enlucido y pintado) y casa abadía y sacristía. Para su
ejecución se desplaza desde Zaragoza el maestro moro Yuçaf de Huzniel,
vecino de Coglor, hecho que pone de manifiesto la movilidad de la mano
de obra mudéjar; con él trabajaron los mozos Abderramen y Alí, y más
tarde Çalema de Pina, Braymiel, Mafomat (un hermano de Yuçaf), Alivello y
Yuçafiel.
Importantes obras realizadas en La Aljafería a partir de 1356 por encargo de Pedro IV
han sido documentadas por José María Madurell. El 20-I-1357 el rey
ordenaba a su administrador que obligase a trabajar a los maestros
moros, quejándose de la lentitud de las obras por falta de maestros.
Años más tarde, el 20-IX-1382, se gratificaba con 20 florines de oro,
como recompensa, a los moros zaragozanos Farays Allabar, obrero de La
Aljafería, y a Abrahim de Pina.
De comienzos del siglo XV es el maestro Yuçaf Adolmalih, que firma en el alfarje de la iglesia de Santa María de Maluenda.
Las noticias aumentan considerablemente para el siglo XV, al disponerse
de fuentes documentales más ricas. Así el 27-X-1408 el maestro Mahoma Gali
contrata el enlucido y pintado de la capilla de Santa María de los
Ángeles, determinándose que se realice como las bóvedas que el papa Benedicto XIII
Uno de los alarifes más famosos y conocidos es el maestro Mahoma Rami
que el 26-II-1409 tomaba a destajo la decoración del cimborrio de La
Seo, en Zaragoza. El mismo Mahoma Rami dirigía, desplazándose, las obras
en dos capillas laterales que Benedicto XIII costeaba en su iglesia de
San Pedro Mártir de Calatayud entre 1411 y 1414. Y en el año 1426
terminaba la iglesia de Cervera de la Cañada, en la que se lee la
inscripción: «obrada etdeficada:por:Mahoma: Rami:con dios».
Ovidio Cuella ha aportado una brillante relación de alarifes en las
obras ya mencionadas de San Pedro Mártir de Calatayud y dirigidas por
Mahoma Rami. En la primera etapa de las mismas, comenzada el 19-VI-1412,
trabajan Mahoma de Mediana, Brahem de Mediana, Yuce de Ebrea, Mahoma el
Castellano, Hamet el Rey, Hamet de Borja, Audalla de Albuelea y Brahem
Alvalencia; ya en el enlucido colaboran Alí de Rami, Borgi, Hamet de
Brea, Brahem de Ebrea y Mahoma el Parient, ayudados por Jucefiel,
Aljuco, Ali el Castellano y Hamedí el de Hebreya. En la segunda etapa de
la obra, entre septiembre de 1413 y marzo de 1414, intervienen Lop y
Brahem de Rami, Mahoma de Borja, Dorrament, Alí Burgalés, Hamet Auranda,
Brahem de Illuequa, Alí Serrano, Audalla Folgado, Mahoma y Hamedico de
Brea, Yuce del Rey, Mamedico de Muça, Yuce del Royo, Mahoma de Roden y
Adornament Castiello. Ovidio Cuella ha reconstituido unas cuadrillas de
trabajo, donde participan maestros —hasta doce— y mozos. Los jornales
oscilan desde 5 sueldos y 2 de alojamiento para Mahoma Rami, pasando por
los 4 sueldos y 6 dineros, o simplemente 4 sueldos de otros maestros,
hasta 16 dineros para los peones mozos y 8 dineros para los niños.
Pascual Galindo documentó la realización del facistol del Papa Luna en
La Seo de Zaragoza por los maestros moros Alí de Ronda, Muga Calbo, Lop,
Chamar y Farach de Ronda (1413-1414).
Abundantes son las noticias sobre alarifes moros de Calatayud,
procedentes de su archivo de protocolos. Destacan, en primer lugar, los
Rubio o Castellano, que a mediados del siglo XV eran, al menos, cuatro
hermanos, todos maestros de edificar casas: Farax el Rubio (1456-1491),
con dos hijos, Mahorna y Farax, de los que el último también era
maestro; Alí el Rubio (1471-1487); Omar el Rubio (1473-1493), con un
hijo Brahem el Rubio, que también era maestro; y Brahem el Rubio (1456).
Como se ve, había dos Farax y dos Brahem en la familia, resultando
difícil deslindar actividades artísticas, de carácter familiar en muchas
ocasiones. No se puede precisar el parentesco que pudiera tener con los
anteriores Onecar el Rubio (1471) y su hijo Farache el Rubio (1488),
tercero de este nombre en la documentación coetánea. Los Rubio estaban
unidos por enlaces matrimoniales con otras dos familias de alarifes
bilbilitanos, los Fariza y los Meçot; de los Fariza se conocen Muza de
Fariza (1446), su hijo Alí de Fariza (1446), Domalich de Fariza (1470) y
Mahoma de Fariza (1495); de los Meçot, Alí Meçot (1480) que era nieto
de Alí Meçot, Brahem Meçot (1495-99) y Hamet Meçot (1498). Otra familia
importante era la de los Domalich, con Muça Domalich (1488-91) y su
nieto Domalich de Domalich (1488), además de Alí Domalich (1490). Otros
alarifes moros de Calatayud, documentados en este período son Yuce
Almazir, alias Jucetos (1484-91), Yuce de Momi (1497) y Onecar de Momi
(1498), Brahem de Dega (1498) y Mahoma de Dega (1498), Mahoma de Duenyas
(1498-1504), Domalich Alhamí (1498), Mahoma de Perros (1498) y Mahoma
de Villanueva (1507). Otros alarifes que trabajan en Calatayud proceden
de fuera, merced a la movilidad comentada, así Yuce Camayon, maestro de
edificar casas, era de Lagata (1483) y Abdalla Munyo, maestro de
edificar fuentes, de Morés (1507).
Pese a esta numerosa relación, muchas obras mudéjares de Calatayud no
están documentadas; de otras conocemos los maestros. Así la sillería de
madera, actualmente en la iglesia de San Juan de Calatayud, fue
contratada por Farax el Rubio y Brahem el Rubio, hermanos, el
11-VII-1456 para la desaparecida iglesia de San Juan de Vallupié.
Salvador Amada documentó que Farache el Castellano contrataba el
11-VI-1525 la construcción de tres bóvedas de crucería estrellada para
la desaparecida iglesia de Santiago de Calatayud; el mismo Amada pudo
constatar un hecho del mayor interés: el cambio de nombres con motivo de
la conversión forzosa en 1526; así Brahem Meçot pasó a llamarse Joan
Meçot; Farache Castellano, Gabriel Castellano; y Farache Montesino, Joan
Velvis, que se convierten en moriscos bilbilitanos a quienes se puede
de esta manera seguir su trabajo artístico a lo largo del siglo XVI.
Agustín Rubio ha documentado cómo en 1560 interviene en la torre del
reloj de Ateca un morisco de Calatayud llamado Ameçot.
Muy numerosos son asimismo los alarifes moros de Tarazona, que se
conocen gracias a las investigaciones de José María Sanz Artibucilla.
Resulta forzoso seleccionar lo más destacado. Alí el Darocano (1496-97)
con obras en la catedral (torre, portada y galería cubierta sobre la
nave central). Mahoma Margua y Mahoma Malón (1500), con obras en el
matadero público. Mahoma Rubio (1503) con obras en la torre de Santa
María Magdalena, otras en el puente de Santa Ana, fuente de San
Francisco (1510) y fuente del Cinto (1513). Muza de Vera (1507), con
obras en la torre de la parroquia de San Miguel, otras para asentar una
campana en la torre de la catedral (1509-10), así como trabajos en la
Casa de Estudios, mantenida por el cabildo, y en la casa del canónigo
Carnicer. Mahoma Berroz, junto con Muza de Vera, con obras en diversas
casas de Torrellas y en Tarazona. El mismo Mahoma Berroz, junto con
Mahoma el Rubio y con Muza de Vera (1516), con obras en el ábside y lado
epístola de la catedral para levantar nueva sacristía, oratorio y sala
capitular, y sobre ellas biblioteca y tesorería, que sirven en la
actualidad de archivo. El mismo Berroz, junto con Yaye y Mahomica, con
obras en la librería de la catedral (1518) y en el primitivo cimborrio
(1519), sustituido por el actual. El mismo Berroz, junto con Ibray de
Vera (1518), con obras para la instalación de un órgano y una habitación
contigua para organista, ejecutadas sobre la capilla de don Antonio de
Talavera en la catedral. El mismo Berroz, junto con Juce Moçaten, con
obras en la fachada de la iglesia de Santa María Magdalena (1521) y en
la torre de las reliquias (1522). El mismo Berroz, y sus hijos,
continúan en actividad, seguida documentalmente, hasta 1532.
Las noticias sobre alarifes moros de Zaragoza superan a las de Calatayud
y Tarazona. Antonio de la Torre dio a conocer dos disposiciones reales,
una dada en Murcia, a 2-V-1488, por la que se ordenaba al receptor Juan
Ruiz ceder una viña a Faraig Gali, moro, maestro de obras de Zaragoza,
en recompensa de obras en La Aljafería; y otra, dada en Santa Fe, a
13-III-1492, por la que se ordenaba ir a Granada a los dos hijos de
maestre Mofferriz
«el que labra órganos y el otro que labra de algez», al hijo de Brahem
Palaro, el mayor, y a Arami, moros de Zaragoza, «cada uno de los cuatro
con dos oficiales de sus oficios, muy buenos». Estos datos, de
extraordinario interés, con presencia de alarifes aragoneses en Granada
poco después de la reconquista, demuestran la ágil movilidad, sobre todo
cuando se trata de empresas reales.
A estos alarifes zaragozanos deben sumarse las nutridísimas noticias aportadas por Manuel Abizanda. En primer lugar, sobre los Gali
maestros de obras de La Aljafería; así Farag de Gali cede los derechos
sobre el mencionado maestrazgo a su hijo Mahoma de Gali en testamento de
16-XI-1500; este privilegio de maestrazgo le será confirmado a Mahoma
de Gali por Fernando el Católico
estando constatada su actividad en 1504-1506 y de nuevo en la torre
maestra el 6-I-1516. De Çalema Xama se conservan noticias sobre obras en
la iglesia de Épila
el 31-IV-1512. Alí el morisco, en la casa de doña Aldonza Cerdán,
señora de Agón y de Gañarul, en la plaza de San Felipe de Zaragoza
(1514). Alí Bueñano, obras en casa de Juan de Litago, en el coso
zaragozano. Yayel Ambaxil y Mahoma Gali, obras en casa de Juan de Pardo
en la parroquia de San Felipe, el 27-VII-1514. Yuce Xama, obras en casa
de doña Matea de Exea, viuda de don Juan de Ariza, en la calle del
Palomar de la parroquia de la Magdalena (1515). Audalla Gali, en la
portada de la capilla de Almazán, para la iglesia del Pilar (1516).
Yayel del Baxil o Ambaxil, de nuevo, obras en la casa de la cofradía de
ganaderos de Zaragoza (1521). Mahoma de Huerto, obras en La Seo el
23-X-1521. Alí Calanda, en una casa de la plaza del Pilar el 6-II-1522.
Alí Benamir, en la casa de Garci Barba en la calle del Palomar de la
parroquia de la Magdalena el 6-II-1522. Y ya en 1526, un Moferriz,
convertido con el nombre de Jerónimo, colabora con Juan Botero y Pedro
López en una capilla de la iglesia de la Magdalena.
Las dos obras más importantes en la Zaragoza de comienzos del siglo XVI,
el cimborrio de La Seo y la Torre Nueva, son fruto de la colaboración
de maestros moros y cristianos. Según Pascual Galindo, en el cimborrio
de La Seo, cuya obra gruesa se termina en 1520, además de los maestros
cristianos Juan Botero, Antón de Sariñena
intervinieron los moros Juce de Gali, Xamar, Braym Monferriz y Arramí;
precisamente estos dos últimos se encontraban entre los reclamados desde
Santa Fe en 1492 por Fernando el Católico. Asimismo en la construcción
de la Torre Nueva (1504-1508), para el reloj de la ciudad, se produce
otra feliz colaboración, y junto a Gombao y Sariñena reaparecen Gali y
Monferriz, a los que se agrega Ismael Allobar. Entre estos nombres
andaba lo más granado de los maestros de obras zaragozanos de la época.
• Arquitectura gótica: La arquitectura gótica
en Francia ha sido tradicionalmente dividida para su estudio en una
serie de períodos cronológicos sucesivos, de desigual duración, que
reciben un nombre según sus características formales más acusadas. Así
se distinguen un gótico inicial o «primitivo» (2.ª mitad siglo XII), un
gótico pleno o «clásico» (siglo XIII), un gótico amanerado o «radiante»
(siglo XIV), y un gótico «flamígero» (siglo XV), etapa final, de
barroquismo, en la que se disuelve el estilo ante la llegada del
Renacimiento.
La arquitectura gótica en Aragón, tal como hoy la conocemos, no ofrece
un ciclo evolutivo completo similar al francés, ni su cronología se
acomoda fácilmente a las fechas anteriormente señaladas. La prolongación
del estilo románico
han sido fenómenos determinantes, en opinión de los historiadores
(Torralba, Borrás, Guitart), del carácter poco ortodoxo que presenta
nuestra arquitectura en los llamados «siglos del gótico». «El purismo
gótico, a la manera que puede encontrarse en Castilla y León, se ignora
casi por completo aquí», escribe Torralba. Y cuando se presenta se ve
obligado a coexistir con otros estilos contrarios a él. Si esta
manifiesta rebeldía por acomodarse a los modelos ultrapirenaicos
proporciona a nuestros monumentos una saludable originalidad, también ha
dificultado enormemente su estudio. A este respecto, el libro de
Guitart Aparicio, Arquitectura Gótica en Aragón (Zaragoza, 1979),
«testimonio informativo de lo que ofrece Aragón en arquitectura», es un
primer intento de catalogación de la rica herencia dejada en Aragón por
los arquitectos que trabajaron durante los siglos XII al XVI.
Corresponde a la fase inicial del estilo la arquitectura cisterciense
cuyos ejemplos más representativos se sitúan en la provincia de
Zaragoza. Al margen de la arquitectura monástica se encuentra una serie
abundante de edificios religiosos (y alguno civil, como el castillo de Sádaba
que pueden ser adscritos a este mismo momento, aun cuando su cronología
no resulte, en ocasiones, fácil de determinar. En ellos, el incipiente
goticismo presenta unas notas de funcional severidad, al carecer de
decoración figurativa, que los aproxima a lo cisterciense, como ha
señalado Torralba. Y es precisamente en la provincia de Zaragoza en
donde con mayor claridad se advierte este fenómeno, justificado por la
geografía y por la historia. Los ejemplos proporcionados por la catedral
de Tarazona
respectivamente, y los numerosos edificios que se conservan todavía en
la zona occidental de las Cinco Villas —próxima a los monasterios de
Fitero y La Oliva— son elocuente testimonio de ello. En el caso de la
seo turiasonense —como ha explicado Torralba— el parentesco visible en
su cabecera con la del monasterio de Veruela se justifica sobradamente
por haber sido fundación de un miembro de la familia de don Pedro
Atarés, señor de Borja, a quien se debe el inicio de las obras de dicho
monasterio.
Desconocemos cuál era la disposición original de la primera catedral de San Salvador de Zaragoza
edificada en el solar de una antigua mezquita, de la que se conserva
parte de su cabecera, en estilo románico avanzado, con rica decoración
esculpida en el interior. Por la fecha en que se iniciaron las obras
(obispado de don Pedro Tarroja, 1153-1184), se ha supuesto que no
estaría estilísticamente muy lejos de las catedrales de Tudela y vieja
de Lérida. A través de las referencias escritas que se poseen de la
desaparecida iglesia gótica de Santa María la Mayor de Alcañiz
(de la que se conserva su campanario), piensa Guitart que debía ser de
estructura similar a la del vecino monasterio de Rueda y que pudo haber
servido como modelo para la colegiata de Santa María en Caspe.
A esta misma etapa primitiva del gótico, marcada por la influencia de la
arquitectura monástica del Císter, pertenecen unas cuantas iglesias que
se localizan en el área de repoblación oscense, en la «tierra nueva»,
según J. M.ª Lacarra, con las ciudades de Huesca
como centros urbanos más importantes. Estudiadas por Guitart,
pertenecen cronológicamente a los dos primeros tercios del siglo XIII y
se caracterizan por su timidez en adoptar las novedades góticas que se
advierten, sin embargo, en algunas zonas de su construcción. Son en su
mayoría de una sola nave cubierta con bóveda de cañón apuntado, con
fajones de sección cuadrada o rectangular, reservando la bóveda de
crucería para la cabecera, que suele ser poligonal con acusados
contrafuertes al exterior. Al grupo pertenecen la iglesia de la Corona,
en Almudévar
Edificio que se destaca, por su mayor complejidad, dentro de la zona, es el de San Miguel de Foces
Fue fundado en 1259 por Ximeno de Foces, quien lo donó a los frailes
hospitalarios de San Juan de Jerusalén, reservándose para sí y sus
sucesores el patronato y el hospital de San Miguel. Su planta es de cruz
latina, poco pronunciada, con tres capillas poligonales en la cabecera,
de siete lados la central y de cinco las colaterales. La nave, única,
de dos tramos, se cubre con cañón apuntado; el resto con crucería
sencilla, cuyos nervios apean en capiteles todavía románicos. Su
portada, abierta en el muro meridional, repite el diseño ornamental que
encontramos en otros edificios de la época, el santuario de Nuestra
Señora de Salas, en Huesca, o el monasterio de monjas cistercienses de Casbas
Un interesante grupo lo constituyen las iglesias góticas cubiertas con
madera sobre arcos transversales en piedra, de perfil apuntado.
Revalorizadas por Abbad Ríos, se localizan, de manera un tanto dispersa,
por las tres provincias aragonesas, y por su acusado carácter rural se
las considera de fecha avanzada dentro del siglo XIII (aun cuando el
tipo se prolongará hasta el XIV), fecha confirmada por las pintura;
murales que, en ocasiones, decoran sus muros y cabecera. Así, las
iglesias de San Miguel de Barluenga
El gótico pleno o «clásico» no tiene una clara representación en tierras
aragonesas. El edificio de tipo catedralicio que se levanta en el siglo
XIII no parece haber seguido las pautas marcadas por la escuela de
París con tanta fidelidad como en otros reinos peninsulares. De lo
conservado, quizá sea la catedral de Tarazona
(en obras desde 1162 y dedicada su capilla mayor en 1235) aquella que
pudo haber representado el purismo gótico en Aragón, «de levantarse más
rápidamente y no sufrir mutilaciones en el siglo XIV», según escribió
Torres Balbás. El edificio, tal como hoy lo conocemos, es un ejemplar
mixto en el que se combinan partes góticas de los siglos XII y XIII
(girola y cabecera hasta el crucero) en piedra, con otras mudéjares y
del Renacimiento, de los siglos XIV a XVI, realizadas en ladrillo.
No se conoce la disposición de la primera catedral de Barbastro
emplazada en el lugar de la mezquita mayor; durante los cuatro siglos
en que depende de la sede de Huesca se verifican trabajos en ella, para
los que abundan las dotaciones (1230), en los que bien pudo participar
el equipo que contemporáneamente obraba en la seo oscense.
La catedral de Huesca
es uno de los raros edificios góticos aragoneses que no ha recibido
aditamentos que alterasen su plan primitivo, y, a pesar de haber durado
su construcción más de dos siglos, siguió fiel a un modelo más cercano
al arte levantino que al septentrional europeo. Merced a los trabajos de
Ricardo del Arco
se han podido documentar las etapas principales de su edificación. Las
obras se iniciaron en el obispado de don Jaime Sarroca (1273-1289) en el
solar de la mezquita mayor de la ciudad (lo que pudiera justificar su
planta, casi cuadrada, según del Arco), para terminar en tiempos de don Juan de Aragón y de Navarra
maestro mayor de la obra en 1338. Posee tres naves de cuatro tramos con
profundas capillas entre los contrafuertes, crucero de cinco tramos y
cinco capillas alineadas en la cabecera, poligonales por dentro y rectas
por fuera, excepto la central que es mayor y más alta. Las bóvedas son
de crucería sencilla, salvo en la zona del crucero, que se terminó de
cubrir a finales del siglo XV (1498) con una bóveda muy recargada en
cuyas claves colaboraron el escultor Gil Morlanes
La torre campanario, de cuerpo inferior cuadrado y superior octogonal,
se sitúa en el lado norte, a los pies del edificio. En el mismo lado se
proyectó un claustro gótico, en sustitución de otro románico, pero no se
llegó a terminar. Hay que destacar la importancia de su escultura
monumental, que confiere al exterior un aire decididamente gótico, en
las portadas meridional del crucero y occidental, que tratamos más
adelante.
En la etapa que corresponde al gótico radiante vive su momento de máximo
esplendor la arquitectura gótica del Bajo Aragón. La representan un
importante grupo de edificios, religiosos y civiles, cercanos
geográficamente al reino de Valencia, que siguen las características
formales del gótico levantino. Las iglesias, en piedra, de una sola
nave, con capillas entre los contrafuertes y cabecera poligonal, parecen
obedecer a un modelo común, cuyo más singular ejemplo lo ofrece Santa
María la Mayor de Valderrobres
Es éste un edificio de gran belleza, estudiado como otros muchos de la
zona turolense por Borrás, quien lo considera obra tardía dentro del
siglo XIV, posiblemente del mandato del arzobispo Don García Fernández de Heredia
(1382-1411); las armas heráldicas del arzobispo lucen en el adjunto
castillo-palacio, con el que comunicaba la iglesia a través de un
corredor abierto a la nave por una tribuna alta localizada en la capilla
central del lado norte. La notable escultura de su portada, abierta en
el lado meridional del edificio y el calado rosetón, de gran tamaño, de
la parte superior de su fachada acentúan el carácter «radiante» del
monumento.
Al mismo arzobispo aristócrata se debe la actual iglesia de San Francisco en Teruel
terminada de edificar en el año 1402. Severa construcción en piedra que
sigue fielmente el modelo de iglesia gótica levantina, de nave única
abovedada con crucería simple, capillas entre los contrafuertes y
cabecera pentagonal con estribos acusados al exterior. A otro miembro de
la misma familia, don Juan Fernández de Heredia
a partir de 1388, en el que habría podido colaborar el mismo equipo de
arquitectos que trabajó en los edificios anteriores. La ex colegiata de
Santa María, construida al pie de la colina en la que se alza el
castillo, debió de ser edificada algunos años más tarde que éste, en
fecha próxima a 1454, año en que el arzobispo don Dalmacio (Dalmau) de Mur
le concede la dignidad de colegiata. «Por la anchura de su nave —nos
dice Guitart—, diecinueve metros, representa la culminación del gótico
mediterráneo en Aragón».
A finales del siglo XIV, con añadidos posteriores, pertenecen las parroquias de Ráfales
influidas por la de Valderrobres, próxima a ellas. Algo más tempranas,
dentro de la misma centuria (1340-1350) son, en opinión de Borrás, las
iglesias de Lledó
que se caracterizan por poseer la nave única cubierta con cañón
apuntado y la cabecera, de testero recto, con crucería simple,
«denotando en todo ello un localismo arcaizante».
La etapa final del gótico se manifiesta en Aragón con un extraordinario
florecimiento, prolongándose en sus más tardías manifestaciones hasta
los comienzos del Renacimiento, en el siglo XVI. A maestros extranjeros,
procedentes de Borgoña, de Flandes y del valle del Rin cabe atribuir la
temprana recepción de las formas flamígeras, que alcanzan su máxima
suntuosidad al ser interpretadas, luego, por artistas locales en los que
lo septentrional se fusiona con lo meridional, de tradición musulmana.
La colegiata de Santa María en Daroca
fue objeto de actividad constructiva al empezar el siglo XV. En ella
trabajaba un «maestre Issanbart», en 1417, que pudo haber participado en
las obras emprendidas en la decoración de su capilla mayor (la actual
capilla de los Santos Corporales), para modificar su primitivo aspecto,
románico, por otro más del gusto de la época, de estilo netamente
borgoñón.
Se construyen también en este momento algunas iglesias que mantienen, a
pesar de la fecha tardía, su carácter purista. Así sucede con la iglesia
parroquial de Molinos, en tierras turolenses, que obedece al tipo
levantino, tradicional en la zona, a la que hay que datar de tiempo de
los Reyes Católicos, de acuerdo con la decoración de sus portadas. Y la
iglesia parroquial de Santa María en Sádaba
a la que Torralba menciona como uno de los ejemplos «más europeos» que
se conservan en Aragón, aunque de época avanzada. De ella se conoce el
año de su consagración, 1549, fecha que concuerda con su esbelto
campanario, cuya flecha recuerda modelos castellanos (Toledo, Segovia);
pero el edificio, con su elegante portada, con decoración esculpida,
parece ser anterior.
El monumento «más significativo y espectacular» de este período
artístico, en palabras de Torralba, es la catedral de San Salvador de
Zaragoza, que por entonces alcanza su estructura definitiva. Edificio
mixto tanto por los materiales utilizados —piedra y ladrillo— como por
los estilos que comprende —románico, mudéjar, gótico—, testimonia la
lentitud con que se desarrollaron las obras y las vicisitudes sufridas
en su realización. El primitivo edificio, levantado a finales del XII
sobre una parte de la antigua mezquita, daría lugar, en el siglo XVI, a
otro muy distinto en el que el modelo original casi desaparece
enmascarado por las ampliaciones efectuadas a lo largo de cuatro siglos.
Cabe señalar, como etapas importantes de su historia, la de 1317, en
que la sede fue erigida en metropolitana, motivando en su titular, D. Pedro López de Luna
es otra etapa importante en la biografía de la seo zaragozana; desde
1374 dispone la construcción de la capilla de San Miguel, en el brazo
septentrional del crucero y alineada con los ábsides, que todavía
subsiste. En 1376 estaban a punto de concluirse las obras del cimborrio
que dotaría de luminosidad a la capilla mayor. Un nuevo cimborrio lo
substituiría, a comienzos del siglo siguiente, por mandato de Benedicto
XIII, el mismo que habría que restaurar en 1417 por no ofrecer seguridad
sus apoyos. Nuevos remiendos en su fábrica (1431) indican que su
estructura, demasiado atrevida, no podría durar largo tiempo. En febrero
de 1498 se derrumba el segundo cimborrio y después de consultar a
maestros procedentes de diversos lugares (de Toledo vino Enrique Egas)
se decide reconstruirlo de nuevo (1504-1519) bajo la dirección del
maestro albañil Juan Botero. Regía entonces la sede don Alonso de Aragón
quien resuelve engrandecer el edificio añadiéndole dos naves laterales
(h. 1490), para lo que hubo que destruir capillas y parte del claustro
situado en el lado meridional. La postrera etapa la señala la figura de
don Hernando de Aragón
(1546-1555), artífice de la última ampliación de la catedral. Al
añadirle dos últimos tramos transversales (a partir del coro) alteraba
su espacio primitivo, de claro sentido longitudinal, por otro casi
cuadrado, mucho más estático. El edificio actual, de cinco naves, casi
de igual altura, resulta, de nuevo, poco luminoso.
• Bibliog.:
Arquitectura: Arco, R. del: La Catedral de Huesca; Huesca, 1924.
Id.: «La fábrica de la Catedral de Huesca. Nuevos documentos»; A.E.A., n.º 96, Madrid, 1951.
Torres Balbás, L.: «Arquitectura gótica»; Ars Hispaniae, VII, Madrid, 1952.
Abbad Ríos, F.: «Sobre iglesias góticas del siglo XIV cubiertas con madera»; Las Ciencias, Madrid, n.º 3, 1954.
Durán Gudiol, A.: «Un arquitecto inédito del año 1338»; Notas de Archivo, 5, Argensola, n.º 25, Huesca, 1956.
Guitart Aparicio, C.: La ex-colegiata de Santa M.ª de Borja; Borja, 1970.
Id.: La Colegiata de Sta. María la Mayor y el castillo del Compromiso en Caspe; Caspe, 1974.
Borrás Gualis, G.: «Algunas iglesias góticas del Bajo Aragón»; E.E.M.C.A., Zaragoza, vol. X, 1975.
Guitart Aparicio, C.: Arquitectura gótica en Aragón; Zaragoza, col. Aragón, 1979.
• Arquitectura renacentista
La arquitectura aragonesa del siglo XVI presenta dos variantes
fundamentales: la religiosa y la civil. En cuanto a la primera, usa de
dos tipos básicos de plantas: la de las iglesias de tipo salón de varias
naves, y la que sigue, con más o menos modificaciones, el modelo de
«iglesia Reyes Católicos». El primer tipo de iglesia de salón o
«hallenkirche» parte del gótico tardío y concretamente de La Seo
(1585-1598, Juan Marrón). En cualquiera de ellas se busca un espacio
unitario de salón, más simplificado que en la catedral zaragozana por
constar de sólo tres naves de igual altura, separadas y apeadas en
pilares fasciculados muy esbeltos que no dificultan la visión de
conjunto, que se concluyen en estrechos capiteles continuos de hojas, y
en todos los casos reciben bóvedas estrelladas complejas, ricas en
ornamentación y aplanadas, que crean una especie de red continuada que
cierra el recinto. También en estos casos como en La Seo zaragozana, y
al modo de las iglesias levantinas, se abren capillas entre los
contrafuertes, el crucero no se marca para evitar cualquier ruptura en
su continuidad, terminándose en una capilla mayor poco profunda.
Dentro de este grupo de iglesias, podríamos incluir un segundo apartado
de edificios que unen a estas características el poseer elementos
arquitectónicos renacentistas. Así son las «iglesias de salón» con
soportes «tipo Lonja»: las de Longares
(1555). En los dos primeros casos usan la columna jónica «anillada»,
que tal como señala Torralba presenta un anillo a un tercio de altura de
su fuste, para elevarlas sin romper sus proporciones. Las de Fuentes de
Jiloca, Calcena y Ariza se asemejan entre sí, presentando otro soporte
renacentista con molduras anilladas en vez de capitel. Todas cubren la
igual altura de sus naves con bóvedas estrelladas, salvo Leciñena que
emplea en la central cañón con limetos y en las laterales, cortos
cañones transversales, actuando casi como nave única con capillas
laterales comunicadas entre sí. Otra variante nos la ofrece la
parroquial de Magallón
(mediados a segunda mitad del siglo XVI), con columnas toscanas de
menor altura, siguiendo un modelado más castellano. En tanto que Fuentes
de Ebro (Pierres Vedel, mediados siglo XVI), muestra un soporte más
personal y único en Aragón, a base de pilares cuadrados sobre plinto con
cuatro columnas toscanas estriadas sobre basa ática en sus ángulos,
modelo que no se adapta en absoluto con el resto de su estructura (arcos
apuntados y bóvedas estrelladas).
La segunda planta más divulgada es la que parte del modelo de iglesia
creada en el reinado de los Reyes Católicos, es decir el tipo que
aparece en la iglesia de San Juan de los Reyes, en Toledo (construida a
partir de 1476 para conmemorar la batalla de Toro), y que consta de una
sola nave con capillas poco profundas entre los contrafuertes, cabecera
poligonal y coro alto a los pies. Ejemplo destacado de ello es la
parroquial de Sádaba
que fue consagrada en 1549, aunque seguramente se concluyó mucho antes.
Se ajusta perfectamente a la descripción del modelo referido,
cubriéndose en su totalidad con bóvedas estrelladas, todas distintas,
que apean en columnas cilíndricas con decoración de grutescos empotradas
en los pilares.
También la iglesia de San Carlos de Zaragoza, iniciada por los jesuitas
entre 1569 y 1570, responde al mismo prototipo, no habiendo llegado aún
el modelo que creara un año antes Vignola en su iglesia matriz en Roma
(1568). Difiere de las demás de este grupo en la tribuna que se extiende
sobre las capillas laterales y se abre a la nave mediante arcos
geminados, que se repiten en los vanos altos que la iluminan. Este
aspecto primitivo sería alterado más tarde por la decoración barroca.
El mismo tipo con variantes siguen la parroquial de Used
Estas tres están ligadas al arquitecto francés Pierres Vedel, que
construyó la segunda entre 1532-40, intervino en la tercera en 1560 y
dejó a su muerte inconclusa la primera en 1567. Las de Albarracín
presentan coro alto a los pies. Teruel cuenta con un buen número de
iglesias similares, entre las que pueden citarse las de Cretas
La larga perduración de este modelo en Aragón la encontramos también en
Zaragoza, con el ejemplo tan sobresaliente de la parroquial de Fuendejalón
que según consta en su cabecera fue iniciada en 1597 y cuyas obras
prosiguieron hasta el año 1608 en que se terminó. Como en otros casos,
sus vanos en arcos de medio punto, se decoraron con temas renacentistas,
como casetones y querubines.
Dentro de esta misma arquitectura del siglo XVI, lo renacentista aparece
a veces superficialmente, como un «añadido ornamental» que se une a
estructuras arquitectónicas no renacientes. Así una de las aplicaciones
concretas del Renacimiento en Aragón la constituyen las portadas, que
por su carácter de añadido son obra hecha por escultores. En ellas, a la
hora de inspirarse en lo italiano se buscan los modelos más ricos en
ornamentación añadida, que se adapten por ello mejor a la transición
entre el gótico tardío y el nuevo estilo, encontrándose éstos en el
norte de Italia, en la Lombardía, en obras como la cartuja de Pavía o la
catedral de Como. Bajo esta orientación se harán las portadas más
significativas del primer renacimiento aragonés: la de la iglesia de Santa Engracia
en el siglo XIX). La segunda es algo más tardía, se inspira quizás en
la anterior, ejecutándose entre 1523 y 1528 por Juan de Talavera y Esteban de Obray
Las dos se labraron en alabastro y responden al tipo de
fachada-retablo, como decoración atectónica, aplicada, colgada y
circunscrita a un lugar principal, que según señala Chueca Goitia es una
de las invariantes de la arquitectura española, derivación de la
estructura decorativa de las portadas hispanomusulmanas. La de Santa
Engracia, flanqueada por columnas abalaustradas, presenta nichos con
esculturas, medallones con escudos, retratos y conchas, concluyéndose
con las efigies orantes de los Reyes Católicos, a ambos lados de la
Virgen con el Niño, ángeles y santos, y un calvario superior. Por el
contrario, la portada de Santa María de Calatayud tiene una apariencia
mucho más barroca y movida, debido a su relieve más abultado. Dentro
también de las características de la escultura italiana del XV, se
prolonga lateralmente mediante dos paños verticales con escudos,
inscripciones y decoración de candefieri, que parece de origen libresco,
tomada de grabados tal como sucede con la fachada de la Universidad de
Salamanca. Coincidencia con el plateresco castellano, debida quizás a la
intervención en Calatayud de Juan de Talavera, artista de dicha
procedencia.
En la misma línea ornamental se compusieron otras «aplicaciones
superficiales», como el trascoro de La Seo de Zaragoza o la embocadura
de vanos y capillas (así la de San Bernardo en dicha catedral, las de
San Juan Bautista, San Babil y otras en la parroquial de Calcena, etc.),
obras todas que hay que incluir dentro del apartado de la escultura.
Otras portadas más tardías responden ya a una influencia cinquecentista. Así la de la parroquial de Cretas
(1590-1620), que se enmarcan con columnas pareadas, que sostienen un
entablamento saliente y se coronan con frontón, con evidentes rasgos
manieristas. Éstos se acentúan aún más en la parroquial de Andorra
(Juan Rigor, 1597-1609), con gran fachada a los pies, a modo de retablo
muy vertical, con dos pisos, remate y tres calles, con clara
acentuación de las calles laterales mucho más salientes que la central,
con apoyo de algunas columnas en ménsulas y otros elementos usados
también con sentido anticlásico, típicos del lenguaje manierista.
Lo renacentista se manifiesta también en algunas torres, como la de la iglesia de Pertusa
(H.), obra muy tardía (1575, Juan de Herrera, no el del Escorial). De
planta poligonal, presenta en sus ángulos columnas adosadas, con
superposición de órdenes en cada uno de sus tres cuerpos, que disminuyen
de tamaño progresivamente, se separan por frisos con decoración menuda y
presentan hornacinas con esculturas y relieves en el centro de cada uno
de sus lados. Los motivos se encajan dentro de un programa
simbólico-humanista, constituyendo con las portadas y capillas uno de
los contados ejemplos de la introducción de lo renacentista-italiano en
Aragón.
Independientemente de lo hasta ahora visto, plantas de procedencia
gótica y decoración renacentista añadida, hemos de señalar la mayor
rareza de los edificios de planta central, de los que sin embargo hay
algunos ejemplos. Estas plantas, dedicadas al crucificado, suelen
enlazar con la tradición de los martyrium cristianos, tal como lo podemos ver en la ermita del Calvario, en el santuario de la Misericordia, en Borja
Edificio costeado por el canónigo Joanes Litago entre 1565-66, que
también pagó el Cristo que se conserva en su interior. Su planta es
circular, construida en buena piedra sillar, cubierta con cúpula
hemiesférica al interior, que presenta trasdosamiento escalonado al
exterior. En la fachada aparecen pilastras fajadas de tipo toscano,
manieristas, sosteniendo un frontón triangular.
Frente a éstas, las plantas cinquecentistas italianas derivadas del
modelo Vignola (1568), con más o menos modificaciones (relacionadas a
veces con el modelo que la inspiró: San Andrés de Mantua de Alberti,
1472), no se prodigarán sino a partir del siglo XVII y durante el XVIII.
Capítulo destacado es el que se refiere a los cimborrios
aragoneses (La Seo de Zaragoza, Tarazona y Teruel, primera mitad del
siglo XVI), que por su estructura y ornamentación son relacionables con
lo gótico, renacentista y mudéjar, siendo tratados en ese último
apartado.
En cuanto a la arquitectura civil, ésta presenta dos importantísimos apartados con tratamiento propio: el de las casas consistoriales
pudiendo incluirse también las lonjas. La más destacada para este fin
es la Lonja de Zaragoza, iniciada en 1541 según las trazas de Juan de Sariñena
hijo (interior), proyecto doble del que será consecuencia la dualidad
artística que la anima. Su belleza por el exterior procede de la
distribución en pisos horizontales y la rítmica de sus huecos que
aumentan progresivamente hacia arriba, dentro de unas características
marcadamente quattrocentistas y florentinas, bajo similares búsquedas de
armonía, equilibrio en las proporciones y sobriedad, de su bloque
cúbico. Por el interior, salvo las columnas «anilladas» y la decoración
de grutescos y medallones renacentistas, el resto se muestra aún unido
al gótico, cubierto por bóvedas estrelladas y ligado al concepto de
«salón» de las lonjas levantinas.
• Bibliog.:
Chueca Goitia, Fernando: La arquitectura del siglo XVI; Ars Hispaniae, vol. XI, ed. Plus Ultra, Madrid, 1953.
VV. AA., Los palacios aragoneses; Zaragoza, Caja de Ahorros de la Inmaculada, 1991.
• Arquitectura barroca: El barroco
el estilo de mayor transcendencia en la región aragonesa, y a
diferencia de éste, muy poco conocido. Estudios de Belén Boloqui y de
Arturo Ansón nos permiten un mejor conocimiento de la escultura y
pintura barrocas en Aragón, pero la arquitectura debe ser objeto todavía
de estudio perentorio, ya que constituye, además, una de las
manifestaciones artísticas más pujantes en este período. Superado ya
sobradamente el antibarroquismo dominante en la historia del gusto (el
barroco andaluz, el salmantino y el gallego han sido cumplidamente
recuperados por la historiografía), en Aragón el barroco aparece
ofuscado por el arte mudéjar, quedando relegado a un segundo término. Y,
sin embargo, la labor de catalogación artística (la propia provincia de
Zaragoza por Abbad Ríos
en 1974) ha puesto de manifiesto la importancia de la arquitectura
barroca aragonesa, tanto por la abundancia de ejemplos como por su
poderosa personalidad.
La arquitectura barroca aragonesa seguirá utilizando materiales
tradicionales, como el ladrillo, el tapial y el yeso, y con ellos la
tradición artesana del oficio, no revelándose grandes personalidades
hasta mediado el siglo XVII, como una onda o eco mudéjar que viene
devuelto por el espíritu popular. Se trata de los interiores profusa y
tumultuosamente ornamentados, especialmente en bóvedas y cúpulas a base
de las características lacerías mudéjares, labradas en yeso. Sobre este
tema llamó la atención Íñiguez Almech
de fray Lorenzo de San Nicolás (ediciones de 1639 y 1667). Los ejemplos
conocidos de iglesias decoradas con bóvedas barroco-mudéjares son cada
día más numerosos y constituyen el grupo de más poderosa personalidad,
dentro del siglo XVII, faltando precisar en muchas ocasiones su
cronología, con una concentración a mediados de siglo; es tema que
merece un estudio detenido. Por citar sólo los conjuntos más ambiciosos
(pues las capillas y elementos aislados son innumerables) recordemos las
Fecetas y San lldefonso en Zaragoza
De esta forma, la decoración mudéjar de entrelazo pervive en el barroco
aragonés claramente interiorizada, y cronológicamente tiene vigencia
durante el siglo XVII y prácticamente hasta que el jesuita Pablo Diego de Lacarre
A pesar de lo subrayado, el equilibrio de fuerzas entre tradición
mudéjar e italianismo se va alterando en el barroco aragonés a favor de
este último, apreciable sobre todo en las estructuras arquitectónicas.
Predominará el modelo de planta de Vignola, con disposición axial, gran
nave central, capillas laterales con tribunas sobre las mismas, y
crucero con cúpula (de amplia difusión en las iglesias conventuales, de
las que un buen ejemplo es la de San Ildefonso de Zaragoza). A este
modelo viñolesco habrá que añadir la poderosa influencia que en el siglo
XVIII ejercerá la planta del templo del Pilar
Aunque en lo estructural las variantes son muy numerosas, y no muy bien
definidas todavía (Santiago Sebastián López ha señalado para la
provincia de Teruel versiones tardías de la girola cuadrada, como la
iglesia arciprestal de Cantavieja
del maestro Antonio Nadal, y arcaizantes ejemplos de plantas
centralizadas, algunas de gran interés corno la ermita del Pilar en Hinojosa de Jarque
El desarrollo histórico de la arquitectura barroca aragonesa (aparte de
lo ya mencionado) queda aquí limitado a los hitos fundamentales. En el
primer tercio del siglo XVII se advierte ya un cambio notable; se
abandonan las estructuras del gótico tardío del siglo XVI (iglesias de
nave única con cabecera poligonal y capillas laterales entre los
contrafuertes, abovedadas con crucería estrellada) y se introduce el
estilo sobrio y purista, derivado de lo herreriano: pilares cruciformes,
abovedamientos en cañón con lunetos, cúpulas sobre pechinas en el
crucero constituirán el nuevo lenguaje formal. Este cambio se acusa en
la actividad del arquitecto Gaspar de Villaverde
con importantes obras en Calatayud, como la colegiata del Santo
Sepulcro (1613), de planta basilical de tres naves con crucero, o la
iglesia, recientemente derribada, del convento de dominicas en la misma
ciudad (1616-1625), de planta central, terminada por Francisco de
Aguirre. A esta nueva manera corresponde asimismo, levantada por estas
fechas, la colegiata de Santa María, también en Calatayud.
Pero, a pesar de estos ejemplos —u otros similares, como la basílica de San Lorenzo en Huesca
comenzada en 1607—, lo mejor conocido siguen siendo los ejemplos
zaragozanos. Vicente González Hernández ha estudiado monográficamente el
templo de San Ildefonso de Zaragoza (actual parroquia de Santiago),
iniciado en 1651 por Juan de Hiberte, pero realizado lo fundamental por
el arquitecto rosellonés Felipe Busiñac y Borbón entre 1662 y 1665; la
decoración de yeserías barrocomudéjares fue contratada en 1692 por este
arquitecto y por José de Borgas, según ha documentado Alfredo Romero.
La década de 1680 sorprende a la ciudad de Zaragoza inmersa en una
febril actividad arquitectónica, simbolizada por los ejemplos mayores de
la gran basílica del Pilar
Hoy día conocemos con mayor detalle esta fiebre constructiva zaragozana
gracias a las investigaciones en equipo de José Antonio Almería, Julia
Arroyo, María Pilar Díez, Guadalupe Ferrández, Wifredo Rincón, Alfredo
Romero y Rosa María Tovar, de quienes esperamos surjan futuros
investigadores del barroco aragonés, y a quienes se deben algunos datos,
que se ofrecen a continuación. Así en 1679 se remodela la desaparecida
iglesia de San Lorenzo, bajo la dirección de Jaime Busiñac y Borbón, y
con la ayuda de Jacinto Capaces, José de Mur y Jacinto Ximénez; en 1681
Pedro Martínez y Miguel Ximénez contratan la nueva fábrica de la
desaparecida iglesia de Santiago; en diciembre del mismo año de 1681 la Diputación del Reino
encarga la fábrica de la iglesia de Santa Isabel a Miguel de
Sanclemente, Pedro Martínez y Miguel Cebollero, a los que se une en 1682
Bernardo Mondragón, encargando la cantería a Pedro de Aguirre y Pedro
de Aguirreche; en 1684 José de Estorguía, Antonio Bardají y Juan de
Labarta contratan la nueva fábrica de la desaparecida iglesia de San
Juan el Viejo; en 1685 José de Estorguía y Juan Berdiel contratan la
nueva fábrica de la desaparecida iglesia de San Pedro; el 21-I-1686 se
colocaba la primera piedra de la iglesia de San Felipe, bajo la
dirección de Miguel Ximénez y obra de cantería de Francisco de Urbieta;
en 1687, la ermita de Nuestra Señora de Zaragoza la Vieja, por José
Estorguía y Pedro Martínez, menor; en 1691, la iglesia de San Nicolás
por Cristóbal y Juan Berdiel...
Pero de las grandes empresas de la arquitectura barroca zaragozana
sobresalen, como se ha dicho, la basílica del Pilar y la torre de La
Seo, cuyas primeras piedras se colocan simbólicamente en 1681. El plano
para el Pilar del arquitecto Felipe Sánchez, de 1675, fue revisado por
Francisco de Herrera, el Mozo, a partir de 1679, haciéndose cargo de la
dirección de las obras. La planta rectangular, de salón, con tres naves y
capillas laterales, cubierta con cúpula central y otras menores
secundarias, ejercerá gran influjo regional. Lo mismo ocurre con la
torre de La Seo (1686-1704), estudiada en cuidada monografía por Ángel Canellas
Empresas de gran alcance arquitectónico continúan durante la primera
mitad del siglo XVIII. No se olvide la iglesia monumental (hoy en
ruinas, a causa de la desidia) del monasterio de San Victorián
A mediados del siglo XVIII, la presencia de Ventura Rodríguez
para realizar los planos de la Santa Capilla del Pilar en Zaragoza
(1754) aglutinará a un grupo de arquitectos aragoneses, que se alinean
en la concepción barroca moderada del maestro. Entre ellos Julián Yarza
Algunos aspectos efímeros del barroco aragonés, como los capelardentes
reales, han sido estudiados por Juan Francisco Esteban. Otros aspectos
ornamentales, tan ligados a la arquitectura, se consideran a
continuación en la escultura
Pero, en general, el trabajo de los yeseros barrocos aragoneses, con
una fuerte personalidad que se concreta en la carnosidad y abultamiento
decorativos, queda hoy todavía por estudiar.
• Bibliog.:
Torralba Soriano, Federico: «Arte»; en Aragón, Fundación Juan March, Ed. Noguer, 1977.
• Arquitectura neoclásica: como punto de partida de la época neoclásica
en Aragón hay que aludir a un hecho puntual de consecuencias decisivas
en la segunda mitad del siglo XVIII: la edificación de la Santa Capilla
en la basílica de Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza (1754-65), donde
junto a la destacada participación aragonesa se añade la presencia de
grandes artistas, como el arquitecto Ventura Rodríguez
En efecto, en la actividad arquitectónica la presencia de Ventura
Rodríguez va a catalizar la escuela aragonesa del neoclasicismo, todavía
mal definida por diversas razones. Uno de sus más directos seguidores,
el arquitecto turolense José Martín de Aldehuela (1719-1802), realiza la
mayor parte de su obra en Cuenca y en Málaga y su provincia; en esta
última su actividad está vinculada a la persona del obispo Molina Lario,
que tanto tuvo que ver en el renacer del dieciocho turolense. Pertenece
Aldehuela a la generación que se encuentra a caballo entre el barroco
tardío y el nuevo lenguaje formal clasicista. En esta misma
caracterización se encuentran los Yarza
y cuya personalidad e importancia se está esclareciendo; Yarza Lafuente
y Sanz trabajaban básicamente en Aragón y en ellos la huella del
barroco moderado de Ventura Rodríguez es preponderante, como en toda
esta generación. De nuevo en la siguiente generación, en la llamada de
1760, uno de los arquitectos más importantes, el aragonés Silvestre Pérez
(1767-1825) va a desarrollar prácticamente todo su trabajo fuera de
Aragón, esta vez principalmente en Madrid, Bilbao y País Vasco; su
personalidad, como la de Aldehuela, ha sido bien estudiada, precisamente
porque su obra se encuentra fuera de Aragón. Pero otras figuras
coetáneas que trabajan en Zaragoza en un lenguaje clasicista, como el
arquitecto Tiburcio del Caso
• Bibliog.:
Entre los arquitectos neoclásicos los más estudiados han
sido Aldehuela y Silvestre Pérez; sobre Aldehuela destacan las
monografías de Chueca Goitia y Santiago Sebastián; puede verse un estado
de la cuestión en Camacho Martínez, Rosario: «Un arquitecto turolense
en Málaga: José Martín de Aldehuela»; en Primer Coloquio de Arte Aragonés, Teruel, 20 y 21 de marzo de 1978, Actas, pp. 81-93.
• Arquitectura modernista: La irrupción del estilo modernista
en la arquitectura aragonesa es un fenómeno relativamente tardío y
estrechamente vinculado con la difusión del modernismo catalán,
especialmente con el «estilo floral» del arquitecto Luis Domenech i
Montaner. En efecto, no puede hablarse de arquitectura modernista
aragonesa hasta los primeros años del siglo XX, pudiendo situarse su
momento de plena eclosión en los pabellones provisionales de la Exposición Hispano-Francesa
y alguno muy disperso en otras localidades. Su duración, en parte por
la tardía incorporación de Aragón a la arquitectura modernista, resulta
breve y efímera, pudiendo reducirse a la década entre 1905 y 1915,
desbordando muy poco estas fechas tanto con anterioridad como con
posterioridad.
Es preciso subrayar, para diferenciar el modernismo propiamente dicho de
otros monumentos coetáneos no modernistas, que en Aragón a fines del
siglo XIX tenían un peso abrumador los movimientos historicistas y
eclécticos decimonónicos; estos movimientos se basaban en la utilización
del ladrillo como material tradicional y en la exaltación del
renacimiento como estilo artístico del pasado más adecuado a lo
aragonés, configurándose de esta manera una arquitectura «regionalista»
de tradición neorrenacentista, en la que se integran diversos elementos
como la disposición del palacio aragonés renacentista, la característica
galería superior de arcos de medio punto, los medallones decorativos,
los rafes o aleros muy volados, el ladrillo a cara vista con alguna
decoración mudéjar, etc. Algunos edificios de Zaragoza, como la Facultad
de Medicina y Ciencias (1887-1892) o el Museo de Bellas Artes y la
Escuela de Artes y Oficios (pabellones de la Exposición de 1908) son un
claro exponente de esta arquitectura regionalista, que constituye una
corriente ecléctica, de corte tradicionalista y castizo, y que debe
diferenciarse claramente de la arquitectura modernista, con la que
coinciden en el tiempo como dos movimientos diferentes, uno tradicional y
otro de vanguardia, dándose a veces manifestaciones híbridas, con
mezcla de ambos.
La arquitectura modernista europea presenta una compleja variedad
nacional, de difícil definición, caracterizándose en general por la
incorporación de los nuevos materiales, los ritmos ondulados y
asimétricos del diseño, papel estructural de la ornamentación, la
revitalización de las técnicas artesanas, etc. En la arquitectura
modernista aragonesa, con predominio del floralismo naturalista muy
próximo al círculo de Domenech i Montaner, no se supo encontrar las
cualidades expresivas que en el nuevo lenguaje permitían materiales como
el ladrillo y la cerámica, de tanta tradición aragonesa. Así se entró
en un callejón sin salida, que no pudo resolver el problema de la
producción en serie, lastrada por los condicionamientos de la
ornamentación artesana. Fue una arquitectura para una minoría burguesa
que comenzaba a afirmar su preponderancia social y política.
En Zaragoza se pueden distinguir dos generaciones de arquitectos
modernistas: una primera, que agrupa a quienes se formaron y trabajaron
en los movimientos historicistas y eclecticistas decimonónicos y que
llegan al modernismo como etapa final renovadora de todo lo anterior,
entre los que se cuentan Ricardo Magdalena
y el escultor-decorador Dionisio Lasuén Ferrer7805; éste es el caso
similar del arquitecto tarraconense, responsable de la mayoría de la
arquitectura modernista turolense, Pablo Monguió Segura
En el caso de la segunda generación, aunque caben matizaciones, se trata
de arquitectos para los que la moda modernista fue un punto de partida;
interesan especialmente Manuel Martínez de Ubago y Lizárraga,
La arquitectura modernista en Zaragoza incorpora los nuevos materiales como el hierro (de los talleres de fundición de Alberto Bressel
Pellicer y Juan, etc.) y propicia el desarrollo y auge de trabajos
artesanos como la cerrajería artística, así los de Pascual González (o
los excepcionales de Matías Abad en Teruel); o la carpintería de
Ezequiel González; la cristalería de León y Rogelio Quintana; y una
larga serie de oficios artísticos.
En general puede decirse que el modernismo tuvo en la arquitectura
aragonesa, aunque tardíamente, un arraigo notable, ocupando un lugar
destacado en el modernismo hispánico.
• Bibliog.:
Borrás Gualis, Gonzalo M.; García Guatas, Manuel y García Lasaosa, José: Zaragoza a principios del s. XX: el Modernismo; Col. Aragón, n.º 10, Zaragoza, lib. General, 1977 (con amplia bibliografía).
Borrás Gualis, Gonzalo M.: «La arquitectura modernista en Teruel»; Boletín Dip. Teruel, n.º 31, Teruel, 1973.
• Arquitectura racionalista: El cubismo
arquitectónico o racionalismo se inicia en España en fechas
relativamente tempranas. De los tres edificios considerados
introductores del nuevo estilo en el país, dos son madrileños, la casa
del marqués de Villora (de Bergamín) y la estación de servicio Porto-Pi
(de Fernández-Shaw), pero el tercero, el Rincón de Goya (de García
Mercadal), se construye (1928) en Zaragoza y en esta misma ciudad es
donde se funda el G.A.T.E.P.A.C. (1930).
En torno al crack de 1929 y debido a la crisis de la construcción,
interesaba realizar una arquitectura funcional y desornamentada que
abaratase los costos de producción para que tuviesen acceso a aquélla
las clases sociales más humildes. Los nuevos descubrimientos técnicos
(como el hormigón armado, introducido en España en 1897 por el ingeniero
Eugenio Ribera) se aplican a la realización de edificaciones que no
recuerden ningún estilo histórico y rompan así técnica y formalmente con
la tradición.
La arquitectura racionalista se desarrolla en Aragón desde 1928 hasta
1953 (con un corte brusco en 1939 y una etapa final de letargo) y se
centra en las capitales de provincia. Zaragoza es la que más edificios
construye con el nuevo lenguaje, pero Huesca es la que concentra los de
más calidad, mientras que en Teruel hay sólo algún ejemplo interesante;
la escasa entidad de los casos aislados de otros núcleos de las tres
provincias reduce su interés al dato documental, aparte de que en estos
núcleos a menudo de aspecto rural habría que cuestionarse el papel
muchas veces nefasto de los edificios de carácter «culto» implantados
artificialmente en un medio que no es el suyo propio.
Se trata de una arquitectura más racionalista en las formas que en los
conceptos, como sucede en el resto del país. Con raíces en el modo
productivo de la «generación de 1925» (a la que pertenecieron dos de sus
iniciadores, Regino Borobio
une a los caracteres propios de aquélla, los específicos del
racionalismo. Constante en aquélla fue la utilización del ladrillo, que
aquí cuenta con una amplia tradición de recuerdo mudéjar; por eso
abundan menos los muros revocados y pintados de blanco, al modo Bauhaus.
Estructuralmente los edificios se deciden por el hormigón (los más
avanzados), pero perdura la estructura metálica. Los adelantos técnicos
se aplican en partidas como la carpintería (metálica y con divisiones en
saetinos), los acabados decorativos (tubo cromado, mosaicos y
pavimentos industriales), la iluminación (tubo «Neón» y apliques de
diseño industrial) y los sistemas de cerramiento (persianas
enrollables); estos últimos permiten la apertura de numerosos vanos de
fácil aislamiento (carpintería metálica, doble acristalamiento), que
suelen disponerse en líneas continuas horizontales (la fenêtre en longueur
de Le Corbusier). La cerrajería suele ser de hierro fundido y maciza,
de sección circular o cuadrada y las barandillas suelen disponer sus
barrotes «al estilo barco», de forma horizontal y paralela. El enrejado
de algunas puertas o vallas forma sencillos dibujos geométricos de
inspiración cubista. Las cubiertas, pueden ser planas, al modo Bauhaus o
«a la catalana», aunque con frecuencia se apartan de la «ortodoxia» y
se adaptan al clima local al preferir la teja y la doble vertiente.
El aspecto exterior de los edificios suele ser cúbico (en viviendas
entre medianerías y en algunos bloques singulares) o en forma de maclas
geométricas (algunas entre medianerías, muchas en chaflán y abundantes
edificios singulares) no olvidando ese interés por el volumen que es
general en todo el movimiento.
Según lo usual en el racionalismo español (que mantiene una línea
expresionista), en ocasiones, los encuentros de los distintos planos de
las fachadas se resuelven en semicírculo y también se achaflanan, de la
misma forma que los cuerpos salientes de los miradores (como en obras de
Mendelssohn), e incluso las esquinas de los interiores. Otras veces,
encuentros y miradores acaban en ángulo recto, al modo Bauhaus. En
planta hay que distinguir entre los edificios de viviendas unifamiliares
y los edificios singulares.
Los edificios singulares, encargados por entidades oficiales o
instituciones de distintos tipos, se prestan a soluciones más ágiles. En
Aragón, los arquitectos introductores del racionalismo fueron:
Francisco Albiñana Corralé
por último también dejaron obra racionalista en Aragón, aunque de una
manera más coyuntural: Carlo Baratto y Manuel Muñoz, Rafael Bergamín y
Luis Blanco, Antonio Cañada, Francisco Clavera, José Descartín, Bruno
Farina, Luis de la Figuera, Fausto García Marco, Roberto García Ochoa,
Luis García Rosa, Laureano de Goicoechea, Juan José Gómez Cordobés,
Alberto Huerta, José M.ª Lafuente, Romualdo Madariaga, Ignacio
Mendizábal, Lorenzo Monclús, Lorenzo Ortiz, Antonio Rubio, Marcelino
Securum, Antonio Uceda y Enrique Vicentí.
• Bibliog.:
Fantoni, Rafael de: «Algunos datos genealógicos sobre el
arquitecto y académico zaragozano Fernando García Mercadal
(1896-1985)»; Boletín del Museo e Instituto «Camón Aznar», Zaragoza, LXX-I, 1997.
Marco Fraile, Ricardo y Rábanos Faci, Carmen: G.A.T.E.P.A.C. 1930-1940. Arquitectura Racionalista; Zaragoza, 1979.
Pozo Municio, José Manuel: Regino Borobio Ojeda, 1895-1976: Modernidad y contexto en el primer racionalismo español; Colegio Oficial de Arquitectos de Aragón, Zaragoza, 1990.
Rábanos Faci, Carmen: «Aportación al estudio de la época del Racionalismo en Aragón (1925-1939). Otros arquitectos y su obra»; Artigrama, Universidad de Zaragoza, Departamento de Historia del Arte, N.º 2, 1985.
Rábanos Fací, Carmen: «Catálogo documental de obras arquitectónicas en Aragón en el período de 1925 a 1939»; Artigrama, Universidad de Zaragoza, Departamento de Historia del Arte, N.º 3, 1986.
Rábanos Faci, Carmen: «La arquitectura de los Borobio entre la vanguardia y la tradición»; Aragón Turístico y Monumental, N.º 321, Noviembre, 1987.
Rábanos Faci, Carmen: «Los edificios de los Borobio, destinados a la docencia, entre la vanguardia y la tradición (1925-1939)»; V Congrés Espanyol D´Historia de L´Art, Generalitat de Catalunya, Departament de Cultura.
Rábanos
Faci, Carmen: «Los encargos Arquitectónicos en Aragón desde 1925 a
1939. La Segunda República»; Diputación Provincial, Institución Fernando
el Católico, Seminario de Arte Aragonés, XXXIII, Zaragoza, 1981.
Rábanos Faci, Carmen: «Perfil humano de Fernando García Mercadal a través de su correspondencia privada»; Boletín del museo Pablo Gargallo, Ayuntamiento de Zaragoza, n.º 1, Julio, 1987.
Rábanos Faci, Carmen: Vanguardia frente a tradición en la Arquitectura aragonesa (1925-1939). El Racionalismo; finalista premio «Joaquín Costa», UNALI, Zaragoza.
Rábanos
Faci, Carmen: «Vanguardia y Tradición en la Arquitectura Aragonesa del
Siglo XX: 1925 1939»; Diputación Provincial de Zaragoza, Institución
Fernando el Católico, Seminario de Arte Aragonés, XXXVIII, Zaragoza, 1983.
• La arquitectura de 1939 a 2000: Centrándonos en Zaragoza
cobra impulso la ampliación del espacio en torno a la Basílica del
Pilar, de R. Borobio en 1937, de manera que con el monumento a los
Caídos, concluido a principios de los cincuenta se da paso a una
arquitectura triunfalista de acuerdo a las propuestas de los concursos
que proliferan por España. Ejemplos de dicha arquitectura son
apreciables en la facultad de Derecho, 1939-1945, el Edificio de la
Feria de Muestras, iniciado en 1940, y la Basílica de San Antonio,
1940-1942.
La arquitectura populista predomina durante un primer período, la cual
está potenciada por el organismo de Regiones Devastadas que promueve nuevas poblaciones
en las zonas rurales. Dicha disposición motiva que lo popular, como
punto de partida, prolifere en la arquitectura de Zaragoza. En dicha
línea cabe citar a numerosos edificios de la calle de San Vicente de
Paúl, en la plaza de San Francisco o en el grupo de viviendas Franciso
Caballero. De los edificios oficiales el más emblemático es el
Ayuntamiento. Desde principios de los cincuenta, con el trasfondo
político del Concordato con la Santa Sede, de los pactos con EE.UU.,
1953, y el ingreso en la O.N.U., termina el período autárquico
impartió dos cursillos, titulados «Estudios de Urbanismo», en
colaboración con el Colegio de Arquitectos de Aragón y Rioja, que se
inauguran en abril de 1957 bajo la dirección de Regino Borobio Ojeda,
por entonces decano de dicho Colegio. Las ponencias, abarcando múltiples
facetas, se publicaron en 1960. La mencionada «Cátedra Ricardo
Magdalena» fue creada para premiar trabajos sobre Arquitectura,
Urbanismo y Sociología de éste, así como Biografías de Aragoneses. En la
actualidad continúa con sus actividades.
La aprobación de la Ley del suelo y el Plan de Ordenación Urbana, sin
olvidar la influencia de la Carta de Atenas, motiva una influencia del
racionalismo europeo y de la arquitectura orgánica estadounidense. Al
respecto, basta recordar edificios como el Colegio de la Purísima para
Sordomudos, 1956-1957, la Estación de Servicio «Los Enlaces», 1960-1961,
la Clínica «Montpellier» 1969-1970, o las Naves y Oficinas Industriales
«Glasser», 1972-1974, entre tantos ejemplos. A todo ello conviene
recordar el crecimiento industrial y la elección de Zaragoza, en 1963,
como Polo de Desarrollo Industrial lo cual motiva un alto crecimiento
demográfico y la aparición de los nuevos polígonos.
El nacimiento de nuevas actitudes, protagonizadas por el Grupo Z, y la
revisión crítica del Movimiento Moderno, motivan otros planteamientos
formales. Se mantiene el organicismo nórdico iniciado por Yarza y se
revisan tendencias como el Expresionismo y el Purismo, mientras que
otros arquitectos se inclinan por la nueva Tendenzza. Súmese, por otra
parte, la urbanización, desde 1972, del ACTUR Puente Santiago. La
descentralización generalizada motiva que los Ayuntamientos y las
Administraciones Autónomas patrocinen la arquitectura. Resulta
significativo la publicación del Ayuntamiento de «Zaragoza Zonas Verdes,
Espacios Naturales», 1990, «Zaragoza, Plan de Ayudas a la
rehabilitación», 1991, o de «Zaragoza, Viviendas Municipales de
Alquiler», 1991. Se consigue estar en una línea dentro de las
vanguardias culturales de otros países, la cual se manifiesta en una
evidente y generalizada creatividad. En dicha línea adquiere una gran
trascendencia la tarea expositiva del Colegio de Arquitectos y el Premio de Arquitectura García Mercadal
ya desde 1985, organizado por dicho Colegio, siendo la primera
convocatoria en 1986. Premiados: 1986 - Teófilo Martín Sanz y Luis
Fernández Ramírez. 1987 - Desierto. 1988 - Mariano Pemán Gavín y Luis
Franco Lahoz. 1989 - Daniel Olano Pérez y José Antonio Lorente. 1990-
Fernando Aguerri Martínez. 1991- Víctor López Cotelo y Carlos Puente.
1992- Desierto. 1993- Basilio Tobías Pintre. 1994- Fernando Aguerri
Martínez. 1995 - Basilio Tobías Pintre. 1996- Manuel Marquínez Bernal y
José Ignacio Poves Romeo. 1997- Javier Ruiz Tapiador. 1998- Manuel
Castillo y Elena Vallino y 1999- Joaquín Sicilia y su estudio.
A lo señalado cabe incorporar a un conjunto de proyectos que destacan durante los noventa.
Plaza de las Catedrales, Zaragoza (1992). Remodelación de Ricardo Usón y
José María Ruiz de Temiño. Rehabilitación de la Lonja: Úrsula Heredia.
Rehabilitación del puente de Piedra: José Manuel Pérez Latorre
El puente de Piedra. Mientras que José Manuel Pérez Latorre, autor de
una brillante reestructuración del puente de Piedra (al que sólo sobra
algo de mobiliario urbano), ha sido creador de la llamada pirámide, por
su similitud conceptual con la del Louvre parisino; su belleza
suntuaria, a base de costosos revestimientos de ónice, resulta
inmodesta, porque oculta la visión de La Seo con su exceso volumétrico;
en realidad se trata de un prisma de carácter suntuario. El Altar de la
Patria, que se ha llevado al cementerio de Torrero, antes ocultaba un
edificio funcionalista de Goitia (que ahora asoma tras de San Juan de
los Panetes). El desconcierto visual aumenta más y, si cabe, la
descontextualización resulta ya supina, aunque la fuente, pese a sus
connotaciones con los parques acuáticos, es de lo más salvable, dentro
de este cúmulo de objetos abandonados a su suerte, o peor, a su
infortunio.
Mejoras urbanas. El parque de Pina (Zaragoza). La antigua reivindicación
de los vecinos del Barrio de San José de Zaragoza se hizo realidad en
1992 con la urbanización de un parque en los terrenos de la desaparecida
fábrica de curtidos Pina. Con voluntad de antidiseño y continuas
referencias simbólicas al sentir popular, Antonio Lorenzo consiguió un
necesario espacio urbano que mejora ostensiblemente la trama del barrio.
El parque está situado alrededor de la primitiva acequia, ahora
canalizada y utilizada como elemento decorativo y representativo, la
rodean parterres de plantas aromáticas, una pérgola a modo de mural, o
de «jardín de la memoria», sobre diseño de Santiago Lagunas
(alma del vanguardista Grupo Pórtico y ex-decano de un Colegio de
Arquitectos entonces proclive al apoyo de reivindicaciones sociales),
que ha sido realizada por Fernando Malo. Todo ello junto a una zona
arbolada y solada con gravilla blanca.
El siguiente espacio lo constituye una plaza dura, que homenajea al
poeta José Martí, en cuyo centro se ubicará una escultura cinética,
sobre un basamento que recuerda los tradicionales kioscos, rodeada por
un mural, diseñado por Rubén Enciso, que recoge las huellas manuales de
los vecinos. A continuación La huerta del abuelo Rosel (el difunto
militante del PCE) recolectará hortalizas plantadas por los vecinos;
luego, el estanque, el «cantarranas» tradicional, tras el que se eleva
la escultura del escultor Carlos Ochoa: una bañista en resina sintética
inspirada en los ninots falleros; por fin, a un a modo de rocódromo para
la expansión infantil.
En todo el conjunto destacan dos trazados en diagonal que se
entrecruzan: un andador y una pasarela decorada con muretes de hormigón
ornamentados con piezas cerámicas (manufacturas por los vecinos en una
fiesta del barrio). Quizás al mobiliario urbano hubiera sido necesario
darle mayor resistencia antivandálica, y, a la acequia, algún sistema de
drenaje; por lo demás, el parque constituye una magnífica muestra de
cómo la urbanística contemporánea puede sintetizar la voluntad del
pueblo y aunar un avanzado trazado, integrador, útil y agradable.
El Puente de Hierro de Zaragoza, cuya autoría corrió a cargo de Javier
Muntañola, fue peatonalizado al filo de los 90. Dos trazados viarios
sobre sendos puentes forman un paréntesis en torno al primitivo puente
cuya estructura metálica en la línea de la arquitectura de nuevos
materiales se ve así preservada. El mobiliario urbano (farolas) es
también de gran belleza plástica. Así se convierte en una de las mejores
aportaciones urbanísticas de los últimos tiempos. El Puente de la
Almozara no logra en cambio, armonizar con el paisaje urbano que
desemboca en la plaza de Europa.
La Plaza de Europa. Se organiza en torno al obelisco del escultor
Pagnussat, cuyo concepto obedece al movimiento minimalista, según el
cual «arte menos es más», la escultura tiende a crear volúmenes
geométricos adaptados al marco espacial.
Nuevas intervenciones arquitectónicas en la línea de las comunidades
monásticas y las unidades de habitación corbuseriana. La construcción de
viviendas con servicios comunitarios, va siendo ya algo generalizado,
incluso por parte de las empresas constructoras de carácter comercial;
la cooperativa Victoria Martínez tiene ya en estos momentos varias
comunidades en construcción en la ciudad de Zaragoza, ciudad en la que
ya se realizaron algunas experiencias piloto en los años setenta (en el
barrrio de La Jota, en una primitiva construcción remodelada por
Saturnino Cisneros, o, algo más tarde, en Torrero, en una comunidad
proyectada por Teófilo Marún).
Acampo. Universidad. Daniel Olano
1994-1995. Conjunto residencial situado en una gran zona comercial (la
más amplia de Zaragoza), y cuenta con todos los servicios de un núcleo
urbano de 10.000 ha. Fundado junto a la autovía de Logroño, en la zona
de mayor crecimiento económico de Zaragoza y que además dispone de los
accesos más fáciles y cómodos de Zaragoza, muy cercana al centro de la
ciudad y con un buen servicio de transporte público.
En definitiva, la propuesta es vivir con los servicios de la ciudad pero
sin contaminación y en el campo, ya que dispone de 3.000 m.2 privados
de zonas verdes y peatonales, en los que se ubicará el equipamiento
deportivo y cultural de la urbanización, aprovechando el marco de un
espacio totalmente rehabilitado para tal fin. Este espacio
deportivo-cultural consta de: piscina privada en la misma urbanización,
centro social, gimnasio, salas de deportes (squash, frontón, etc.),
sauna, vestuarios, aseos y sala de enfermería, biblioteca y sala de
reunión, catorce despachos de uso privado y 15 m.2 mínimo, terraza
solarium, zonas verdes y espacios para juegos infantiles, y, zonas
peatonales.
Edificios universitarios aragoneses. Como consecuencia de la
descentralización universitaria las distintas capitales aragonesas han
ido realizando nuevas construcciones y también Zaragoza ha edificado
otras nuevas. Así en Huesca, se ha edificado el Colegio Mayor
Universitario «Ramón Acín» (1994), y, en el Campus de Teruel la
construcción dedicada a Escuela de Magisterio, Facultad de Humanidades y
Escuela de Graduados Sociales, obra de José Antonio Gómez Muñoz y
Javier Peñafuerte (h. 1993), los mismos responsables de la Escuela
Universitaria Politécnica, terminada en 1996. En estos años se construyó
también el Colegio Mayor Universitario Pablo Serrano. El Campus de
Zaragoza se vio incrementado con el edificio destinado a Centro de
Información y sede de iberCaja durante el mandato del rector Camarena.
La solución más brillante de todas la constituye la destinada a
Consultas Externas del Clínico, obra de los arquitectos Reinaldo Ruiz
Yébenes y Alfonso Casares Ávila y el ingeniero Ruiz Castillo Bayod,
proyectada en 1989 y construida por Fomento de Construcciones y
Contratas S. A. Pero, la mayoría de las construcciones para el Campus de
la Universidad de Zaragoza, han sido diseñadas por el arquitecto
Basilio Tobías, autor de la Escuela Universitaria de Ciencias de la
Salud (proyectada en 1989 y terminada en 1991), el pabellón
polideportivo (proyectado en 1990 y terminado en 1992), la ampliación y
reforma de la Facultad de Derecho (con proyecto de 1990 y terminación de
1994), la biblioteca de Economía (proyectada en 1994 y terminada en
1996), la Escuela Universitaria de Estudios Sociales (proyectada en 1993
y terminada también en 1996). En todas estas obras impera el criterio
de racionalidad constructiva, así como un respeto inusual a las
construcciones preexistentes.
• Bibliog.:
El número de publicaciones sobre arquitectura y
urbanismo, de 1939 a 2000, es tan considerable que sobrepasa los límites
de una obra de estas características. Basta ver la publicación Bibliografía sobre Urbanismo Aragonés,
de 1991. En los noventa, incluso antes, destaca el protagonismo de la
prensa periódica, que ofrece con cierta regularidad los acontecimientos
más relevantes. Al respecto, conviene recordar los artículos de Manuel
Pérez-Lizano Forns en el Diario 16 en Aragón, octubre de 1989 a enero de
1990, y en el Heraldo de Aragón, abril de 1990 a octubre de 1991.
Asimismo, son de imprescindible consulta los catálogos publicados por el
Colegio de Arquitectos, siempre en vínculo a las exposiciones, y
diferentes libros de señalada entidad.
Otras publicaciones:
VV. AA.: Bibliografía Sobre Urbanismo Aragonés; Departamento de Historia
del Arte, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Zaragoza,
1991.
Navarcorena, Marian: «Auditorio, La Acústica del Hormigón»; El Periódico de Aragón, 28-II-1999.
VV. AA.: Auditorio Palacio de Congresos; Edita Sociedad Audiorama Zaragoza, Zaragoza, 1995.
García-Nieto, Luis: La Zaragoza del Siglo Veintiuno, Club de márketing de Zaragoza, 24 de marzo de 1994.
García-Nieto, Luis: ... Que doce años no es nada. Crónica municipal; Ediciones Oroel, Zaragoza, 1992.
VV. AA.: «Luces y sombras de una nueva Zaragoza», Diario 16 Aragón, Suplemento, 12-X-1991.
Zaragoza, Zonas Verdes. Espacios naturales; Ayuntamiento de Zaragoza, Área de Urbanismo e Infraestructuras, Junio, 1990.
Gil, Ricardo: «Zaragoza desde el aire»; Heraldo de Aragón, Álbum, 12-X-1991.
VV. AA.: «En fiestas»; El Día de Aragón, Suplemento, 12-X-1989.
Bardají, Rafael: «Zaragoza. Una discutible estética urbana»; Heraldo de Aragón, 3-XII-1989.
Crespo, Genoveva: «Juan Rubio del val»; Heraldo de Aragón, 19-V-1991.
«El salón De Nuestra Ciudad»; Diario 16 Aragón, 11-V-1991.
«El futuro, al cubo»; El Periódico, 13-II-1993.
Naya, Jorge: «Orden público y urbanismo, principales preocupaciones»; Heraldo de Aragón, 3-VI-1991.
«I Bienal de Arquitectura y Urbanismo»; Heraldo de Aragón, 30-XI-1991.
VV.
AA.: «Zaragoza recupera su Casco Histórico»; Ayuntamiento de Zaragoza,
Boletín de Información Municipal, Año I, Mayo, 1997, Número 1.
VV.
AA.: «Cinco grandes proyectos para recuperar la memoria histórica»;
Ayuntamiento de Zaragoza, Boletín de Información Municipal, Año 2,
Diciembre, 1998, Número 4.
Laborda Yneva, José: Suelo y vivienda pública en Aragón. 1985-1990; Diputación General de Aragón, Zaragoza, 1991.
VV. AA.: Torreciudad; Ediciones Rialp, Madrid, 1988.
VV. AA.: «Monográfico Dedicado a Restauración»; Artigrama, Departamento de Historia del arte, Universidad de Zaragoza, Números 6-7, 1989-1990.
Recuperar Aragón. El Pignatelli; Diputación General de Aragón, Editorial Heraldo de Aragón, Zaragoza, 1984.
Zaragoza. Plan de Ayudas a la Rehabilitación; Ayuntamiento de Zaragoza, Sociedad Municipal de la Vivienda, Zaragoza, Abril, 1991.
Zaragoza. Viviendas Municipales de Alquiler; Ayuntamiento de Zaragoza, Sociedad Municipal de la Vivienda, Zaragoza, Marzo, 1991.
Rábanos
Faci, Carmen: «Influencia Popular en la Arquitectura Civil Aragonesa
Contemporánea»; Actas IV Coloquio Arte Aragonés, Departamento de
Historia del Arte, pp. 319-333, Zaragoza, 1986.
Rábanos Faci, Carmen: «Aportaciones a la urbanística y la arquitectura del período entreguerras en Aragón», Artigrama, Departamento de Historia del arte, Universidad de Zaragoza, Número 11, 1994-95.
Rábanos Faci, Carmen: «Urbanismo y arquitectura en el período franquista en Aragón»; Andalán, Números 400/401, 15 de marzo al 15 de abri1, 1984.
VV. AA.: 10 Años de Arquitectura. Premio Fernando García Mercadal, 1985-1995; Palacio de Sástago, Diputación de Zaragoza, 16 de enero-9 de febrero 1997.
Laborda Yneva, José: Guía de Arquitectura de Zaragoza; Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, Zaragoza, 1995.
Laborda Yneva, José: Guía de Arquitectura de Teruel; Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, Zaragoza, 1996.
Laborda Yneva, José: «Arquitectura, textos críticos»; Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1996.
Laborda Yneva, José: «Guía de Arquitectura de Huesca»; Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, Zaragoza, 1997.
Laborda Yneva, José: Restauración del patrimonio histórico en la provincia de Zaragoza; Diputación Provincial de Zaragoza, Zaragoza, 2000.
VV. AA.: La Aljafería; Cortes de Aragón, Zaragoza, 1998.
Monográficos
Los mudéjares en Aragón
Una cultura y un arte, producto de la tolerancia entre musulmanes y cristianos.Imágenes de la voz
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