lunes, 16 de mayo de 2016

DICCIONARIO GEOGRAFICO DE LA BIBLIA

DICCIONARIO GEOGRAFICO DE LA BIBLIA

















DICCIONARIO
GEOGRÁFICO DE LA BIBLIA
Pedro
Sergio Antonio Donoso Brant


DICCIONARIO
GEOGRÁFICO DE LA BIBLIA
Preparado
desde los artículos selectos del “Manual de la Biblia”
por
H. Martens, Parte II, y otros datos Geográficos
    
Para Usos
Internos y Didácticos Solamente —



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Los países de la Biblia se enmarcan en su
casi totalidad dentro de los límites del “Creciente Fértil,” exceptuando
Egipto y los países de misión a los que se desplazaron los apóstoles. Y entre
los países del Creciente Fértil tienen un papel destacado los territorios,
pueblos y Estados de Mesopotamia. Pero el “país de la Biblia” por antonomasia
es la
pequeña Palestina que, con sus 220 km de norte a sur y
sus 115 km
de este a oeste, sólo representa una minúscula franja en un mapa-mundi a gran
escala.
Esa Peleset o “tierra de los filisteos”
se llama hoy cada vez más ‘Eres Yisra’el (País de Israel), según el uso de
los israelíes del moderno Estado de Israel. Pero convendría no olvidar que
Palestina no coincide exactamente, desde el punto de vista geográfico, con el
actual Estado de Israel. Palestina es la parte meridional del antiguo país de
Siria; más concretamente, el país costero del sudeste del Mediterráneo y una
parte del desierto siro-arábigo, con el que limita por el este. Al norte
limita con las estribaciones meridionales del Líbano-Antilíbano, y en el sur
con los valles secos que desde el mar Muerto corren en dirección sur y
suroeste.
La costa tiene algunas ensenadas
practicables, que se acomodaron como puertos: Cesárea Marítima, la ciudad
construida por Herodes, y Yaffá/Joppe. Sin embargo las mejores ensenadas
portuarias, con las ciudades de Yabné/Yamnia, Asdod/Azot(o), Asquelón y Gaza,
estuvieron en manos de los filisteos, por lo que sólo en virtud de acuerdos
pudieron utilizarlas Israel y los judíos.
La llanura de aproximadamente unos 20 km de ancha, al este de
la costa, es una depresión, ocasionalmente surcada por dunas y terrenos silicocalcáreos.
Entre Cesárea y Yaffá/Joppe esa franja recibe el nombre de Llanura de Sarón,
con agua abundante y ricos pastos, aunque la fertilidad es común a otros
sectores de dicha costa. Hoy esa llanura constituye la huerta más importante
de Israel. Detrás de esa franja costera va elevándose en varios escalones la
meseta palestinense (con una profundidad de 75 a 85 km), aunque cortada de
norte a sur por una gran falla o depresión del Jordán. Pero la altiplanicie
originaria presenta en buena parte un carácter diferente por los basaltos,
que se formaron con las erupciones volcánicas sobre la piedra arenisca y
calcárea, probablemente al abrirse la citada falla de norte a sur.
ABILENE.
Territorio sirio sobre el Antilíbano;
hasta el año 34 a.C.
formó parte de Iturea, que tras la ejecución de su rey Lisanias dividieron
los romanos en cuatro partes. Una de ellas fue el territorio o región de
Abilene, de unos 150 km
de larga por 30-40 km
de ancha. El tetrarca Lisanias, mencionado en el Evangelio de Lucas (3:1),
está documentado además por una inscripción encontrada en las proximidades de
Abila; pero nada sabemos ni de él ni de su tetrarquía de Abilene. Sólo a
partir del 37 d.C. vuelve Abilene a aparecer en la historia.
Abilene tomó el nombre de su capital
Abila, en la pendiente oriental del Antilíbano, a 30 km al noroeste de
Damasco. Estaba junto al río Amana (hoy Barada), que corre en dirección de
Damasco formando un oasis muy fértil. Que allí esté enterrado Abel (y de ahí
el nombre de Abi-la), pero algunos opinan 
que es un disparate que debió de ocurrírsele a algún guía turístico
árabe.
Asdod (hebreo) o Azoto (griego), a 5 km de la costa
mediterránea, fue en sus orígenes una ciudad anaquita, proscrita hacia el
2000 por los egipcios (“textos egipcios de execración”). Desde el período de
los hicsos en Siria debió de existir la ciudad Estado de
Asdod.
En el reparto ideal de Canaán entre las
doce tribus de Israel se la asigna a Judá, que no pudo conquistarla. Poco
antes del año 1100 a.C.
cayó en manos de los filisteos convirtiéndose en una de sus ciudades
importantes.
La relevancia de Asdod en el marco de las
cinco ciudades filisteas se echa de ver por su templo, en el que se veneraba
a Dagón, el dios principal de los filisteos, templo que la arqueología no ha
encontrado hasta ahora.
Tampoco David sometió directamente a
Asdod; pero el libro de Crónicas dice que el rey Ozías de Judá la sometió
(2Cró 26:6).
Después que los asirios dominaron el
reino israelita del norte, también cayó en sus manos el territorio de los
filisteos; en el 711 a.C.
Asdod pasó a ser la capital de la provincia asiría (As-dudu), hasta que el
recuperado Egipto volvió a someter hacia el 650 la región costera. Pero
Ne-bukadnezzar de Babilonia volvió a arrebatársela a Egipto, pasando a ser
provincia babilónica y más tarde persa (Azotos). A la muerte de Alejandro
Magno Asdod pudo recuperar su independencia.
Tras el exilio babilónico de los judíos
Asdod pasó a ser miembro de una coalición con la que los árabes y los
ammonitas intentaron impedir la reconstrucción de las murallas de Jerusalén,
lo que según parece impresionó poco al pueblo, ya que muchos judíos se
desposaron con muchachas de Asdod. En las campañas expansionistas del rey
Juan Hircano fue conquistada y sometida por los judíos, hasta que en el 63 a.C. los romanos la declararon Estado
libre.
El diácono Felipe anunció en Asdod y en
toda la región costera “hasta llegar a Cesárea” la buena nueva del evangelio
(Act 8:40).
El nombre antiguo se ha conservado a
través de los tiempos en la aldea árabe de Esdud. Hoy Israel ha levantado en
“Asdod Yam” (Asdod sobre el Mar) una nueva ciudad industrial (con el proyecto
de un gran puerto), que tiene por cometido hacer de nuevo realidad al nombre
antiguo y famoso.
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Babilonia, sobre el río Eufrates, es la
capital incontrovertible de Mesopotamia, por cuya posesión combatieron
siempre hasta los imperios no babilónicos de Mesopotamia. Su ascensión empezó
con el rey Hammurabi (siglo XVIII a.C.); pero el primer soberano del imperio
persa Ciron ya no la eligió como su capital (536 a.C.), de modo que a
partir de entonces no desempeñó ya un papel político.
Cuando después de su gran campaña
asiática Alejandro Magno regresó a Babilonia decidió reconstruir el templo y
la gran torre sagrada, que el rey persa Jerjes había destruido después de una
sublevación, y pensó asimismo en convertirla en capital de su imperio griego.
Pero Alejandro moría en la ciudad el año 323 a.C., por lo que la
historia de Babilonia como capital terminó definitivamente.
Las excavaciones apenas han sacado nada a
la luz de la Babilonia más antigua; los asirios arrasaron la ciudad hasta sus
cimientos (703 a.C.);
pero la Babilonia de Nebukadnezzar (605-562 a.C.) nos es hoy bastante bien conocida
gracias a los esfuerzos arqueológicos. Su muralla de 18 km de larga fue la obra
de fortificación más importante de la antigüedad. En la orilla oriental del Eufrates,
el río rodeaba tres cuartas partes del bloque de la ciudad antigua, y en un
gigantesco recodo un segundo muro cerraba la ciudad nueva del este; el cuarto
o tercer “muro” era el Eufrates. En la orilla occidental del río la protegía
así mismo por tres de sus lados una gruesa muralla con taludes exteriores que
rodeaba el bloque de la ciudad nueva de poniente. Las puertas estaban
fortificadas.
Entre el muro norte en la ribera oriental
y el río se alzó pujante un barrio fortificado con tres grandes complejos de
fortificaciones con obras de avanzadilla y la ciudadela. En la
entrada a la fortaleza residencial de los soberanos y de la ciudad se hallaba
la puerta de Istar con sus famosos relieves esmaltados sobre el fondo azul
del muro.
Así mismo en la orilla oriental, adonde
conducía el ancho puente central desde la ciudad nueva, se encontraba el
segundo recinto sagrado de gran extensión (800 x 500 m) con la ziggurat
(“torre babilónica”) y el templo de Marduk (“Esagila”). Desde el recinto
sagrado una calle procesional (de 25 m de ancha) conducía hasta la puerta de
Istar; era la calle más suntuosa de la ciudad, de 1 km de larga, por la que
era trasladada la imagen del dios hasta el palacio real en la fiesta de Año
Nuevo. Con esa visita oficial del dios se invocaban sus bendiciones sobre el
gobierno del soberano.
De Babilonia partía de continuo el
falseamiento religioso del culto en el templo de Jerusalén bajo el dominio de
asirios y babilonios. Por Babilonia fueron oprimidos Israel y Judá; y en
Babilonia vivieron los miembros de la familia real de Judá que habían sido
deportados y que allí estuvieron como “huéspedes bajo vigilancia.” En la
cautividad babilónica corrió peligro de perderse la fe de los deportados bajo
la suntuosidad y el poder de la gran metrópoli. De ahí que Babilonia se
trocara en el símbolo de los poderes hostiles a Dios, y cuándo Roma asumió
esas funciones también fue designada como la nueva “Babel” (cf. 1Pe 5:13; Ap
14:8).
Puede completarse el tema con los
artículos sobre la torre de Babel, los asirios y los babilonios.
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El nombre hebreo suena Beerseba, que muy
bien puede traducirse por “pozo de los siete.” El topónimo es naturalmente
más antiguo que el relato de los siete corderos que Abraham entregó a Abimélek,
cuando hicieron el trato del pozo en favor del patriarca (Gen 21:22ss). La
interpretación bíblica es precisamente una historia sugerida por el mismo
nombre.
Recientemente se han hecho excavaciones
en Beer-Seba (como se llama también hoy en el Estado de Israel), que
demuestran la ocupación del territorio desde el milenio IV o III a.C.
Probablemente el asentamiento fue un importante cruce de comunicaciones de
las grandes rutas mercantiles que iban del territorio fenicio a Egipto y
desde el mar Mediterráneo al Rojo. Del calcolítico (que en Palestina
corresponde aproximadamente al 4500-3000 a.C.) podrían ser varios poblados de
cuevas (aldeas) en wadi Seba, al sur de la ciudad antigua de Beer-Seba, que
confirmarían la hipótesis sostenida desde hace largo tiempo. Pero esas
excavaciones sólo tienen un valor histórico para los datos de la Biblia en
tanto en cuanto nos ayudan a fijar la imagen de la región: la Beer-Seba de
Abraham no era un lugar aislado en el desierto, sino un territorio habitado
(desde muchísimo tiempo antes ya por entonces). Abraham llegó a la región
unos mil quinientos años después (hacia 1750 a.C.) de la época que
se asigna a las mentadas cuevas.
El tesoro de la región eran los pozos de
wadi Seba, importantes para las rutas comerciales a que nos hemos referido, y
también para los nómadas y seminómadas que se asentaban en sus proximidades.
El tributo por la utilización de los pozos lo recibía el reyezuelo de la
ciudad, de la que tal vez persista algo bajo tell Seba, a unos 3 km al este de wadi Seba.
Cuál fuese el aspecto de Beer-Seba y sus
alrededores en tiempo de Abraham es difícil de decir. Estaba en el desierto,
pero era sin duda un lugar fértil. La Biblia
cuenta que Abraham se retiró a Beer-Seba tras la destrucción de Sodoma. Allí
excavó un pozo, plantó un tamarisco “e invocó el nombre del Señor.” Lo que en
tales tradiciones haya de historia en sentido estricto no lo sabemos. Pero la
narración apunta ciertamente al hecho de que ya antes del establecimiento de
la liga de las doce tribus en Beer-Seba hubo un santuario cananeo, en el que
también Abraham era venerado como patriarca, por ejemplo, de la tribu de
Judá.
Cuando, con la entrada de Judá en la
alianza de las doce tribus, Abraham se convirtió en un patriarca de Israel,
también el santuario de Beer-Seba pasó a ser un venerable santuario
israe-lita. Con toda seguridad hay que vincular también a Abraham con el
lugar, de modo que lo visitase y allí rindiese adoración a ‘el ‘olam, el
“Dios eterno.”
Comoquiera que sea, a través de los
relatos abrahámicos el lugar estuvo vinculado o entró en la tradición de
Israel: de allí partió el patriarca con su hijo Isaac para ofrecerlo en
sacrificio, y allí regresó después (Gen 22:19); y allí regresaría más tarde
Isaac volviendo a excavar el viejo pozo, después de haber abandonado el
emplazamiento por las malas cosechas desplazándose ha-cia el sur (Gen 26).
¡Beer-Seba no desaparece de las tradiciones de Israel! Y tampoco como
san-tuario, pues que allí construyó Isaac un altar.
De Beer-Seba emigró a su vez Jacob hacia
Mesopotamia, y cuando más tarde marcha a Egipto para volver a ver a su hijo
José, “llegó a Beer-Seba, donde ofreció sacrificios al Dios de su padre
Isaac” (Gen 46:1). En el reparto ideal de los lugares de Canaán, Josué asigna
Beer-Seba a la tribu de Simeón (Jos 19:2), y a partir de entonces, cuando se
hablaba del emplazamiento de todos los hijos de Israel se decía “desde Dan a
Beer-Seba” (2Sam 17:11), indicando esta última ciudad la frontera meridional.
Pese a ello no se puede suponer el santuario de Beer-Seba como un santuario
puramente israelita. Allí, por ejemplo, acudían también los edomitas para
ofrecer sacrificios junto con sus “hermanos” israelitas. Tal vez incluso
Beer-Seba es el lugar de origen de narraciones como la de Esaú y Jacob,
su parentesco, su enemistad y reconciliación.
Beer-Seba continuó siendo o llegó a ser
un santuario importante. Allí estableció Samuel como jueces a sus dos hijos
mayores, Yoel y Abiyyá; “pero sus hijos no siguieron los caminos de su padre,
sino que se inclinaron a la avaricia, recibieron regalos y torcieron la
justicia” (1Sam 8:3). Por todo ello el pueblo pidió un rey, porque de lo que
había sido capaz Samuel no lo fueron sus hijos. Y ello ocurría en Beer-Seba,
en el punto de cruce de las caravanas y donde probable-mente no eran pocas
las ocasiones para torcer la justicia.
Al tiempo de la separación de los dos
reinos Beer-Seba era un lugar importante de culto, del que el profeta Amos
habla con duras palabras porque en él se mezclaban el culto de Yahveh y el culto
de Baal. De ahí que el rey Yosías destruyera el santuario de Beer-Seba,
cuando llevó a cabo su reforma. Es probable que después del destierro de
Babilonia las gentes de Judá volviesen a ocupar la abandonada Beer-Seba.
El visitante que llega hoy a Beer-Seba no
encuentra ya mucho de la atmósfera abrahámica; el lugar se ha convertido en
una gran ciudad moderna en medio del desierto. Desde ella, el Estado moderno
de Israel ha iniciado la colonización del Néguev.
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A 7 km largos de Jerusalén, sobre la carretera
que conduce a Hebrón, se asienta “Belén, en el país de Judá” (hoy una pequeña
ciudad). El topónimo Betlejem es antiquísimo y recibe distintas
interpretaciones. Probablemente hay que derivarlo de un lugar de culto
cananeo, como sugiere la designación de Bit Ilu Lajama (“casa de la diosa Lajama”) que
aparece en las cartas de Amarna (290:16). La forma acuñada betlejem (“casa
del pan”) podría haberse formado después, cuando el culto de la diosa
pertenecía ya al pasado, cuando ya ni siquiera era un cambio consciente del
antiguo topónimo cultual en una designación general que podía referirse a la
fertilidad cerealista de los valles de Belén.
La Belén del siglo XI a.C. se considera
generalmente una aldea pequeña de criadores de ovejas y campesinos. Pero, aun
siendo pequeña, no hay duda de que se la subestima un tanto insistiendo
exclusivamente en esa característica. En Judá siempre fue la avanzadilla más
adelantada frente a la ciudad yebusea de Jerusalén, que por su importancia
militar para la seguridad del país debió de estar siempre ocupada por hombres
de singular valor.
Además, también en el período israelita
Belén siguió siendo un lugar ilustre por su centro de culto que entonces era
ya un lugar de culto yahvista. Así puede deducirse de 1Sam 16:2:“Lleva
contigo una becerra y di: He venido a ofrecer un sacrificio a Yahveh.” Así
hace hablar el narrador a Dios, que da instrucciones a Samuel, cuando éste
temía acudir a Belén para ungir a uno de los hijos de Isaí (Jesé). El lugar
de sacrificios (a la diosa y más tarde a Yahveh) hay que suponerlo en las
cuevas del lugar, que hoy se muestran como las cuevas del nacimiento (de
Jesús); el lugar quedaba al este de la ciudad antigua.
Queda, pues, demostrada la condición de
Belén como lugar de sacrificios al tiempo en que se redactaron los libros de
Samuel. Pero en 1Sam 16:2 se podría ver simultáneamente una indicación
precisa del tiempo de redacción de dichos libros, pues que el lugar se
menciona con toda ingenuidad como un centro legítimo de sacrificios a Yahveh,
por lo que cabría suponer que tales historias fueron consignadas por escrito
antes del rey Yosías (641-609
a.C.), que desplegó su celo contra los lugares altos.
Con la ascensión del betlemita David a la
dignidad de rey no parece que Belén lograse nada especial; David eligió para
lugar de su unción el santuario tribal de Mamré, y la ciudad cercana de
Hebrón para su residencia.
El sucesor de Salomón en Judá, su hijo
Roboam, sí que hizo fortificar la aldea de Belén, incrementando así una vez
más su importancia militar.
En los siglos de la penetración del
espíritu helenista en Palestina (desde aproximadamente el 330 a.C.), el antiguo lugar
de culto experimentó un nuevo esplendor, favorecido tal vez por la presencia
de las cuevas, y Belén se convirtió en lugar de culto a Adonis. Lo cual
demuestra, por una parte, que el recuerdo de la “casa de la diosa Lajama,” una
diosa de la fertilidad, nunca había desaparecido por completo, de modo que
Lajama pudo ser sustituida por Adonis, el dios del ciclo de la floración y
marchitamiento de las plantas. Por otra parte, las cuevas de la región
ofrecían un emplazamiento ideal para las lamentaciones del culto funerario en
pleno verano. En los tiempos de mayor rigidez religiosa judía (la época de
Jesús y la siguiente) es posible que tales cultos se interrumpieran; pero
volvieron a florecer más tarde, cuando la comunidad judía desapareció en
tiempos del emperador Adriano (137 d.C.).
Varios evangelistas se refieren a Belén
como lugar de nacimiento de Jesús. El sentido kerigmático de esa distinción
se apoya en Miq 5:1:“Pero tú, Belén, Éfrata, aunque eres pequeña entre los
clanes de Judá, de ti ha de salir el que dominará en Israel.” Como David y,
por ende, la dinastía legítima de Judá, ¡también el rey Mesías tenía que
proceder de Belén!
Sobre el lugar preciso del nacimiento de
Jesús en Belén nada seguro se nos ha transmitido. Las cuevas tradicionales se
brindaban casi espontáneamente como lugar de veneración del misterioso
nacimiento. Ciertamente que con ello no se excluye el que José pudiera elegir
las cuevas de culto abandonadas como lugar de refugio; menos aún se descarta
el que buscase alguna otra cueva, o que el nacimiento de Jesús tuviera lugar
en una casa tal vez parcialmente excavada en la roca: el pesebre puede
también referirse a una casa. Comoquiera que fuese, el emperador Constantino
hizo levantar una basílica cristiana sobre las cuevas, que desde
aproximadamente el 160 d.C. eran veneradas como el lugar de nacimiento de
Jesús.
El campo de los pastores, al que se
refiere el Evangelio de Lucas, debe de entenderse como la elevación al este
de la ciudad. Con
esa representación tradujo Jerónimo en el texto de Le 2:15 el propósito de
los pastores: “Transeamus, pasemos a Belén...” Esos campos de los pastores
constituyen el terreno de transición de la hondonada fértil, al oeste de la
cual se alzaba Belén, hacia el desierto estéril. Esos campos de los pastores
son también los pastizales en que el joven David apacentaba el ganado menor,
según refiere el libro de 1Sam 16:11.
En cualquier caso, con la “iglesia de los
pastores” la tradición ha desplazado el lugar de la vela nocturna de los
pastores al valle al este de Belén. Lo cual obedecería al hecho de que los
pastores no vigilaban a las ovejas pastantes, sino a las ovejas cuando
dormían, sin que necesariamente los establos tuvieran que hallarse en el
lugar de los pastos. Pero esa “iglesia de los pastores” (keniset er-rawat)
podría también transmitir el nombre de “Rut,” que espigaba en el campo de cebada
de Booz, en el valle de Belén.
La tumba de Raquel, la esposa favorita
del patriarca Jacob, en el valle junto a Belén, no es histórica. Raquel — que
según las narraciones bíblicas murió al dar a luz a Benjamín (Gen 35:16-19) —
fue sepultada junto al camino de Bet-El a Efratá. Pero esa “Efratá” no puede
ser Belén, aunque también se llame así, por su ocupación por el clan efratí.
La tumba o la supuesta tumba de la tradición del Génesis de la madre de la
tribu de Benjamín sólo podía encontrarse en el territorio tribal benjaminita;
cualquier otra localización de la misma privaría de sentido al relato de que
fue enterrada en el camino de Bet-El a Efratá. La mención del nombre de
“Belén” en Gen 35:19 es una glosa del tiempo en que ya se veneraba la tumba
de Raquel en la ciudad davídica.
Mucho antes del tiempo de Jesús se
veneraba en el valle cerca de Belén la tumba de Raquel, tal vez ya desde la
época de la división de los reinos (que se inició el 932 a.C.), cuando la tumba
que todos veneraban como de la madre tribal quedó en territorio del Israel
separado o fue destruida. No puede ponerse en duda que en tiempos de Jesús se
veneraba en Belén la verdadera tumba de Raquel, de modo que Mateo pudo citar
espontáneamente el versículo de Jer 31:15 al referirse a la matanza de los
inocentes, aunque allí se hablase de Rama: “Raquel está llorando a sus hijos”
(Mt 2:18).
La actual “tumba de Raquel” es una
pequeña construcción musulmana con cúpula, en que tanto las madres mahometanas
como las judías y las cristianas invocan la ayuda de la “madre Raquel” para
sus necesidades, adornando su cenotafio respetuosamente con paños
multicolores. De ahí que los habitantes del lugar designen también la tumba
como “la casa de las telas abigarradas.”
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De acuerdo con la tradición evangélica,
Betania quedaba al este del monte de los Olivos. En cierto modo cabe localizarla
un poco mejor mediante su asentamiento en el camino de ida de Jerusalén a
Jericó y mediante la “tumba de Lázaro.” Desde aproximadamente el 300 d.C. esa
tumba se señala en el mismo sitio; antes del 380 fue ligada a una iglesia. La
tumba actual muestra una cámara rupestre con tumbas de banco; es decir, el
tipo de sepulcro corriente en tiempo de Jesús. Su autenticidad no puede
afirmarse de modo rotundo, pero la localización descansa seguramente en el
conocimiento de la ubicación de la antigua Betania, que ha de buscarse en las
proximidades de dicha tumba.
La tumba se encuentra en una suave
pendiente del ras Essiyah, un monte que precede al monte de los Olivos.
Probablemente a todo el macizo se le conocía como “monte de los Olivos.” En
cualquier caso, aquí estaba el acceso al monte de los Olivos llegando desde
el semidesierto.
La aldea actual se llama el-Azariye
(Lugar de Lázaro). Pero su posición — en las inmediaciones de la tumba de
Lázaro — difícilmente puede identificarse con la ubicación de la Betania
antigua. Si se toma al pie de la letra el dato de Jn 11:18 (según el cual
Betania estaba a 15 estadios, es decir, unos 3 km, de Jerusalén), el
lugar antiguo habría quedado a un km más al este de la tumba, ya que la tumba
en el-Azariye dista aproximadamente 2 km de Jerusalén. Restos del asentamiento —
entre los que se cuentan algunas cisternas — confirman dicha ubicación. El
uso coetáneo de enterrar a los difuntos fuera de los lugares de vivienda
confirmaría así mismo la distancia entre la tumba y la ubicación del lugar
antiguo.
En esa zona, 1 km al este de la tumba de
Lázaro, habría que ubicar por lo mismo las casas de Marta y María y de Simón
el Leproso (cf. Mt 26:6; Mc 14:3). Los diferentes lugares, antiguos y nuevos,
donde se venera el recuerdo de la “casa de Marta,” de la “casa de María,” de
la “casa de Simón el Leproso,” etc., resultan localizaciones imposibles y
caprichosas, aunque las apoye la mejor tradición con gran abundancia de
testimonios escritos.
El nombre de “Betania” significa “casa (o
lugar) de Ananyá,” en el territorio de la tribu de Benjamín (Neh 11:32), como
ha demostrado W.F. Albright, cuya opinión se ha impuesto. Con ello quedan
eliminadas todas las explicaciones anteriores (”casa de la miseria,” “casa de
Anas,” etc.). Pero sigue sin explicar tanto el motivo como el momento en que
el antiguo topónimo de Ananyá fue ampliado con el prefijo bet (casa).
En cierto modo Betania puede considerarse
como un lugar rico, o al menos como un lugar con habitantes ricos, cuyos
campos se extendían penetrando en el semidesierto.
En el período preisraelita Bet-El fue un
santuario cananeo (bet-‘el = “casa del dios”), que tal vez incluso dio nombre
a la divinidad allí venerada; en este último caso la fórmula “Yo soy el Dios
Bet-El” (Gen 31:13) sería preferible traducirla “Yo soy el Dios de Bet-El.”
El lugar del asentamiento junto al
recinto del santuario se llamaba Luz, sin duda por los almendros (luz), que
ponían su nota característica en la campiña de Bet-El. En la Biblia se
yuxtaponen Luz y Bet-El, como lo demuestra el trazado de la frontera tribal
entre Efraím y Benjamín, que “salía de Betel-Luz” (Jos 16:2). Cierto que a
veces a Luz también se la llama “Bet-El”; pero por lo general ese nombre
indica el lugar de los sacrificios, que quedaba aproximadamente a un km al
este del asentamiento. Sólo desde la supresión del santuario por el rey
Yosías hay que entender por “Bet-El” la ciudad.
La ciudad — y con ella también el
santuario — tuvo un papel importante en el período de los hicsos. En 1957 se
excavaron los restos de una imponente muralla de circunvalación (de 3,38 m de espesor)
perteneciente a los comienzos del período hicso en Canaán, y de finales de
ese período los restos de una fortificación bien amurallada. Cabe suponer que
Bet-El constituyó un importante punto de apoyo de los hicsos en Canaán.
Los israelitas conquistaron y destruyeron
Bel-El al apoderarse del país; pero más tarde se apropiaron de su venerable
santuario transformándolo en lugar de culto a Yahveh; es decir, que el dios
de Bet-El se identificó con Yahveh. Los documentos bíblicos de la apropiación
se remontan narrativamente a la época de los patriarcas, con la construcción
de un altar en Bet-El por par-te de Abraham (Gen 12:8) y la erección de una
piedra por parte de Jacob (Gen 28:17-22). Verosímilmente puede deducirse de
la última narración que el centro del santuario era una massebá de piedra y
que entre las ofrendas habituales del lugar estaba la ofrenda de aceite. En
ese empleo del aceite se recogía la tradición del país.
Probablemente en el período israelita fue
Bet-El el centro de culto de la tribu de Benjamín. Pero en su conjunto debió
de ser bien modesto, a juzgar por el escaso nivel de vida de Israel al tiempo
de la conquista y de los jueces.
Tras la división de los reinos (932 a.C.), el primer rey
del reino del norte, Israel, de nombre Yeroboam, hizo de Bet-El el santuario
nacional erigiendo allí la imagen de un becerro; esta última forma de culto
no enlazaba con una tradición de Bet-El. La medida supuso un vigoroso impulso
para Bet-El (y para Luz), como lo certifican los hallazgos de las
excavaciones.
Como después del 932 a.C. Jerusalén era la
ciudad más septentrional del reino meridional de Judá, los reyes sureños
intentaron ganar algo de la franja de territorio fronterizo con el norte.
Bet-El quedaba a sólo 17 km
de Jerusalén, por lo que entraba en la zona de lucha e incluso bajo el rey
Abiyyá fue judaica por algún tiempo (914 a.C.); pero el rey Basa de Israel (910-897 a.C.) la devolvía a la
soberanía del reino norteño, en el que se mantuvo hasta el 725 a.C.
Los profetas Amos y Oseas, que actuaron
bajo Yeroboam II (782-747 a.C.)
en el reino del norte, alzaron sus voces contra las aberraciones de Bet-El,
cuyo culto al parecer había adoptado unas formas marcadamente cananeas,
además del escándalo que suponía la imagen del becerro.
Tras la destrucción de Bet-El por los
asirios (725 a.C.)
y la dispersión del reino del norte, el santuario quedó abandonado por algún
tiempo; pero pronto el rey asirio envió a un sacerdote yahvista, que había
sido deportado, para que restableciese el culto de Yahveh en Bet-El, que por
entonces formaba parte de la provincia asiría de Samaría; se creía, en
efecto, que las malas cosechas y otras catástrofes eran consecuencia del
abandono del Dios del país. Pero, naturalmente, en Bet-El no se mantuvo en
exclusiva el culto yahvista, sino que como el soberano del país era el gran
rey asirio también las divinidades asirías tuvieron allí acogida y
veneración. Con ello Bet-El se convirtió en una abominación para los profetas
absolutamente fieles a Yahveh.
Un siglo más tarde (621 a.C.) el rey Yosías de
Judá (641-609 a.C.)
incluyó también en su reforma del culto el santuario de Bet-El: ocupó el
recinto sagrado, destruyó el santuario e hizo profanar la región sembrando
huesos, a fin de que el lugar de los sacrificios no volviera a utilizarse.
Desde entonces Bet-El fue una ciudad y no
ya un santuario. Probablemente quedó incorporada a Judá, pues entre los
regresados de Babilonia se contaban también gentes de Bet-El (cf. Esd 2:58),
lo que supone que también de allí había habido deportados.
En el topónimo árabe actual de Betus se
ha conservado, aunque en forma truncada, el nombre de Bet-El.
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Esta importante ciudad en la depresión
del Jordán, al este de la montaña de Gelboé, perteneció durante mucho tiempo
a Egipto. El nombre hebreo de Bet-San es tal vez una contracción de bet-sahan
(casa de la diosa serpiente, de la diosa de la vida; cf. el texto sobre Gen
3:1-6). En los textos egipcios se designa Btsir y en las cartas de Amarna
Bitsani. El territorio excavado de la antigua Bet-San
queda a unos 500 m
al norte de la actual aldea israelita Bet-sáan (árabe: Besán). El recinto del
asentamiento antiguo comprende dos colinas y el valle circundante.
Ya en la época del calcolítico el lugar
estuvo habitado (3500 a.C.).
Hacia el 2500 pertenecía a los enclaves de culturas elevadas. Después del
2500 Egipto se enseñoreó del territorio, que por entonces se denominaba Siria;
en Bet-San puede comprobarse la influencia cultural egipcia. Cuando los
hicsos llegaron a Siria, Bet-San se convirtió en una ciudad Estado; pero en 1480 a.C., Tutmosis III de
Egipto reconquistó también este lugar importante en su lucha contra la federación
de pequeños príncipes sirios (batalla de Meguiddó); lugar importante,
decimos, por-que se encontraba en el camino de Egipto a Damasco, que por allí
cruzaba la falla norte-sur que discurre desde el Hermón hasta el golfo de
Akaba. Y durante trescientos años Bet-San fue una ciudad con guarnición
egipcia. Templos, estelas con inscripciones, estatuas de faraones, imáge-nes
de dioses, instrumentos de culto y ofrendas sagradas, que las excavaciones
han sacado a luz, son otros tantos testimonios de ese período.
Durante esos trescientos años ocurrió
también la conquista de Canaán por parte de los hebreos israelitas. El libro
de Josué asigna la zona de Bet-San a la tribu de Isacar, mientras que la
ciudad de Bet-San en Isacar a la tribu de Manases, cosa que no pasó de ser un
ideal, porque en la realidad esa depresión continuó siendo territorio de las
ciudades Estado cananeas, como lo admi-te Jue 1:27:“Tampoco Manases logró
conquistar Bet-San y sus aldeas...” Cierto que Jue 1:28 continúa diciendo que
Israel hizo tributarias a esas ciudades, “cuando Israel se hizo fuerte”; pero
dada la situación, eso no debió de pasar del pago de un tributo de las
ciudades, que preferían pa-gar algo antes de que los merodeadores israelitas
devastasen sus campos.
Bajo el egipcio Ramsés III tal vez pasó
la ciudad a manos de los invasores filisteos; eso pudo ocurrir hacia el 1180 a.C. Comoquiera que
sea, el relato de la muerte de Saúl indica que hacia el 1012 a.C. Bet-San les
pertenecía, o que al menos era su aliada (véase el texto sobre 1Sam 31:7). Es
probable que Bet-San pasase a ser israelita bajo David; pero no lo fue por
mucho tiempo. Ya al poco de la división de los reinos (932 a.C.) el faraón Sosaq
acometió contra ellos y conquistó Bet-San (927 a.C.), como certifica
la lista de sus victorias. Nada preciso sabemos so-bre la historia de la
ciudad entre el 927 y el 218
a.C.
En la guerra de conquista de Antíoco III
Bet-San cayó en manos de los Seléucidas (218 a.C.). En la guerra
judeo-siria en tiempo de Judas Macabeo la ciudad mantuvo relaciones
amisto-sas con los vecinos judíos. El macabeo Juan Hircano I compró la ciudad
y en el curso de su polí-tica judaizante intentó imponer el judaísmo a los
bet-sanitas en el 107 a.C.
Pero la cultura de Bet-San continuó siendo helenística; tal vez después de la
conquista por Antíoco III se llamó Escitópolis.
Cuando Pompeyo reordenó en Judea la
situación política según los intereses de Roma (después del 63 a.C.), Bet-San entró a
formar parte del territorio de las diez ciudades (Decápolis), siendo la única
ciudad de ese grupo que quedaba al oeste del Jordán.
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El lugar se localiza hoy por casi todos
en la zona de minas y escombros de tell Hum, en que se han excavado los
restos de una sinagoga. A esa región, situada apenas a 5 km al oeste de la
desembocadura del Jordán en el lago de Genesaret, apuntan también los datos
de los Evangelios.
Jesús, “dejando Nazaret, se fue a vivir a
Cafarnaúm, la ciudad marítima, en los confines de Zabulón y Neftalí” (Mt 4:13);
el territorio de la tribu de Zabulón estaba en la ribera occidental del lago
de Galilea. Como Jesús puso allí su residencia, Cafarnaúm es “su ciudad” (Mt
9:1), con una expresión que no ha de interpretarse en un sentido afectivo
sino meramente administrativo.
También la orilla noroccidental del lago
era territorio de Cafarnaúm, si se trataba de tell Hum. Hacia esa orilla
noroccidental apunta la vocación del publicano Leví/Mateo (Mt 9:9), porque el
río Jordán, que allí desemboca en el lago, formaba la frontera entre el
territorio de Herodes Antipas y el de Filipo. También la presencia de una
pequeña guarnición, a la que alude el “centurión de Cafarnaúm” (Mt 8:15),
pone de relieve el carácter de región fronteriza.
Este centurión, tal vez un griego al servicio
de Herodes Antipas, había construido una sinagoga a los judíos de Cafarnaúm
(Lc 7:5). Los restos ahora visibles de la sinagoga proceden sin duda de una
construcción de hacia el año 200 d.C.; pero algunos arqueólogos israelíes
piensan que los fundamentos serían de la sinagoga mencionada en Lc 7:5;
serían los cimientos de la sinagoga en que Jesús enseñó con frecuencia.
Cafarnaúm fue el lugar de residencia de
Simón Pedro y de su hermano Andrés, oriundos ambos de Betsaida.
Aunque Cafarnaúm fue la ciudad residencial
de Jesús y el centro geográfico de una buena parte de su ministerio, lo
cierto es que en la ciudad hizo pocos seguidores (Mt 11:23). El lugar debió
de ser por entonces muy pequeño, y quizá tuviera de mil a dos mil habitantes.
Pero en tiempos posteriores (hacia el 200 d.C.) debió de crecer. Difícil
resulta decir si su población participó o no en las dos guerras judías contra
Roma (el 66-73 y el 135 d.C.); su asentamiento hacia el 200, que comportaba
una sinagoga costosa para aquel tiempo, hace suponer que no empuñaron las
armas. Y es posible que allí, en un lugar fronterizo orientado a las
ganancias económicas, tanto en tiempo de Jesús como en la época de las
guerras judías contra Roma fuera el mismo motivo el que mantuvo alejados a
los pobladores de las proclamas mesiánicas de Jesús, por una parte, como de
las guerras nacionales, por la otra. Así que el edicto de expulsión del 135
d.C. no habría afectado a los habitantes de Cafarnaúm y habría hecho de la
ciudad un enclave marginal del judaísmo palestino, que — a cuanto sabemos —
se forjó algunos de ese estilo sobre todo en Galilea.
Cafarnaúm quedaba en el borde
septentrional de la llanura de Genesaret. No se la menciona en el AT. Su
nombre significa: “aldea de Nahúm,” sin que el tal Nahúm nos sea conocido.
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Hubo también una aldea llamada Caná en la
tribu de Aser, algunos kilómetros al sur de Tiro. Diferenciándola de la misma
menciona Jn 2:1 y 4:46 a la Caná del primer signo mesiánico de Jesús: Caná de
Galilea, donde Jesús convirtió el agua en vino (Jn 2:1-11) y donde dio
seguridades a un funcionario real de Cafarnaúm de que su hijo enfermo vivía
(Jn 4:46-53).
Una pequeña aldea en la carretera de
Nazaret a Tiberíades pretende ser aquella Cana. En ella hay también dos
iglesias — una ortodoxa y otra católica — levantadas para honrar esa
manifestación de la gloria de Jesús. La aldea se llama kafr Kenna; ese Kenna,
pronunciado como dshenna, frecuentemente ha hecho nacer la duda en los
investigadores al intentar justificar la autenticidad de Caná.
Con mayores probabilidades de ser la Caná
de Jesús cuenta el montón de ruinas conocido como hirbet Kana. Está a 13 km al norte de Nazaret
(kafr Kenna, a 6 km
al nordeste de Nazaret), y parece que en tiempos de Jesús fue un lugar mayor,
hasta el punto de que Natanael, que era de Caná, pudo preguntar con el
orgullo del ciudadano consciente de su categoría: “¿Es que de Nazaret puede
salir algo bueno?” (Jn 1:46). Por lo demás, hasta el siglo XVI los peregrinos
visitaban esa Caná como la ciudad de Jesús y de Natanael; pero después, y sin
que hoy nos expliquemos muy bien los motivos, kafr Kenna relevó a hirbet
Kana; quizá porque su emplazamiento era de más fácil acceso.
La cordillera del Carmelo, no muy alta
ciertamente (la cima más elevada es de 552 m) pero que destaca por su posición entre
el mar Mediterráneo y la llanura de Yizreel (con una longitud aproximada de 20 km), es un lugar
antiquísimo de asentamiento y culto. Ya en la edad de la piedra (antes del 4500 a.C.) estaban
habitados los valles de la cordillera.
En los anales de piedra del faraón
egipcio Tutmosis III se designa al Carmelo (es decir, “el vergel”) como “el
cabo sagrado.” Eso quiere decir que ya hacia el 1450 a.C. se consideraba
la montaña como un lugar de culto, aspecto que probablemente se remonta a la
edad de la piedra. Los
pobladores cananeos o los señores fenicios del Carmelo veneraron allí a un
Baal, cuyo centro de culto fue recuperado para Yahveh por el profeta Elías
durante el reinado de Ajab, soberano del reino del norte (875-854 a.C.). Véase 1Re 18.
También los gobernantes posteriores mantuvieron allí el centro de culto: en
el período helenístico (desde el siglo IV a.C.) se veneró en el lugar al Zeus
griego.
La fertilidad del Carmelo en vino y
aceite fue proverbial en el período bíblico. Las lluvias frecuentes, la
abundancia de rocío y grandes cisternas compensaban la escasez de fuentes.
El Carmelo como “montaña del señor Elías”
(árabe dyebel mar Elyás) se remonta al relato del juicio de Dios, que exalta
al profeta Elías en su lucha contra los profetas baálicos. Es posible, sin
embargo, que Elías hubiese vivido en el Carmelo aun fuera de aquella ocasión;
al menos así se cuenta de su discípulo Eliseo (2Re 4:25).
El altar baálico en el que se celebró el
juicio de Dios (1Re 18) se alzaba tal vez en la región de el-Muhragá (“lugar
de la cremación”). La posición en el extremo sudeste de la cima (514 m) brinda todo lo que
el proceso requería: un altar destacado, espacio para los peregrinos, una
fuente, la proximidad del torrente Quisón, donde Elías mandó degollar a los
profetas de Baal, y una distancia no muy grande de Yizreel, adonde Elías se
adelantó al carro de Ajab (unos 20
km).
CESAREA.
          Como
puerto — del todo necesario — y como homenaje a su protector imperial
Augusto, en sólo doce años convirtió Herodes el Grande una aldea de
pescadores en una ciudad portuaria moderna: la de Kaisaria
(griego), es decir, la
“Imperial,” que para diferenciarla de la ciudad del mismo
nombre en el que luego sería territorio del tetrarca Filipo se llamó Caesarea
Maritima (Cesarea Marítima) y también con el nombre completo de Caesarea
Palestinae (Cesarea de Palestina), por encontrarse en el territorio filisteo.
          Herodes
el Grande (hasta el año 4 a.C.)
y su hijo Arquelao (hasta el 6 d.C.) la utilizaron como residencia estival, a
la vez que como especial residencia de representación; lo mismo hizo más
tarde Agripa I. Los procuradores romanos de Judea y Samaría tuvieron allí su
sede oficial, concretamente en el antiguo palacio real. Sólo con motivo de
las fiestas y en algunas ocasiones especiales residieron provisionalmente en
Jerusalén.
La ciudad ha sido excavada en parte; las
ruinas que han salido a luz (hipódromo, teatro, una parte del foro con
grandes estatuas, donde sin duda se alzaba el palacio real) certifican las
grandiosas dimensiones de la ciudad herodiana, aunque la imagen antigua de la
ciudad experimentó fuertes cambios con las posteriores construcciones de los
bizantinos y de los cruzados medievales.
Los pobladores de la Cesarea herodiana y
procuratorial fueron sirios helenistas y griegos, entre los cuales abundaron
los soldados. Pero hubo también una gran colonia judía. El libro de los
Hechos de los apóstoles, que documenta la expansión del cristianismo entre
los gentiles, conduce una y otra vez al lector hasta Cesarea, en la que
encuentra al oficial Cornelio (Act 10:1-2), a los procuradores ante los que
habló Pablo, al rey Agripa I, que se hizo glorificar como un dios en el
teatro, cuyos bastidores azules eran el mismo mar. En una ciudad de esa
índole también los misioneros cristianos adoptaron un lenguaje nuevo; y allí
estuvo uno de los campos de acción del diácono Felipe (cf. el texto sobre Act
8:5-8).
La ciudad debe su existencia a las
abundantes aguas del Baradá. Realmente no es más que un oasis grande en la
llanura, y eso es probablemente lo que significa su nombre, un oasis, un
“lugar abundantemente regado.” Divididas en siete brazos, las aguas del
Baradá extienden su murmullo por las calles y casas de la ciudad. Eso ocurre
hoy y algo parecido debió de ocurrir también en tiempos antiguos.
Gustosos califican los damascenos su
ciudad como la más antigua del mundo. Seguramente que se trata de una exageración;
pero que Damasco es una ciudad antiquísima lo demuestra su nombre que es
anterior al período semítico. Hacia el 2500 a.C. ya era una ciudad de los amorreos
semitas; pero Damasco es más antigua. En hebreo se llama Dammesek.
El agua hizo fértil a la ciudad y creó la
posibilidad de que Damasco creciese. Pero el que lo hiciese justamente en
aquel lugar se debió a su emplazamiento en las rutas comerciales que desde
Babilonia y el norte pasaban por Damasco, dividiéndose en tres ramales
importantes que conducían al sur y al suroeste. Ello condicionó de antemano
la importancia estratégica y comercial de la ciudad.
Durante la monarquía israelita (desde
aproximadamente el año 1000
a.C.) Damasco fue la ciudad Estado de
los arameos. David pudo someterla a tributo por algún tiempo (2Sam 8:5); pero
ya en tiempos de Salomón empezaron los preludios de las guerras de liberación
de los Estados arameos bajo la capitanía de Damasco, que desembocaron en
continuas luchas contra el reino israelita septentrional. En los períodos de
paz Damasco fue como vecino el interlocutor comercial nato del reino de
Israel.
Los asirios acabaron con la independencia
de Damasco. Después de imponerse a Babilonia, los asirios sometieron a
Damasco luego que la
ciudad Estado hubiera intentado inútilmente, y en alianza
con Israel, forzar al reino de Judá a luchar contra los asirios; el 734 a.C. Damasco era
conquistada por Asiría. Pero la fuerza cultural del Estado arameo era tan
grande que no fue el asirio, sino el arameo, el idioma que se convirtió en la
lengua comercial y diplomática del imperio de Asiría. Desde entonces Damasco
formó parte de la historia de Babilonia. Entre el 87 y el 62 a.C. Aretas II, rey de
los nabateos, conquistó Damasco; pero después del 64 a.C. los romanos
incorporaron la ciudad a la Decápolis, aunque sin que desapareciera con ello
el dominio de los nabateos. También en el período apostólico seguía
perteneciendo Damasco al territorio soberano del rey árabe Aretas IV.
Destruido el reino israelita del norte
por los asirios y deportada su población (722 a.C.), es probable que
muchos israelitas escapasen a la ciudad de Damasco, que desde hacía doce años
formaba parte del imperio asirio, y ello debido entre otras cosas a la
presencia allí de una colonia israelita nacida de las relaciones comerciales
entre Israel y Damasco. También tras la desaparición del reino de Judá y la
dispersión de gran parte de sus habitantes (años 605, 597 y 586 a.C.) fueron muchos los
judíos que llegaron a Damasco, y, naturalmente, no todos regresaron a Judá
cuando lo permitieron los persas, que entre tanto se habían adueñado de
Babilonia. Bajo el dominio persa Damasco vivió incluso un período de
esplendor. Nada tiene, pues, de sorprendente que en tiempo del apóstol Pablo
hubiera en Damasco una gran colonia judía que poseía varias sinagogas. Y como
la judería de la ciudad estaba evidentemente sujeta al gran consejo de
Jerusalén, Saulo llegó a Damasco persiguiendo a los seguidores de Jesús entre
las comunidades judías. Sólo que ante la puerta oriental de la ciudad le
llegó a él su “hora de Damasco.”
Pablo entró en la ciudad por la puerta
oriental de los romanos. La experiencia religiosa había dejado ciegos sus
ojos. En aquella suntuosa puerta de tres arcos, de la que hasta hace poco
sólo se conocía un arco secundario, empezaba la espléndida avenida de 30 m de ancha por 1500 m de larga que
atravesaba la ciudad.
Era la llamada calle Recta, que, según el estilo
helenístico, estaba flanqueada por pórticos de columnas. La actual calle
Recta (suk et-Tawil) ya no da la imagen de aquel esplendor; las columnatas
romanas sacadas a luz sólo pueden verse de cuando en cuando, entre casas y
espacios sin construir.
Pablo se dirigió a una posada judía de la
citada calle; pertenecía a un tal Judas (Act 9:11); hoy se levanta allí una
mezquita. Y una casa bajo el nivel del suelo, en un callejón secundario, se
señala como la casa de Ananías, que bautizó a Pablo en algún ramal del
Baradá. Digamos más bien que en la capilla de esa casa se venera la
conversión del perseguidor Pablo a discípulo de Cristo, aunque la casa, que
queda varios metros bajo el nivel de la calle actual, habla en favor de la
autenticidad de dicha tradición, ya que el nivel normal de las calles se ha
elevado unos metros con los derribos y sedimentos de siglos (incendios,
destrucciones bélicas).
En su segunda visita a Damasco Pablo tuvo
que salir huyendo (Act 9:25; 2Cor 11:32). Al suroeste de la ciudad se señala
la puerta que ocuparía el lugar por el que Pablo fue descolgado por una
ventana camuflado en una cesta.
DAN.
La tribu de Dan conquistó la ciudad
sidonia de Laís sobre la fuente central del Jordán. En su correría de
conquista contra Laís los danitas robaron una estatua divina de Miká, que era
un hombre de la montaña de Efraím, pegaron fuego a la ciudad, la
reconstruyeron después y la lla-maron “Dan,” erigiendo en la nueva ciudad la
estatua divina de Miká (Jue 17 y 18). El recinto sagrado de Dan fue el
santuario del norte: un santuario con estatuas, del que sólo con muchas
reservas cabría afirmar que era un santuario de Yahveh.
Cuando Yeroboam I forjó los becerros de
oro, eligió para su emplazamiento a Bet-El en el sur y a Dan en el norte; tal
elección certifica bien a las claras la popularidad del santuario de Dan. “De
Beer-Seba a Dan,” o “De Dan a Beer-Seba,” era un dicho popular que
significaba “de frontera a frontera.” Dan era la ciudad fronteriza del norte.
El territorio de las diez ciudades, la
“decápolis” (del griego deka — diez, y polis = ciudad), se remonta a Pompeyo
como una federación de ciudades. Las primitivas fundaciones helenísticas o
antiguas ciudades helenizadas (por ejemplo, Bet-San) fueron ocupadas en su
mayoría bajo el rey Hasmoneo Alejandro Yanneo, que además intentó
judaizarías. Cuando Pompeyo sometió Palestina y Transjordania (el año 63 a.C.), asoció aquellas
ciudades helenísticas para que fuesen un fermento de la política romana en
Siria-Palestina. Más tarde Herodes el Grande consiguió incorporar a su reino
algunas de aquellas ciudades. Pero en tiempo de Jesús el territorio de la
decápolis volvió a formar una gran unidad.
Las ciudades miembros de aquella
federación fueron cambiando, y en ocasiones fueron más de diez. Bet-San
(Escitópolis) fue siempre la única ciudad de la federación que quedaba al
oeste del Jordán.
En todas las ciudades de la decápolis la
población era predominantemente helenista, aunque en casi todas hubo una
minoría judía, que por lo general pertenecía a la clase inferior. Cuando la
fama de Jesús se extendió también por la decápolis (Mt 4:25), debió de ser
precisamente ese estrato judío inferior de la población urbana el que se
interesó por él.
La ciudad tuvo un gran papel en la acción
misionera del apóstol Pablo. Con su viaje a Éfeso, el Apóstol conectaba con una
ciudad de la mayor tradición cultural. Aquella ciudad jónica del Asia Menor
era la ciudad de Hornero, de Heraclito y de Pitágoras, la ciudad de Heródoto
y de Tales de Mileto. También en tiempos de Pablo era Éfeso una avanzadilla
de la filosofía, el arte y el comercio, además de centro de los cultos
paganos. Casi frente al puerto se alzaban los edificios del ágora (el
mercado), las termas, el gimnasio (o sala de deportes) y el teatro (con 24
000 asientos). Las laderas de los montes que se alzan detrás estaban
salpicadas de las villas de los ricos.
Es seguro que, desde su primera época
romana (133 a.C.)
Éfeso albergó una fuerte colonia judía con muchos privilegios
(autoadministración, libertad religiosa garantizada); pero entre la población
griega ese alto porcentaje de población judía fue causa de animosidad contra
los judíos, en la que ocasionalmente participó también el procónsul romano,
porque contaba con el apoyo de la población griega.
La ciudad de Éfeso del tiempo de Pablo se
debía en parte al rey Lisímaco (s. IV a.C.), el sucesor de Alejandro Magno en
el Asia Menor, que la edificó como una ciudad internacional a la que afluían
las riquezas de todo el mundo (cf. Ap 18).
Otro dato importante es que Éfeso
constituía un centro de peregrinación, como lugar de culto a Artemisa. El
templo de la diosa, el Artemisium, era un lugar de culto a una diosa de la
fecundidad, al igual que en Canaán se la veneraba como Astarté; el nombre de
Artemisa (los romanos la
llamaban Diana) no era sino la designación griega de la
diosa naturista de la fertilidad y la vegetación, cuya esencia se reflejaba
en sus innumerables pechos. El templo de la diosa, cuya imagen negra de ébano
estaba cubierta de exvotos, tenía unas dimensiones extraordinarias para su
tiempo, cubriendo más de 5000
m2. Por su templo de Artemisa, Éfeso era conocida con
el nombre glorioso de neokoros o guardiana del templo (Act 19:35), y
demuestra que en la ciudad las representaciones sagradas se habían trocado en
homenajes al emperador.
En el período paulino la comunidad
cristiana de aquella metrópoli estuvo dirigida por Timoteo (2Tim 1:18). Según
tradiciones posteriores, desde aproximadamente el 60 d.C. fue también la sede
del apóstol Juan. En esa época, junto al culto de Artemisa, se fue
intensificando el culto del emperador. En el Apocalipsis las representaciones
efesinas en honor del emperador de Roma constituyen el modelo del teatro del
anuncio apocalíptico.
EMMAÚS.
La ubicación de la aldea de Emmaús, a la que
— según refiere Lucas — se dirigieron dos discípulos de Jesús el día de su
resurrección, resulta problemática por el dato de que estaba “a 60 estadios
de Jerusalén” (Lc 24:13). En un círculo de 60 estadios (unos 11 km) alrededor de
Jerusalén no existe lugar alguno que se llame o haya llamado Emmaús. La
palabra (jammah) indica unas fuentes termales (jamam: ser caliente); así
pues, en el lugar que se pretenda considerar como la Emmaús bíblica deberían
de encontrarse restos o indicios de tales fuentes termales.
El lugar de ese nombre (árabe Amwas)
queda, por el contrario, a una distancia de 160 estadios de Jerusalén; o sea,
a casi 30 km.
A ese lugar, no obstante la diferencia en la distancia, se vinculó, a más
tardar en tiempos del escritor eclesiástico Eusebio (265-340), la tradición
de que se trataba de la Emmaús del relato lucano. Las excavaciones en el
lugar han revelado la presencia de dos fuentes de agua tibia (Dalman 1914);
M.J. Schiffers contó en 1890-1894 hasta cinco de tales fuentes: “Tres en el lugar
y otras dos en las proximidades, cuya agua se conducía a través de canales”
(Cl. Kopp, Die heiligen Státten des Evangeliums, 1959, p. 445, nota 116).
Esas fuentes o pozos confirman el dato de la tradición.
Cómo sucedió para que esa Emmaús,
distante 160 estadios de Jerusalén, apareciese como un lugar a sólo 60
estadios de distancia de la capital, es algo que se presta a hipótesis (por
lo demás, algunos manuscritos, aunque no sean los más fiables, hablan
efectivamente de 160 estadios). El error pudo estar ya en la indicación del
evangelista que desconocía el lugar; ese dato lo corrigieren más tarde
algunos copistas que conocían la tradición, convirtiéndolo en 160 estadios. O
bien: que en el texto original figuraba “160 estadios” y por error de los
copistas se convirtieron en “60 estadios,” aunque no deja de ser sorprendente
que falten precisamente 100 estadios. Y otra hipótesis: un copista consideró
que dos veces 160 estadios (casi 60 km) eran prácticamente imposibles para un
día de marcha, y por tal motivo “corrigió” los 160 estadios en sólo 60; con
ello sin embargo habría excluido la posibilidad de que los discípulos tomasen
a la vuelta una caballería; de hecho, todavía hoy los árabes realizan marchas
de casi 60 km
al día.
El lugar de Emmaús, del que aquí se
habla, era la ciudad en la que Judas Macabeo derrotó a los sirios el año 161 a.C. (1Mac 3:40;
3:57ss). Pero, después de que Báquides venciese al propio Judas y más tarde a
su hermano Yonatán, fortificó una serie de ciudades en el país, entre las que
figura también la
de Emmaús (cf. 1Mac 9:50).
Cuando Varo era procurador de Siria había
en Emmaús una cohorte romana, que fue atacada por bandas de combatientes
nacionalistas judíos. La ciudad, que ocupaba el centro de los
enfrentamientos, fue abandonada por sus habitantes. Después de lo cual Varo
la redujo a cenizas.
El campo de ruinas de la ciudad anterior
seguramente que volvió a ser habitado poco a poco, por lo que con todo
derecho habla Lucas de una “aldea” al tiempo de la muerte de Jesús.
En aquella aldea vivía Cleofás, que era
uno de los peregrinos. En Emmaús se da el extraño caso de que no se afirma
con seguridad: “Aquí estuvo la casa de Cleofás.” Existe sí, desde
aproximadamente el siglo VI, una iglesia en memoria del suceso referido en el
Evangelio.
Desde el año 221 d.C. la Emmaús romana se
llamó Nicópolis.
Y desde el 1280 aparece de repente en los
escritos de los peregrinos la afirmación de que el lugar árabe el-Kubeibe, a
unos 13 km
de Jerusalén, era la Emmaús lucana. Ignoramos el nombre antiguo del lugar; la
distancia funciona en cierto modo; pero el lugar no se caracteriza ni por las
fuentes termales ni por una larga tradición. Los franciscanos, que son los
custodios de los santos lugares de Palestina, veneran aquí a pesar de todo el
suceso evangélico de Emmaús.
ENGUEDI.
El territorio y el lugar reciben su
nombre de la caudalosa “fuente del cabrito” (en-gedi), que a su vez puede
haber recibido el nombre por las cabras montesas del Sinaí, que allí vivían
en medio del desierto. Hoy en los territorios al sur de Enguedi existen
rebaños de gacelas. La fuente brota a unos 200 m por encima de la
ribera occidental del mar Muerto, se precipita en pequeñas cascadas hasta la
hondonada y se convierte así en la madre de un paisaje oásico del que eran
pro-verbiales las generosas palmas datileras y las viñas abundantes (Cant
1:14). El valle del oasis penetra en forma de embudo en la montaña para
descender después hacia el mar Muerto en amplios escalones. El emplazamiento actual
de Enguedi (Israel) está en camino de convertirse en un magnífico sanatorio
para enfermos con dificultades respiratorias. A menos de 5 km al norte pasaba (hasta
1967) la frontera jordana. En este paisaje se ocultó David en una cueva
huyendo de la persecución de Saúl (1Sam 24:1ss), y es que el bastión de la
montaña de Judá presenta profundas hendiduras. Es el mismo murallón montañoso
que se prolonga por Sodoma sobre la orilla occidental del mar de la Sal.
El año 1957 un grupo de investigadores de
la Universidad
Hebrea de Jerusalén descubrió en la región de Enguedi una
cueva fortificada. La cueva queda en una cima al norte del oasis. Su entrada
natural parece haber sido estrechada por la mano del hombre para sí ocultar
mejor a los prófugos. A la entrada de la cueva se han encontrado restos de un
depósito de agua. Los hallazgos de cerámica confirman la utilización de la
cueva desde aproximadamente el 1200
a.C. hasta el período romano, hacia el 130 d.C.,
cuando allí se organizó la resistencia de Bar-Kochba.
Enguedi perteneció más tarde a la región
en que se asentaron los esenios. Probablemente el oasis fue el centro
agrícola del grupo de monjes esenios, mientras que en Qumrán, 25 km más al norte, estuvo
su centro espiritual. Las construcciones de terrazas en los oasis entre la
montaña y el mar de la Sal se deben sin duda al trabajo de cultivo de los
esenios.
El lugar queda en la punta nordeste del
mar de los Juncos, en el golfo de Akaba. En tiem-pos bíblicos perteneció al
país de los edomitas y se menciona en las narraciones del desierto como una
estación de Israel (Núm 33:35). Después de que David sometiera a los
edomitas, el rey Salomón hizo construir en Esyón-Guéber (Vulgata:
Asion-Gaber) el puerto para su flota mercan-te (1Re 9:26). Es posible que el
deseo de tener un acceso al mar fuese el motivo principal de la lucha de
David contra las gentes de Edom. Después de que se hubieran independizado a
la muerte del rey Salomón (932
a.C.), el rey Azarías de Judá, doscientos años más
tarde, volvió a adue-ñarse una vez más de Esyón-Guéber. Y en la época de los
Macabeos pasó de nuevo a manos israelitas por obra de Juan Hircano, que
sometió a los idumeos (122 a.C.).
Algo más de 3 km al norte del puerto
excavó Nelson Glück varios estratos de escombros de una gran instalación
industrial que perteneció a Esyón-Guéber. Se trata de instalaciones para la
extracción del cobre, que se remonta al siglo XI a.C. y que fueron montadas
por Salomón. Posiblemente las funderías del cobre estaban inmediatas al mar,
ya que entre la zona excavada y la playa actual pueden comprobarse indicios
de enarenamiento. En tal caso los restos del tell excavado no se
identificarían con Esyón-Guéber.
No nos consta con claridad si la
designación de Elat se refiere a Esyón-Guéber, si esta ciudad se llamó así
durante algún tiempo o si Elat fue un lugar distinto. Muchos suponen que
Es-yón-Guéber fue el centro industrial y Elat el puerto. En el Israel actual
se denomina Eilat al lugar inmediato.
ÉUFRATES.
Es el mayor río del Asia anterior
(hebreo: Perat; árabe: furat), con 2300 km de largo desde su nacimiento (con dos
fuentes: Éufrates occidental y Éufrates oriental) en las tierras altas de
Armenia hasta su desembocadura en el golfo Pérsico. La dirección general de
la corriente es el sudeste. Hoy se junta con el Tigris unos 100 km antes de su
desembocadura. En el período bíblico los dos ríos desembocaban por separado
en el mar. El cambio de la corriente repercutió en muchas ciudades, que antes
florecían junto a sus aguas y hoy se marchitan en medio del desierto.
Como río de caudal permanente, el
Éufrates fue para Mesopotamia una corriente que decidió su vida y su destino;
de ahí que en la Biblia, siguiendo el modelo mesopotámico, a menudo se le
llame la “corriente” sin más (Gen 31:21) o “el gran río” (Gen 15:18). Los
pueblos de Mesopotamia desviaban el agua del Éufrates para el riego de sus
campos.
Las inundaciones del Éufrates fueron
probablemente el elemento histórico que sirvió de base a las narraciones
sobre el diluvio.
“Del Nilo al Éufrates” fue en los tiempos
bíblicos una fórmula que designaba la unidad política o, mejor, el territorio
políticamente relacionado del Próximo Oriente (Gen 15:18). En el lenguaje
eufemista de la política expansionista de Israel se alude a veces al Éufrates
como la frontera ideal de Israel por el nordeste (cf., por ejemplo, Dt 1:7;
Jos 1:4).
El territorio de Galaad (que es la
designación de la Vulgata) o Gilead (hebreo), al este del Jordán, y cuyos
límites no se pueden señalar con exactitud, se toma a veces como una
designación general de todo el territorio al este del Jordán.
Originariamente Galaad fue el país al sur
del Yabboq; pero después que en la época de los jueces la tribu de Manases
conquistó las tierras al norte de dicho río, la designación se extendió a
todo el territorio de las dos orillas del Yabboq.
Los terrenos boscosos de Galaad dieron
pie con sus numerosas plantas a una especie de industria médica. El país
abundaba también en pastos.
Al norte de Galaad, en Yabes, salvó Saúl
a los habitantes de los actos vandálicos de los ammonitas, que querían sacar
un ojo a cada uno de los pobladores de Yabes. Los hombres, en agradecimiento,
recogieron el cadáver de Saúl después de su derrota en la montaña de Gelboé,
se lo llevaron a Yabes y allí lo enterraron honrosamente. Al norte de Galaad,
en el bosque de Efra-ím, fue vencido Absalón por las tropas de David. Y del
norte de Galaad, de Tisbé, era oriundo el profeta Elías.
El territorio entre el Jordán y el lago
de Genesaret en el este, la llanura de Yizreel por el sur, y la frontera
fenicia por el oeste, fue el país de “Galilea.” Por el norte es difícil
trazar la frontera, si al nombre se le da un sentido político. “Galilea”
(Galil) fue originariamente una designación geográfica, sin que sepamos en
qué se apoya. En Isaías aparece una vez la designación de haggalil haggoyim
(Is 8:23), es decir, círculo o territorio de los pueblos (gentiles); pero
ello podría ser ya una explicación (Mt 4:15). Desde la época de los Macabeos,
“Galilea” equivalía a la provincia septentrional del reino de Judá. Tras la
división del reino a la muerte de Herodes correspondió a la tetrarquía de
Herodes Antipas.
Galilea es un territorio fértil, con agua
abundante, sobre todo en el norte, en la Galilea superior; su clima es
favorable a los árboles y campos en la llanura de Genesaret, de una belleza
esplendorosa; “a lo largo de diez meses se pueden obtener cosechas” y cada
palmo de tierra se puede cultivar, según un viejo proverbio rabínico. De ahí
que estuviera muy poblada, contando con grandes aldeas y ciudades:
Tiberíades, Cana, Cafarnaúm, y muchos varones, como destaca expresamente
Flavio Josefo.
Galilea estuvo ocupada por las tribus de
Isacar, Neftalí, Zabulón y Aser; pero el territorio nunca fue sede de un
asentamiento puramente israelita, ni siquiera antes de la destrucción del
reino del norte. Incluso en tiempos de David y Salomón estuvo habitado por
cananeos. Tras la reducción de la población israelita por la deportación en
los años 725/722 a.C., el cambio demo-gráfico fue aún mayor con los llegados
de Mesopotamia y después que el territorio entró en la historia como
provincia asiría, neobabilónica y persa, y como parte del imperio de
Alejandro Magno y del reino de los Seléucidas. Con los inmigrados, la
población llegó a formar un extraño conglomerado de israelitas, medos,
arameos, árabes, fenicios y griegos, que en la marmita del helenismo
constituyeron un pueblo mestizo de cultura griega. Cuando estalló la rebelión
maca-bea, había en Galilea tan pocos israelitas puros que Simón Macabeo
consideró conveniente desde un punto de vista político y religioso trasladar
el resto a Judea (1Mac 5:23), al no poder arrancar el país del reino de los
Seléucidas. De todos modos, Aristóbulo I conquistó más tarde aquella franja
de terreno (104 a.C.)
e impuso por la fuerza una judaización (la circuncisión y el cumplimiento de
las leyes del culto). Y aunque con el tiempo aquel judaísmo galilaico acabó
convirtiéndose en un judaísmo genuino, por lo que respecta a la
escrupulosidad cultual no dejó de ser el ala liberal. Por ello hubo pocos
fariseos en Galilea y pocos maestros de la Ley. La población en su mayor parte no tenía
vinculación alguna con las tribus antiguas, como lo refleja entre otras cosas
el hecho de que de ninguno de los discípulos de Jesús, que con la excepción
de Judas Iscariote eran todos galileos se trace la ascendencia tribal.
En líneas generales el carácter del
pueblo era bronco, combativo y revolucionario. Cuan-do se iniciaron los movimientos
mesianistas del período romano, los más exaltados y radicales fueron aquellos
galileos de judaísmo reciente. Lo que tampoco deja de tener importancia para
enjuiciar a los discípulos de Jesús, que vivió y actuó en Galilea. Hasta las
mujeres de la región parecen haber estado animadas de un sentimiento y celo
nacionalistas. En la guerra romano-judía los señores del mundo tuvieron en
cuenta el carácter de aquella gente y, antes de marchar contra Jerusalén,
empezaron aplastando la resistencia en Galilea.
En tiempo de Jesús los galileos estaban
culturalmente más cerca del helenismo que del judaísmo puro de Judea. Y como
la ocupación del país desde los comienzos del período romano en Palestina (63 a.C.) volvió a hacerse
con inmigrantes griegos o que hablaban griego, los “judíos” galilaicos del
tiempo de Jesús volvieron a vivir en medio de gentes griegas. Por ello es
probable que la mayor parte de los galileos, además del arameo, hablasen
también griego. En cierto modo ocupaban la posición media entre los “hebreos”
y los “helenistas” del judaísmo. Esa posición media pudo precisamente
capacitar para el cometido misionero a los apóstoles, que fuera de Judas
Iscariote eran todos galileos.
GARIZIM.
Este monte, en la región montañosa de
Efraím, de 868 m
sobre el nivel del mar, se convirtió en el monte del santuario sólo a causa
de la historia política de Samaría.
En el libro de Josué (8:30) y en el
Deuteronomio (27:4) se habla del compromiso de guardar la Ley que contrajeron
las tribus que inmigraron a las órdenes de Josué, a fin de que el compromiso
siguiese siendo también válido en el nuevo país. Ese compromiso se proclamó
en el valle entre los montes de Garizim y Ebal (938 m); las tribus estaban
acampadas en las laderas, seis sobre el Garizim y seis sobre el Ebal, pero el
altar estaba en una prominencia (?) del Ebal.
Aquel altar, por extraño que resulte, no
dio origen a ningún santuario específicamente israelita. ¿Tal vez por la
proximidad de Sikem, que queda al norte del Garizim? Pero quizá también
porque el santuario de Bet-El y más tarde el santuario real del reino del
norte en Samaría no permitió que el sitio del altar, a los pies del Ebal y
frente al Garizim, alcanzase la categoría de un santuario.
Desde la destrucción del reino del norte
(722 a.C.)
se formó en torno a Samaría el pueblo de los samaritanos, que adoraba a
Yahveh y consideraba también como suyas las tradiciones de Israel y del
Pentateuco. Es probable que ya entonces alcanzase esa ubicación del altar su
acentuada importancia, dado que los samaritanos lo relacionaron ya con la
tradición de la entrada en la tierra prometida. Lo único extraño es que no
llamasen monte del altar al Ebal sino al Garizim y que así lo designen hasta
hoy en el Deuteronomio (27:4). Muchos biblistas opinan que la tradi-ción
samaritana sólo pudo formarse sobre la genuina tradición histórica, mientras
que suponen que los judíos habrían cambiado más tarde el sitio del altar del
Garizim al Ebal para romper así cualquier lazo común con los samaritanos,
todo los cuales “tienen un espíritu malo.”
Como, tras el regreso de los judíos de
Babilonia, los persas sometieron en principio Judá y Jerusalén a Samaría, los
samaritanos se dirigieron espontáneamente al nuevo santuario en Jerusalén.
Más tarde, y ya bajo Nehemías, Jerusalén y su entorno se convirtió en una
provincia persa autónoma; a partir de entonces al gobierno persa le pareció
mejor promover en Samaría un santuario propio, y surgió espontáneamente el
Garizim (hacia el 350 a.C.).
Pero el impulso de los samaritanos hacia el templo de Jerusalén sólo se frenó
cuando, en el 198 a.C.,
se alzó un templo en toda regla sobre el Garizim. t Juan Hircano destruyó el
año 128 a.C.,
junto con Sikem, también el templo del Garizim. Así pues, al tiempo del
ministerio público de Jesús hacía ya casi ciento sesenta años que estaba en
ruinas; pero a pesar de ello continuaba siendo el monte de oración y
sacrificios de los samaritanos (Jn 4:20). Los árabes designan al Garizim
dyebel et-Tor.
El lago de Genesaret lleva en la Biblia
distintos nombres. En el AT se le llama varias veces mar de Kinneret, nombre
del que evidentemente se formó el griego de Genesaret; el puente lo formó la
designación tardojudía de “aguas de Gennesar” (1Mac 11:67) y la denominación
“lago de Gennesar,” corriente en tiempos de Jesús. En el NT se le llama
simplemente “mar de Galilea” y también “mar (el lago) de Tiberíades” (Jn
6:1). El nombre de Kinneret podría derivar del hecho de que tiene forma de
arpa (kinnor), si es que el nombre antiguo de Tiberíades o de algún otro
lugar no le dio nombre al lago.
Datos topográficos: longitud máxima: 21 km; anchura máxima: 12 km; con una anchura
media de 8 km;
superficie: 170 km2; profundidad media: 42 m; máxima: 48 m; nivel: a 212 m bajo el nivel del
Mediterráneo. El lago es probablemente el resto de un gran lago interior que
llenaba la gigantesca falla que cruza el territorio de Siria y Palestina de
norte a sur.
Por ambas orillas, en sentido
longitudinal, se alzan las montañas cerca del lago, dejando en el oeste
únicamente espacio para una carretera y algunos pueblos pequeños, con la
única excepción que constituye Tiberíades, en el centro de la ribera
occidental; al este se abren sí algunas ensenadas, pero por lo general la
montaña, que alcanza hasta 500
m de altitud, se precipita abrupta hasta la misma
orilla del lago.
Al norte hay una llanura con algunas
ciudades: Cafarnaúm, Betsaida, y más allá se alza en la lejanía el Hermón.
El lago es rico en pesca, por lo que tuvo
cierta importancia para la alimentación, y no sólo en tiempo de Jesús.
Por su posición bajo el nivel del mar, la
temperatura media anual en la caldera del lago es de 25° C, alcanzando en
verano los 40° a la
sombra. La llanura del noroeste (llanura de Kinneret), es
una tierra pantanosa fértil y hoy, con los trabajos de colonización de los
israelíes (higueras, palmeras, y otros árboles frutales), poco a poco va
recuperando el aspecto lujuriante con que nos la imaginamos en tiempo de
Jesús. La temperatura apenas varía el día a la noche, de modo que se puede
pernoctar al aire libre, como lo hicieron por ejemplo las multitudes que
siguieron a Jesús durante tres días (Mc 8:2).
Las tempestades en el lago las recuerda
dos veces el NT al referirse a unos signos de Jesús. Son tempestades, que
sobre todo en los meses de marzo a julio, pueden desencadenarse con tanta
rapidez que sorprenden a barqueros y pescadores. Los dos milagros de Jesús en
el lago se cuentan como milagros de noche; la tempestad calmada es un signo
por la tarde. Esos
períodos de borrasca eran tanto más angustiosos cuando que por las noches
apenas si suelen soplar los vientos. El momento más peligroso para las
tormentas es el mediodía. Son sobre todo los vientos de poniente y del
noroeste que llegan del Hermón los que provocan las tempestades repentinas
sobre el lago. Esas ráfagas de viento, que “descienden” sobre el agua (así lo
dice también Lc 8:23), a veces pueden percibirse ya con antelación en la
altura como un rugido resonante. Toda-vía hoy se puede observar cómo los
marineros de barcos de vela escuchan una y otra vez a fin de advertir el
peligro de tempestad.
Como los remolinos tormentosos llegan del
oeste, la parte más amenazada por el peligro de las tormentas es la oriental. Así,
el lugar de la calma corresponde a la zona de tempestad más peligrosa, pues
se viajaba desde la orilla noroeste (a resguardo de las tempestades) hacia el
este. Y también el paseo de Jesús sobre el mar encrespado hay que suponerlo
en la parte nordeste del lago, puesto que el lugar de la multiplicación de
los panes estaba en la ribera oriental y los discípulos en su viaje nocturno
tomaron la derrota de Betsaida o Cafarnaúm, en la orilla septentrional, con
lo que en cualquier caso tenían de cara el viento del noroeste, perdieron el
rumbo y desembarcaron más hacia el oeste, sobre la playa de la llanura.
GUILBOA.
La montaña de Guilboa es una de las dos
grandes estribaciones de la montaña de Efraím. Discurre al nordeste de la
región montañosa en dirección sur-norte, con una inflexión hacia el noroeste.
Al este de la montaña está la depresión de Bet-San, y en su alargamiento
hacia el noroeste se abre la altiplanicie de Yizreel. La cima más alta, el
Guilboa, tiene 518 m
de altitud; los árabes le llaman dyebel Fukua. El nombre Guilboa es
probablemente preisraelita, al igual que Bet-San, a los pies de dicho monte,
es una ciudad antiquísima también preisraelita. Ignoramos el significado del
topónimo. En esta montaña se desarrolló la última batalla de Saúl contra los
filisteos, en la que el primer rey de Israel perdió la vida (véase el texto
sobre 1Sam 31).
En el centro de la montaña de Judá, en
una hondonada feraz que produce vino, melocotones, almendras e higos, se
encuentra Hebrón, a 927 m
sobre el nivel del mar; en la antigüedad se llamó Kiryat-Arbá (“Ciudad
cuádruple”) y fue una ciudad Estado de los anaquitas. Pero la tradi-ción
oscila, ya que también se menciona a los hittitas y a los amorreos como los
primeros pobladores de la ciudad.
En el reparto del país por Josué se le
asignó a Judá, o a los calebitas, que habitaban “entre los hijos de Judá”
(Jos 15:13). Los calebitas conquistaron la ciudad (Jos 15:14); pero
probable-mente eran una tribu que en su origen nada tenía que ver con la de Judá, aunque
en las historias tardías sobre la marcha por el desierto aparezca también en
la tribu de Judá (Núm 13:6). Sin duda, los calebitas no se consideraron de la
tribu de Judá, a no ser después que David hubo reunido la liga meridional de
seis tribus, a la que pertenecían Judá y Caleb, bajo su gobierno como “casa
de Judá.”
Tras la caída de Jerusalén (año 586 a.C.), Hebrón pasó a
ser de Edom hasta que los Ma-cabeos la recuperaron.
Para israelitas y judíos la posesión de
Hebrón era importante, porque en la tradición la ciudad iba ligada al nombre
de Abraham. En el santuario de Mamré, junto a Hebrón, había montado el
patriarca su primer campamento durante varios años, y, según refieren las
historias tradicionales, en la cueva (¿doble?) de Makpelá fueron enterrados
Sara y Abraham, Isaac y Rebeca, Lía y Jacob. La cueva se muestra hoy bajo la
mezquita de el-Haram, que se alzó sobre una iglesia de los cruzados, la cual
a su vez se había construido sobre un monumento que Heredes el Grande hizo
erigir; en los sillares de los cimientos se puede reconocer la misma
disposición típica de las piedras que aparece en el muro herodiano de
Jerusalén. Al morir Sara, Abraham compró la cueva y el campo circundante a un
hittita llamado Efrón, para lugar de enterramiento (Gen 23:1ss). Incluso los
arqueólogos, que ven en el relato de Gen 23 un hecho histórico real, dudan de
la fiabilidad de la tradición local, y consideran más verosímil que la cueva
de Makpelá estuviera en las proximidades de Mamré. A pesar de todo, los
musulmanes enseñan en la mezquita, a través de una celosía, la “verdadera”
cueva de Makpelá, y en el atrio, la nave y un edificio del patio aparecen
varios cenotafios como ataúdes de piedra de los patriarcas y sus esposas.
Cuando en los libros de Samuel y de Reyes
se habla de Hebrón como el lugar en que fue-ron ungidos David y Absalón, ha
de entenderse que se refieren al santuario de Mamré, en Hebrón. Por el
contrario, Hebrón como lugar de residencia de David ha de entenderse
seguramente la ciudad, que debería de encontrarse o en la ciudad actual de
el-Halil o en la colina de er-Rumedi al oeste, en la cual el nombre de una
aldea llamada der el-Arba’in recuerda el nombre preisraelita de Kiryat-Arbá.
El nombre árabe de Hebrón el-Halil (er-Rajman) = “el amigo (del Misericordioso)”
alude a Abraham.
HERMÓN.
Las dos montañas principales de Siria
central son el Líbano, al oeste (3066 m de altitud), y el Antilíbano, al este.
Ambas están separadas por una llanura de depresión (el-Beka). El Antilí-bano
se decía “Siryón” en fenicio, lo que en la literatura ha dado a veces pie a
una confusión con “Sión”; los hebreos lo llamaban Hermón. Y aunque este
término era realmente el nombre de las cimas más altas del Antilíbano
meridional, ya que designaba las crestas más elevadas, y visibles desde
Canaán, del Antilíbano, de hecho indicaba toda la montaña. Cuando
se hablaba del Hermón como la frontera septentrional de Canaán, sólo se
pensaba de hecho en las crestas meridionales (de hasta 2759 m de altitud). En el
árabe actual esas cimas cubiertas de nieves eternas se denominan dyebel
et-Telds (monte nevado) y dyebel es-Seh (monte gris).
Las cimas del Hermón eran antiguos
lugares altos sirios, es decir, alturas dedicadas al culto, en las que tal
vez se veneraba a un Baal-Hermón (1Cró 5:23). El nombre significa algo así
como “anatematizado” (jeram = anatema), en el sentido de “santificado”; es
decir, que sería un “monte sagrado.” El Baal-Hermón sería simplemente el Baal
de ese monte santo.
Los itureos árabes (es decir, semitas
meridionales) se mencionan en Gen 25:15 como tribu de Yetur en la
confederación de doce tribus de Ismael. Avanzaron hacia el norte, expulsaron
a los edomitas e israelitas al este del Jordán (en el período posterior a
Salomón) y se afianzaron en la región que después llevó su nombre. Y allí se
arameizaron. Su capital fue Calquis en la falda del Líbano.
La historia de Iturea en el tiempo
anterior a la era cristiana: el año 105 a.C. la conquistan en parte los judíos;
el 65 a.C.
es liberada por Roma (Pompeyo); siguen luego los gobernadores dependientes de
Roma; en el 34 a.C.
Antonio hizo ejecutar al rey itureo Lisanias y dividió el territorio en
cuatro partes:
La parte meridional se la otorgó Augusto
a Herodes el Grande hacia el año 20
a.C., por-que el tetrarca itureo había irritado al
dueño de Roma. El territorio de la Traconítide, una parte de esta parte del
reino herodiano, pasó a Herodes Filipo a la muerte de Herodes el Grande; en
esa región estaba Cesárea de Filipo.
La segunda parte era el territorio de
Abilene.
Una tercera (territorio de Soemo) y una
cuarta (territorio de Calquis) partes estuvieron en tiempos de Jesús bajo un
tetrarca itureo, pero dependiente de Roma.
Al describir el tiempo de la aparición de
Juan Bautista se menciona también Iturea: “Herodes era tetrarca de Galilea;
su hermano Filipo, tetrarca de Iturea y de la Traconítide (en Iturea)” (Lc
3:1).
Una de las excavaciones más interesantes
del período bíblico es Jasor y pocas veces en los últimos tiempos ha cambiado
tanto a nuestros ojos la imagen histórica de un asentamiento por obra de los
resultados científicos como en el caso de Jasor. Las excavaciones originarias
de ese cambio de imagen las ha llevado a cabo el profesor Yigael Yadin
(Israel) desde 1955 durante varias campañas.
El año 1928 J. Garstang identificó la
Jasor de la Biblia con tell el-Qedaj, una elevación sobre el seis veces mayor
tell Waqqas, a unos 8 km
al suroeste del lago Hule. De sus excavaciones Garstang sacó la conclusión de
que Jasor se había reducido a una ciudad-fortaleza (sobre el actual tell
el-Qedaj), que dominaba un campamento rectangular bien protegido (el actual
tell Waggas).
Esas conclusiones se mantuvieron en
líneas generales como ciertas hasta 1955. Pero con las excavaciones de Yadin
se llegó al conocimiento de que también el “campamento” había sido
construido, en parte incluso ya durante el período posterior del bronce medio
(2100-1600 a.C.).
Pero es posible que el muro de tierra apisonada, que rodea el “campamento,”
sea más antiguo que la construcción del amplio rectángulo, de modo que la
hipótesis anterior de que la instalación defensiva se remontaba al período
palestino de los hicsos no tenga que ser necesariamente falsa. Las amplias
instalaciones se consideraron como un campamento permanente o reserva de
caballos (jaser susim) de los hicsos y como el depósito de sus carros de
guerra. De tales funciones podría haber tomado el nombre toda la ciudad
(“Jasor,” de jsr).
Mientras que hasta 1955 muchos defendían
la opinión de Garstang de que en los siglos XIV-XIII a.C. la población de la
fortaleza había sido escasa, ahora se echa de ver que la ciudad floreció
también en el bronce tardío (1600-1200 a.C.) y que sólo hacia el 1200 fue
destruida, aunque poco después de esa fecha volvió a reconstruirse siendo
habitada de nuevo.
No obstante lo inesperado de los
resultados, no puede decirse que las excavaciones representasen una sorpresa
absoluta, pues por testimonios escritos conocidos con anterioridad cabía
esperar que se tratase de una ciudad singularmente importante, y que la
visión de Jasor que se apoyaba en las excavaciones de Garstang de alguna
manera estaba en contradicción con tales tes-timonios escritos, según se
desprendía de los textos egipcios de imprecación (siglos XIX-XVIII a.C.), los
fragmentos de los archivos de Mari (siglo XVIII a.C.) y Amarna (siglo XIV
a.C.). Era casi increíble que una ciudad de la fortaleza y vigor expansivo de
su dominio, según certifican las piezas escritas, sólo se hubiera asentado
sobre una colina de 600 x 200
m (el tell el-Qedaj).
La historia de Jasor se presenta poco más
o menos así: los hicsos conquistaron la pequeña colina (tell el-Qedaj) y la
fortificaron o reforzaron sus fortificaciones (hacia el 1800 a.C.). Luego
aseguraron con un muro los terrenos de la gran colina (tell Waqqas). En la
lengua de Canaán el asentamiento recibió el nombre tal vez de ese parque de
caballos y carros (jaser): Jasor reflejaba la característica más destacada
del lugar.
Los hicsos, que por doquier aparecen como
una pequeña clase dominante que ejerce el gobierno, se mezclaron en los
siglos sucesivos con el pueblo al que habían sometido. Con ello Jasor fue
perdiendo poco a poco, incluso en lo arquitectónico el carácter específico de
los hicsos; en cualquier caso, antes del año 1600 a.C. fue también
fortificada la colina espaciosa (el “campamento”). Así, Jasor se convirtió en
una gran ciudad: treinta veces mayor que la Jerusalén de David, y más de diez
veces superior a la de Salomón. Jasor fue seguramente una ciudad de
40 000 habitantes, que podía sostener bien a un ejército de 10 000 hombres.
En esa “ciudad baja” de Jasor se encontraron testimonios de viviendas y
talleres de artesanos, cisternas y canales, templos y santuarios al aire
libre, pasillos subterráneos y cámaras de enterramiento.
En el extremo norte (punto de excavación
H) los restos de un templo (25 x 17
m), con pórtico de entrada, salón y santísimo,
certificaban que hacia el 1350
a.C. se construyó en Jasor el mismo tipo de templo
(¿hittita?) que el que se levantaría hacia el año 1000 a.C. en Jerusalén. En
el santísimo o santo de los santos, entre numerosas figurillas de
divinidades, se encontró también la imagen de un becerro. Un altar para el
incienso, hecho de basalto, está adornado con el símbolo divino de un disco
solar. Una pila de basalto, probablemente destinada al culto y con un
diámetro de 50 cm,
está rodeada de una espiral. Entre los hallazgos más importantes de la
excavación se cuenta aquí el cilindro de un sello que muestra a un dios
sentado bajo un disco solar alado, ante el que aparece el rey con algunos
vasallos que van a ofrecer un sacrificio. Tal vez era el sello con que se
estampillaban y certificaban las ofrendas hechas por el rey y presentadas por
los súbditos.
En el punto de excavación F, en un atrio,
se encontró un altar monolítico, con un peso de 5 t. Junto a ese altar al
aire libre se encontraron además estatuas de basalto, una piedra de alabastro
para el incienso y una mesa de degollación (?) para la preparación de las
víctimas.
En el punto C salió a luz un santuario
cananeo con objetos de culto del siglo XIV. Desde el punto de vista de la
historia de las religiones lo más importante aquí es la imagen en bronce, con
adornos de plata, de una diosa con serpientes y una serie de massebás, entre
las que se encuentra la estela con dos manos bajo un símbolo divino — ¿el
disco solar? . El motivo de las manos levantadas es de por sí frecuente en el
mundo sirio, pero no hay ningún otro testimonio tan temprano. (Más tarde las
manos alzadas significan el grito que pide venganza por la muerte injusta.
¿Tendrán aquí el mismo sentido?).
Esa ciudad baja de Jasor fue destruida en
torno al 1200 a.C.,
como certifican los hallazgos de la excavación; los restos de cerámica se
remontan al siglo XIII. Con ello los datos de la excavación confirman el dato
de la destrucción de Jasor en Jos 11:13 como una posibilidad de que también
hubiera sido destruida la ciudad baja. También la ciudad alta fue destruida
en ese período, pero más tarde fue reconstruida.
En Jos 11:1-15 se cuenta que Josué venció
a una gran coalición de cananeos del norte de Palestina, a las órdenes del
rey Yabín de Jasor, junto a las aguas de Merom (15 km al suroeste de dicha
ciudad de Jasor). De ese modo el norte de Canaán habría caído de golpe en
manos de Israel. También Jasor fue entonces conquistada y destruida por
Israel.
Es difícil decir si bajo Josué o en qué
otro momento preciso tuvo lugar realmente esa batalla decisiva en el norte de
Canaán. Preferentemente se ha situado tal batalla en el período de los
jueces, hacia el 1150 a.C.
y bajo Débora, ya que Jue 4 permite sacar la conclusión de que entonces no
sólo fue vencido el general de Yabín, el “rey de Canaán,” sino que también
Jasor fue tomada. Muchos han visto en Jos 11:10ss una anticipación, al
período de las primeras luchas por la conquista del país, de sucesos
ocurridos en la época de los jueces. Y aunque todavía hoy la mayor parte de
los historiadores de la Biblia creen que los relatos de Jos 11 y de Jue 4 se
refieren al mismo suceso histórico, hoy — sobre la base de las excavaciones
de Jasor, que hacen probable la destrucción de la ciudad en la época en torno
al 1200 — se considera posible que el acontecimiento transmitido ocurriera en
la conquista de Canaán hacia el 1200.
Así pues, la ciudad baja no fue
reconstruida más tarde por Israel. Pero la ciudad fortifica-da fue una
comunidad israelita a más tardar desde el tiempo de Salomón. Fue él el que
renovó la tradición ecuestre de Jasor y el que hizo de ella uno de sus
parques de carros de guerra. Por en-cima del estrato salomónico hay otros
seis estratos, por los que puede demostrarse que la ciudad siguió floreciente
hasta poco más o menos el año 650
a.C. El rey Ajab reforzó la fortaleza contra Damasco.
Con posterioridad el lugar siguió vegetando como un asentamiento sin
importancia. Durante los últimos años de Asiría, con los caldeos, los persas
y en el período helenístico se mantuvo una pequeña fortaleza en uno de los
ángulos de la colina fortificada. El empobrecimiento general del reino del
norte bajo los últimos asirios y los neobabilonios, como lo prueban también
las ruinas de otras ciudades (por ejemplo, Meguiddó y Samaría), se confirma
también aquí con la excavación de los estratos superiores.
JERICÓ.
Tal vez es Jericó la ciudad más antigua
de Palestina; en cualquier caso es la más antigua de las ciudades conocidas
de Palestina. Su nombre podría significar “Ciudad de la Luna,” y habría
estado consagrada a un viejo culto lunar.
La ciudad está situada a 28 km al nordeste de
Jerusalén y a 250 m
bajo el nivel del mar, teniendo un clima tropical (”ciudad de las palmeras,”
Jue 3:13); ello explicaría también su temprano asentamiento. Los siete
estratos sucesivos de asentamiento certifican:
1. Una ciudad de la fase más antigua del
último neolítico (fase protoneolítica), cuya construcción puede datarse entre
el 8000 y el 7000 a.C.
Las excavaciones han sacado a luz casas redondas; indicio tal vez de que los
constructores de la ciudad copiaban instintivamente las formas de la
naturaleza.
La conexión entre unas culturas
prehistóricas y cercanas a la naturaleza y el primer estrato de población en
Jericó se confirma, además, por testimonios aún más antiguos, que han de
datarse en el mesolítico; es decir, en una época anterior al 8000 a.C.: armas e
instrumentos de caza, y sobre todo los instrumentos de pedernal, que en su
elaboración evidencian un tipo que pasa del mesolítico (20000-8000 años a.C.)
al neolítico (8000-4500 a.C.)
y ciertos restos de instrumentos que sin duda hay que interpretar como
destinados al culto. Toda esa serie de pruebas permite la conclusión de que
los cazadores de finales del mesolítico tenían un lugar de culto en la fuente
de Jericó, que después, en el VIII milenio precristiano, condujo al primer
asentamiento.
2. Una ciudad de la fase tardía del
neolítico (hacia el 6800 a.C.),
con casas cuadradas y sellos digitales sobre los ladrillos de construcción.
Las dos ciudades de la época de la piedra
fueron, según parece, mayores que los asentamientos de la edad del bronce,
certificados por los estratos superiores de la excavación. Los
testimonios abundan en todo el recinto de norte a sur.
Un muro de piedra natural parece haber
rodeado ya a la ciudad más antigua, en todo o en parte.
El asentamiento neolítico más antiguo se
extendía ciertamente hasta la
llanura. La colina no es una elevación natural del suelo,
sino que parece deberse exclusivamente al material de derribo de
asentamientos posteriores.
3. Una ciudad construida hacia el 2000 a.C. con muros de
adobe (edad del bronce medio).
4. Una ciudad edificada hacia el 1700 a.C. (bronce medio)
con muros de ladrillo levanta-dos sobre un zócalo de piedra natural, dentro
de los cuales quedaba la fuente; ese asentamiento podría remontarse a los
hicsos; los muros estaban rodeados también con un foso de agua. Se calcula
que el tiempo de su destrucción fue hacia el año 1550 a.C.
5. Hacia el 1500 a.C. se levantó una
ciudad con doble muralla, teniendo el muro principal una anchura de 3,5 m. Ésa debería de ser
la muralla que rodeaba a Jericó cuando los israelitas penetraron en Canaán.
Sin embargo, parece que la tal muralla fue destruida ya hacia el 1400 a.C.
6. Una ciudad de la época del hierro i
(1200-900 a.C.).
7. Un estrato superior del hierro n (a
partir del 900 a.C.).
Sin duda, el nombre de “Jericó” no se
ceñía sólo a la ciudad fortificada. Las fortificaciones de la ciudad servían
también de refugio a la población de los alrededores, que vivía en el llano y
que así mismo pertenecía a Jericó.
Al tiempo de la conquista del país la
toma de Jericó, con sus imponentes fortificaciones, fue para los israelitas
que llegaban (Jos 5; 6) como una señal de que Yahveh estaba con ellos. La
entrada, que la Biblia identifica con la entrada al mando de Josué, se sitúa
adecuadamente hacia el 1200
a.C. Por otra parte, el cuarto muro probablemente ya
había sido destruido hacia el 1400. Lo cual plantea una verdadera aporía
histórica, que hasta ahora no se ha logrado resolver. Martin Noth ve en el
relato de la destrucción simplemente una narración etiológica, nacida más
tarde: los muros de Jericó estaban destruidos y en las narraciones
(posteriores al 1200 a.C.)
la destrucción se atribuyó a Josué y a sus gentes. Pero también podría ser,
naturalmente, que la destrucción de Jericó perteneciera a la tradición de
otra tribu, a la tradición de algunas tribus de Lía, que ya habían penetrado
en Canaán desde aproximadamente el 1400 a.C. Y, finalmente, aún podría ocurrir
que excavaciones ulteriores proporcionasen nuevos materiales en favor de la
interpretación bíblica.
El reino del norte pretendió para sí la
ciudad de Jericó. Y el rey Ajab la hizo fortificar. Pero más tarde Jericó
pasó a Judá, como se podría concluir del hecho de que algunos deportados a
Babilonia regresaron después a Jericó (después del 536 a.C.). Es decir, que
debieron de ser anteriormente habitantes de la ciudad deportados al tiempo de
la destrucción de Jerusalén, o poco antes, y no en 725-722 a.C., en la destrucción
del reino de Israel.
En la época posterior al exilio
babilónico, y también en tiempos de Jesús, Jericó tuvo una fuerte colonia
sacerdotal.
La Jericó del NT quedaba a unos 2 km al suroeste de la
ciudad antigua. Allí construyó Heredes el Grande un palacio de invierno, con
un parque y grandes estanques. Un hipódromo y un teatro formaban parte de la
nueva ciudad. Fue sin duda una ciudad helenístico-romana más que una ciudad
judía.
Aquella Jericó fue, en los tiempos de las
tetrarquías que siguieron al reino de Herodes el Grande, la ciudad fronteriza
ente Judea y Perea, con una importante oficina aduanera; el jefe o uno de los
jefes de la misma fue Zaqueo (Lc 19:1).
JERUSALÉN.
La ciudad de Jerusalén se desarrolló a
partir de la ciudad yebusea de Urusalim (o algo similar, con el significado
de “ciudad del dios Salim”) que David conquistó y convirtió en su ciudad (la
“ciudad de David”). Salomón amplió el recinto urbano hacia el norte,
añadiendo a la colina de la ciudad davídica, que descendía en dirección este
hacia el valle del Cedrón, otra parte de dicha colina, con un total de unas 9 hectáreas.
Sobre dicha colina construyó la ciudad del palacio y del templo y la rodeó de
un muro. Así pues, aquella Jerusalén de los reyes limitaba por el este con el
valle del Cedrón, y por el oeste con un valle que, según un informe tardío de
Josefo, se llamó Tiropeón (“Valle de los queseros”). Este valle cortaría la
actual ciudad antigua de Jerusalén de norte a sur, de no haberse colmatado en
parte.
Del tiempo del rey Ezequías (721-693 a.C.), o anterior es la
“ciudad nueva” (misneh, es decir, la “ciudad segunda”), sita al oeste de la
ciudad del palacio y del templo, y por tanto al oeste del Tiropeón, y así
mismo amurallada; quizás el muro se construyó antes que la ciudad. Por el mismo
tiempo debe de haberse amurallado también la parte sur de la colina
occidental, como resulta de la instalación de Siloé. Jerusalén quedaba así
circunscrita entre el valle del Cedrón al este y el Ge-Hinnom, que rodea la
colina suroccidental; un tercer valle, el Tiropeón, la atravesaba de norte a
sur. Los tres valles confluían por debajo de la punta meridional de la ciudad
alargada de los yebuseos (la ciudad de David) en el actual wadi en-Nar.
El territorio de la ciudad a derecha e
izquierda del Tiropeón no hay que representárselo sin más como una meseta.
Tanto la alargada colina oriental (la ciudad de David y la ciudad del palacio
con el templo) como la colina así mismo longitudinal del oeste con los nuevos
barrios estaban cruzadas por numerosos y pequeños pliegues y fallas
transversales, de modo que Jerusalén no era sólo una ciudad sobre el monte
sino también una ciudad montañosa.
El año 586 a.C. la ciudad fue
destruida por el babilonio Nebukadnezzar II; la ciudad de David y la ciudad
nueva pronto debieron de quedar escasamente habitadas; el templo y el
palacio, así como las murallas, debieron de ser reducidos a escombros con
toda seguridad por orden de Babilonia; el servicio de los sacrificios en el
altar se mantuvo al principio, como ofrendas también por el rey babilonio y
seguramente que en honor también (¿o exclusivamente?) de los dioses
babilónicos. La restauración empezó lo más pronto en el 536 a.C., después de que
Ciro n permitiese el retorno de los judíos de Babilonia y la construcción de
un nuevo templo.
Las guerras subsiguientes dañaron sin
duda la ciudad en gran medida, pero no la destruyeron. Heredes
el Grande levantó construcciones suntuosas en su ciudad regia; pero ese
esplendor de Jerusalén duró muy poco. Al terminar la guerra judeo-romana, el
año 70 d.C., fue arrasada hasta los cimientos, y por orden de Tito sólo
quedaron en pie algunos lienzos de muralla y las torres junto al palacio
herodiano.
No se identifica con la colina
suroriental de Jerusalén (la ciudad de David). Por Sión hay que entender más
bien la altura que, con la ampliación salomónica, quedó incorporada a la
ciudad por la parte norte. En aquella altura se encontraba ya antes
probablemente el santuario o lugar sagrado de los sacrificios de la ciudad
yebusea, de tal modo que la incorporación del monte a la ciudad se debió
también a la tradición religiosa. Todavía Isaías distingue Jerusalén de Sión
(Is 10:12). Pero el nombre de “Sión” se reveló con tanta fuerza que pronto
designó también con frecuencia a la ciudad de David (por ejemplo, 1Re 8:1).
Aunque con el paso del tiempo esa designación fue suplantada cada vez más por
el nombre de “Monte del santuario.”
El topónimo “Sión” probablemente en sus
orígenes no era un nombre cargado de significación, sino un simple topónimo
menor. Así como siyya y sayon significa “terreno seco” o árido, así también
siyyon no indica otra cosa que una “colina rocosa,” o algo similar.
El monte que en la actualidad se llama
“Sión,” y en el que se encuentran los venerables lugares del Cenáculo (véase
después) y la iglesia de la Dormitio Mariae que regentan los benedictinos,
no se identifica con la colina denominada originariamente “Sión.” Esa nueva
colina de Sión se encuentra más bien en la zona que pertenecía a la ciudad
alta, al oeste del Valle de los queseros o Tiropeón (véase supra). Para
evitar la confusión se habla cada vez más en este caso de “Sión cristiana.”
LA
CIUDAD DE DAVID.
Es la ciudad antigua de los yebuseos. Se asentaba
sobre la escarpada loma meridional entre el valle del Cedrón (al este) y el
posterior valle urbano Tiropeón (al oeste). Era una ciudad montañosa de unos
90 x 380 m
de extensión. En el norte y en el sector inmediato occidental había una
puerta; por el este se abría otra hacia el torrente Cedrón en la fuente de
Guijón, y por el sur, una cuarta daba al monte que hoy se llama Sión — es
decir, “Sión cristiana” —, desde donde podía llegarse al Ge-Hinnom.
Esta colina suroriental se alza hasta 720 m; y concretamente unos
100 m
sobre el lecho del torrente Cedrón.
A pesar de su escasa superficie había
también en este sector urbano diferencias de altitud de hasta 40 m.
El abastecimiento de agua para tiempos de
guerra se lo habían asegurado ya los yebuseos mediante un pozo de mina que
desde dentro de las murallas conducía a la veta misma subterránea de la fuente Guijón.
En esta colina urbana se encontraba
también la tumba de David.
LA TUMBA DE DAVID.
Aunque los enterramientos estaban
habitualmente fuera de la ciudad, no faltaron las excepciones, sobre todo en
la época preexílica. Entre éstas se encuentran las tumbas de los reyes de
Judá. A la muerte de David el autor del libro de los Reyes (1Re 2:10)
certifica que el rey “fue sepultado en la ciudad de David.”
El rey Heredes, según cuenta Flavio
Josefo (Antigüedades 16,7,1), hizo erigir una columna funeraria sobre la
tumba de David y Salomón; en cualquier caso todavía entonces (mil años
después) se conservaba una tradición sobre el lugar de la tumba davídica. También
hoy existe una “tumba de David,” que el ministerio israelí de religiones ha
convertido en lugar de peregrinación judía, en contra de sus propias
convicciones. Cierto que esa cámara sepulcral, debajo del cenáculo
(supuestamente la tumba vacía de Esteban), se denomina desde el siglo XII
d.C. “tumba de David”; pero no sabemos cómo los cruzados pudieron llegar a
llamarla así. El emplaza-miento lo hace inverosímil, porque esa colina
occidental de Jerusalén no era la Ciudad de David. Pero una vez surgida la denominación
de “tumba de David,” se afianzó. Cuando los francisca-nos, que desde el siglo
XIV eran los guardianes de los santos lugares de Tierra Santa, fueron
ex-pulsados por los turcos en el siglo XVI, con un traspaso de propiedad el
lugar se llamó Nebi Daud (que en árabe significa “Profeta David”). En el
interior de esa cámara mortuoria, que es un resto románico (ábside) de la
catedral de Sión de los cruzados, hay un sarcófago del siglo XIV que
probablemente fue trasladado allí por los franciscanos. Hoy está recubierto
de láminas brillantes y adornado con coronas de la Torah. Los israelís
la veneran como la tumba de David.
EL CENÁCULO.
La sala donde Jesús celebró su última
cena ha desaparecido por completo. Desde el siglo IV la tradición se
concentra en el oeste de la ciudad nueva, sobre una casa que habría sido el
lugar de reunión de los discípulos entre la ascensión de Jesús y Pentecostés,
pero la memoria de la última cena de Jesús sólo la trasladaron allí algunas
Iglesias en el siglo V (por ejemplo, los armenios).
El lugar que actualmente se denomina
“Cenáculo,” junto a la abadía de los benedictinos, es una construcción gótica
y despejada de dos naves, que probablemente enmarca el espacio del cenáculo
de Pentecostés. Dónde celebró Jesús su última cena no lo ha fijado ninguna
tradición. La única referencia a su modalidad la proporciona Lc
22:12, donde se habla de una “estancia superior”; es decir, de una habitación
en el piso de arriba o de una construcción sobre el tejado. Lo cual
significa, a su vez, una casa ilustre; dato que confirma la presencia del
criado que acarreaba el agua (Mc 14:12-15). Y como en Act 1:13 también del
salón de Pentecostés se dice que era una “habitación superior,” se creyó que
estaba justificada la identificación del Cenáculo de la última cena de Jesús
y la sala de espera de Pentecostés.
LA CASA DE
CAIFÁS.
Una tradición antigua la localiza en la
ciudad alta, al oeste del Tiropeón. Muchas son las probabilidades, ya que esa
parte de la ciudad era un barrio elegante. Sólo que en tal caso la residencia
de Caifás habría estado muy cerca del denominado Cenáculo. Pero eso no debe
inducir a error, ya que apenas cabe admitir que el lugar señalado para el
Cenáculo cuente con alguna probabilidad (cf. supra). Así pues, la dificultad
que supone el que Judas sólo habría tenido que dar unos pasos desde el
Cenáculo a la casa del sumo sacerdote Caifás, más bien iría contra la
localización del Cenáculo que contra la localización en la zona de la casa
del pontífice. Por el contrario, ninguna dificultad se derivaría de esa
proximidad inmediata contra la localización de la sala de Pentecostés. Más
aún, los constantes choques entre los apóstoles y las gentes del sumo
sacerdote hacen muy probable que el desarrollo de la Iglesia primitiva no
sólo se diese en el templo sino también en la propia casa de sus reuniones
(la sala de Pentecostés), bajo los ojos mismos del sumo sacerdote.
LA FORTALEZA ANTONIA.
Sita al noroeste de la explanada del
templo e inmediatamente vinculada al mismo, se re-monta en sus comienzos al
tiempo de Nehemías. Entonces se llamó simplemente birah (fortaleza, torre,
ciudadela), término con el que a veces se denominaba también al templo, de
modo que al principio bien pudo indicar simplemente una fortificación del
recinto del templo. Los Macabeos renovaron y ampliaron la construcción.
Herodes el Grande, después de haber conquistado Jerusalén
como rey, la utilizó para su uso como vivienda y cuartel y allí habitó
durante los años 37-23 a.C.,
hasta que terminó su nuevo palacio real en la ciudad alta. El ampliado
castillo de los Macabeos lo denominó “fortaleza Antonia,” en homenaje al
triunviro romano Antonio, al que debía su realeza. Como Antonio fue vencido
por Octavio el año 31 a.C.
en la batalla de Actium, después de la cual Antonio se
suicidó, la designación de la fortaleza en su honor debió ser antes del año
31.
Durante el período romano, en la fortaleza Antonia
estuvo la guarnición romana permanente. Desde la fortaleza se controlaba en
el aspecto militar y policíaco especialmente el recinto del templo. Desde la
fortaleza se podía llegar a través de unas escaleras a la plaza del templo.
Allí residía también el comandante militar romano, mientras que el procurador
tenía su “pretorio” en el antiguo palacio real de Heredes; pero el procurador
sólo permanecía en Jerusalén du-rante las fiestas. No sabemos si cuando el
procurador no residía en Jerusalén estaban también ocupados los cuarteles del
pretorio.
Nada más estallar la guerra judeo-romana
(66 d.C.), los judíos conquistaron la fortaleza, que conservaron hasta el año
70 d.C. Después de que Tito la ocupase, mandó arrasarla.
EL PALACIO REAL.
Herodes empezó a construir un nuevo
palacio real el año 23 a.C.
Hasta entonces el rey había vivido en la fortaleza Antonia. Este
nuevo palacio real se alzaba en la cima noroeste de la ciudad alta. No era un
palacio residencial modesto, sino una fortaleza regia con muros y torres,
patios y cuarteles. El camino de la ciudad conducía, a través de una puerta
oriental, a un gran patio, cubierto de losas (lithostrotos = “empedrado”). En
dicho patio celebraba el rey los juicios. En la lengua vernácula la altura se
llamaba Gabbatah (de gabah = “alto”); tal vez el lugar se llamaba así antes
de que Heredes hiciera construir su palacio.
En este palacio vivió Herodes el Grande,
cuando estaba en Jerusalén, hasta su muerte. También residió en él su hijo y
sucesor en Judea, Arquelao. Y en dicho palacio residieron también los
procuradores, que fueron los sucesores de los regentes judíos en nombre de
Roma. Al ocupar los palacios anteriores de los regentes, hacía patente su
derecho a gobernar. Como sede de gobierno de los procuradores, el palacio
real se llamó “pretorio.”
El pretorio de Pilato lo localizó la
historia de las peregrinaciones en la fortaleza Antonia. El
vía crucis tradicional de los viernes en Jerusalén continúa refrendando esa
opinión. El pretorio de Pilato y de los demás procuradores difícilmente
podría ser otro que la fortaleza real de Herodes. Cierto que un lithostrotos
podría haberse dado también en la fortaleza Antonia;
pero difícil-mente aquel lugar podría haberse llamado Gabbatah (altura) ,
toda vez que se encontraba al mismo nivel que la ciudad baja. En teoría
también es posible que Pilato pronunciase sentencia en la fortaleza Antonia;
pero el lugar adecuado para juzgar era la residencia, en cuyo patio se
colocaba para cada caso la silla (griego: bema) del juez. El episodio de Mt
27:19 (intervención de la mujer de Pilato en favor de Jesús) apunta así mismo
al palacio residencial. La idea de que en el pretorio no había lugar
suficiente para toda una cohorte arranca de una representación falsa del tipo
y dimensiones de este antiguo palacio real. Todos los episodios de la pasión de
Jesús confirman el palacio real herodiano como pretorio.
(De manera parecida, también en Cesárea
el pretorio de los procuradores romanos lo fue la antigua residencia real de
Herodes).
Discurre entre la colina oriental de Jerusalén
y el monte de los Olivos. Desde la pendiente del monte de los Olivos se ve,
por encima del tajo profundo del valle, a la izquierda, en el extremo
meridional de la colina escarpada, la loma de la ciudad de David, continuando
por la derecha (el norte) los abruptos cimientos que refuerzan la roca — o
monte del templo —, sobre la que hoy se alzan las mezquitas árabes. El
Cedrón, un arroyo de invierno, por lo general con escasa agua, fluye a través
del wadi en-Nar hasta el mar Muerto.
Al pie de la antigua ciudad yebusea (más
tarde ciudad de David) vierte sus aguas al valle del Cedrón, un tanto
sobreelevado, la fuente de Guijón (que probablemente significa “El
surtidor”). Era la única fuente viva que surtía a la ciudad de Jerusalén. Ya
los yebuseos habían construido desde su ciudad un túnel hasta la vía de agua
de esta fuente, a fin de asegurarse el suministro de agua en tiempo de
guerra.
El rey Ezequías de Judá (721-693 a.C.) hizo excavar más
tarde un canal bajo la colina de la ciudad de David, el llamado “túnel de
Siloé” (véase después), que conducía las aguas de la fuente de Guijón hasta
el estanque construido dentro de las murallas que rodeaban la ciudad nueva y
que enlazaban con el muro de la ciudad davídica. De este modo, la piscina de
Siloé vino a constituir algo así como la nueva fuente de Guijón. La fuente
antigua se cegó, aunque hoy vuelve a estar abierta.
En la confluencia del valle del Cedrón
con el valle de Gehinnom por el oeste (véase después) estaba la “fuente de
Roguel” (probablemente el actual pozo de Job), un manantial subte-rráneo que
en Jos 18:16 se menciona como uno de los puntos fronterizos entre las tribus
de Judá y Benjamín. El punto de intersección de los valles en la fuente Roguel era
un lugar preferido de reunión, como se desprende de 2Sam 17:17 y de 1Re 1:9.
EL VALLE DE GEHINNOM.
Al sudoeste de la antigua ciudad yebusea,
lleva probablemente el nombre de la antigua familia cananea a la que
perteneció. La tradición del topónimo presenta diferencias: “valle de
Hinnom,” “valle del hijo de Hinnom,” “valle de los hijos de Hinnom.”
En el siglo VIII a.C., siendo Ajaz rey de
Judá y cuarenta años más tarde durante el reina-do de Manases, se celebraban
en el valle de Gehinnom sacrificios al dios asirio Molok, y en aquellos
sacrificios entraban también los sacrificios humanos; de ahí que el rey
Yosías en su reforma del culto (632-621 a.C.) hiciese profanar el valle quemando
huesos. Con ello se convirtió en un estercolero en el que un fuego que no se
apagaba nunca quemaba las inmundicias de Jerusalén. Ello hizo, a su vez, que
Gehinnom, bajo el nombre de “Gehenna,” pasase a ser el símbolo del lugar de
castigo de los condenados, convirtiéndose en la palabra para designar el
infierno.
El cementerio de extranjeros (campo del
alfarero, hacéldama, “campo de sangre”), que se compró con el dinero de la
traición de Judas, estaba en el Gehinnom, según una tradición cristiana. Si
esa tradición es correcta, podría indicar el desprecio que el gran consejo
sentía hacia los extranjeros.
Se menciona en Jn 9:7. Se trata de un
pozo y de un estanque (o varios estanques), pero no propiamente de una
fuente. La fuente correspondiente era la de Guijón (cf. supra: valle del Cedrón), que
era la fuente de Jerusalén, aunque quedaba fuera de las murallas. En los
enfrentamientos bélicos existía el peligro de que el enemigo infestase el
agua o la desviase castigando a la ciudad con la sed.
Por ello, con ocasión del ataque asirio
del año 701 a.C.,
el rey Ezequías de Judá hizo abrir un túnel desde la fuente de Guijón a
través de la roca, que trasladaba la salida del agua dentro del espacio
protegido por las murallas. Ese canal subterráneo, o túnel, el nuevo pozo y
el estanque se llamaron siloaj (Siloé), es decir “el agua enviada.”
El año 1881 se descubrió una inscripción
en el túnel que expresaba la alegría de los excavadores por no haber errado,
ya que el túnel se excavó por ambos lados.
Después de construir el nuevo pozo, se
selló el acceso a la fuente de Guijón propiamente dicha; el recuerdo sin
embargo de que Siloé no era la verdadera fuente tal vez ya había desaparecido
en tiempo de Jesús. De ahí que el nombre de “Siloé” pudiera perfectamente
interpretarse como el lugar de la fuente. Hoy vuelve a estar abierta también la
fuente de Guijón.
Las aguas de Siloé eran limpias y buenas
para beber. Por buenas y por ser “agua viva” — es decir, corriente —, la
fuente se convirtió en símbolo del tiempo mesiánico; de ahí que se escanciase
el agua de la fuente en la fiesta de Tabernáculos. Y ahí puede estar así
mismo el motivo de por qué en Jn 9:7 al topónimo de Siloé se le dé el sentido
de “enviado,” queriendo el texto referirse a Jesús como al Mesías enviado.
Cerca de Siloé había en tiempo de Jesús
una torre, que quizá se había construido para protección del manantial. Esa
torre se hundió durante la última fiesta de Tabernáculos que Jesús pasó en
Jerusalén.
LA
PISCINA DE BETESDA.
Frente a la fortaleza Antonia,
sobre una colina fuera de los muros, se encontraba, según las descripciones
de Josefo, el suburbio norte de Betzatá (el nombre arameo significa “casa de
los olivos”). Al pie de dicha colina había un estanque para las ovejas, que
se llenaba con agua de lluvia, y un segundo estanque cuyas aguas se removían
de tiempo en tiempo. Pero no se hablaba de dos piscinas, sino de una sola,
una “piscina doble,” como subraya Eusebio (hacia el 300 d.C.).
La piscina se consideraba curativa; no el
estanque del agua de lluvia, que era un viejo abrevadero para las ovejas,
sino la otra parte. Hemos de suponer que este depósito de agua se alimentaba
a través de un acueducto artificial (con tuberías o algo parecido), y “el
movimiento del agua que ocurría de cuando en cuando” lo describe así Dalman
(Jerusalem undsein Gelande, 1930, p. 177): “puede estar relacionado con los
episodios de la construcción del canal, que pro-cedía ciertamente de un
colector más elevado del mismo valle...” El fenómeno no ha podido explicarse
hasta hoy con mayor precisión. El agua bullente era roja, lo que sugiere que
los caudales de agua probablemente llegaban a la piscina a través de canales
ferruginosos. La explicación de Jn 5:4 (un texto complementario que sólo se
encuentra en algunos manuscritos) dice: “Un ángel del Señor bajaba de tiempo
en tiempo a la piscina y agitaba el agua.” Es una manera de decir que la
virtud curativa del agua era un mensaje del Dios misericordioso.
El rey Heredes el Grande había hecho
rodear la zona curativa por cuatro pórticos, obra de arquitectos romanos; un
quinto pórtico se alzaba entre las dos piscinas. En aquellos pórticos llevaba
treinta y ochos años el enfermo que Jesús curó (Jn 5:1-15).
El nombre de la piscina aparece en la
mayoría de los manuscritos de los Evangelios como Betesda, que significa
“lugar de misericordia” (bet jesda). Tal denominación era sin duda una
alteración popular del nombre del suburbio “Betzatá,” en cuya zona se
encontraba la instalación: la “piscina de Betzatá” se convirtió en la
“piscina de Betesda.” Ese cambio no oficial de nombre pudo darse ya antes de
Heredes el Grande.
Ha sido ya tratado en este libro en los
siguientes apartados: el templo de Salomón, el segundo templo, el templo
herodiano.
Quedaba al norte, fuera de los muros de la
ciudad (véase sobre Mt 27:33).
Recorre un tramo de la gigantesca falla
nortesur que se abrió en tiempos prehistóricos por la acción del corrimiento
de la corteza terrestre y que probablemente antes había estado completamente
cubierta de agua. La fosa puede seguirse desde el corte profundo entre el
Líbano y el Antilíbano, a través del valle del Jordán hasta el mar Muerto, y
al sur de dicho mar hasta el mar Rojo, bajo el cual se prolonga en el fondo
marino. Desde el lago de Genesaret hasta el mar Rojo la falla se denominó
“Araba”; hoy este nombre se reserva sólo para la falla al sur del mar Muerto.
En la Araba hubo yacimientos de mineral de cobre y de hierro.
En las estribaciones meridionales y
occidentales del Hermón brota el Jordán a través de tres fuentes: en las
cuevas de Banias (Cesárea de Filipo) brota el venero oriental, a 329 m sobre el nivel del
mar. El venero central fluye más al oeste, y es el más corto y caudaloso
(árabe: nahr el-Leddan; brota a 154
m sobre el nivel del mar); en su fuente estaba Dan, el
santuario del reino del norte con el becerro de oro como representación de
Yahveh. El afluente occidental y más lar-go no es al principio más que un
riachuelo, el nahr el-Hasbani árabe, que brota en la montaña a 520 m sobre el nivel del
mar. Fluye hasta el lago Hule34, el menor de los tres lagos antiguos formados
en la fosa norte-sur, y discurre además en todas direcciones, con lo cual la
llanura al norte del lago Hule y el terreno que lo rodea eran muy pantanosos.
Tras la fusión de los manantiales, el
Jordán se divide en dos brazos, que sólo se juntan en el lago Hule, del cual
vuelve a salir el río ya con una anchura de 25 m. Después de la llanura
al sur del pequeño lago del Jordán atraviesa una barrera basáltica
deslizándose después sobre un desnivel medio de 17 m por km. Estos datos
descansan sobre las mediciones más recientes del Estado de Israel. A los 16 km tiene ya un ancho de 45 m y una caída de 280 m, penetrando entonces
en el lago de Genesaret. Mientras que la superficie de las aguas del lago
Hule está todavía a 68 m
sobre el nivel del mar, la superficie del lago de Genesaret se encuentra ya a
212 m
bajo el nivel del Mediterráneo.
El Jordán cruza el lago de Genesaret y
penetra en una llanura, que se extiende unos 10 km hasta conectar por el
oeste con la llanura de Yizreel. Aproximadamente a la altura de Bet-San se
encuentra el punto septentrional, el segundo, en que bautizó Juan Bautista
(Jn 3:23). El punto meridional (Jn 1:28) quedaba casi en la desembocadura del
Jordán en el mar Muerto, a unos 70
km al sur del que llamamos punto segundo.
Este curso inferior del Jordán, después
de haber recogido las aguas del Yabboq, forma una fosa salvaje y cubierta de
matorral, pantanosa por las inundaciones, siempre cálida y productora de
fiebres, y en la cual antes de la cautividad babilónica de los judíos aún
vivían leones. La falla profunda de margales del curso inferior medio se
desploma a veces por la acción del agua, interrumpe durante varias horas el
curso del río y deja vacío todo el lecho inferior; tal ocurrió el 8 de
diciembre de 1266 y en octubre de 1914. Así se explica el motivo narrativo de
Jos 3:16, se-gún el cual los israelitas, al entrar en Canaán, pudieron cruzar
a pie enjuto el lecho del río Jordán.
Desde su salida del lago de Genesaret
hasta su penetración en el mar Muerto el valle del Jordán mide 104 km, aunque el río
propiamente dicho es mucho más largo (unos 300 km) por sus meandros.
En ese tramo el terreno aún desciende unos 180 m, de modo que en su
desembocadura en el mar Muerto el Jordán es el río de desembocadura más
profunda, ya que lo hace a 392
m bajo el nivel del Mediterráneo. Y como el mar Muerto
es un lago interior, el Jordán es también el único gran río que desemboca en
un verdadero mar interior sin conexión con el océano.
El nombre del Jordán no está aclarado
etimológicamente. En la etimología popular, incluso en el Israel de hoy, el
topónimo se interpreta como “el descendente” (hayyarden), mientras que una
serie de científicos entienden el nombre como “el río” sin más.
Las aguas del Jordán fluyen a menudo
sucias y amarillas, excepción hecha de la Galilea septentrional. Precisamente
por ello ordenó el profeta Eliseo al sirio Naamán que se lavase en el Jordán
para quedar limpio de la lepra (cf. 2Re 5:1-16), para que creyese así que, a
pesar de lo sucio de las aguas, la curación se debía a Yahveh.
También Juan bautizaba en el Jordán, no
porque las aguas del río pudieran purificar por sí mismas ni fueran un
símbolo bien palpable de la purificación de los pecados, sino justamente
porque dada su cuestionable limpieza podían ser un símbolo de la purificación
que se debía exclusivamente a la penitencia.
JUDÁ, MONTAÑA DE.
La “montaña de Judá” (yehudah) es el territorio
montañoso al oeste del mar Muerto, que se extiende desde la línea de
Jerusalén por el norte hasta aproximadamente unos 25 km al sur de Hebrón. Su
nombre es con toda probabilidad un topónimo de origen cananeo, y la montaña
se llamaba así ya en época preisraelita. Así que la tribu de Judá tomó nombre
de la montaña en que se asentó.
La parte oriental de la montaña, que en
su borde este se precipita abrupta en el mar Muerto, es el “desierto de
Judá”; y fue a ese desierto al que Jesús se retiró para su ayuno de cuarenta
días. “Desierto” no significa aquí extensión de arena, sino montaña calcárea
sin apenas precipitaciones y cuya escasa vegetación sólo se alimenta del
rocío.
La parte norte de la montaña es la región
montañosa en torno a Jerusalén (750
m de altura), en la que se encuentra Belén y también
Karem, que para algunos pasa por ser la patria de Juan Bautista. La elevación
más alta de la montaña de Judá está al sur de Hebrón (árabe: dyebel
el-Batrak, 1025 m).
Al norte de Jerusalén la montaña de Judá desemboca en la de Efraím.
El nombre del topónimo tal vez se deba al
propietario de la colina: Mamré, el amorreo; así al menos lo transmite Gen
14:13.24. Una o varias encinas35 fueron allí el signo externo de un lugar
sagrado. El sitio pudo haber sido ya un santuario cananeo. La Biblia presenta a Abraham alzando un altar
junto al terebinto de Mamré, estableciéndose allí y adueñándose del lugar
como un santuario para los israelitas. Lo que no quiere decir que Abraham no
plantase allí su tienda.
Que Jacob (según la narración bíblica) se
estableciese así mismo en Mamré podría deber-se a los relatos
intencionadamente fusionados de los profetas-sacerdotes (¿sikemitas?),
interesados en crear una tradición unitaria para todas las tribus de la liga. Con ello el
santuario de las tribus abrahámicas se convirtió también en santuario de las
tribus jacobitas, aunque para ello también Jacob tuviera que tomar posesión
del lugar.
El santuario de Mamré se afianzó en la
historia; en ese santuario natural se piensa cuando se habla de Hebrón en las
historias de David: cuando David se hizo nombrar rey y cuando su hijo Absalón
pretendió la realeza alzándose contra su padre. Fue precisamente el antiguo
santuario de Abraham y del patriarca Judá, cuya tradición era tan fuerte, el
que en ocasiones se impuso a la nueva capital de Jerusalén, elegida por
David.
A unos 5 km al norte de Hebrón, en
ramet el-Halil, se excavó el año 1928 un recinto sagrado, que en general se
ha identificado con el antiguo santuario de Mamré. Las ruinas muestran obra
de fábrica herodiana y constantiniana, por lo que cabe suponer que Herodes el
Grande convirtió el lugar tradicional del patriarca israelita Abraham en un
monumento rememorativo, como lo había hecho también en Hebrón. Ese monumento
lo habría renovado el emperador Constantino.
El recinto excavado tiene una fuente, que
constituye un argumento de singular valor para la localización del santuario.
Y allí debieron de surgir después la encina o el pequeño bosque de encinas.
Pero difícilmente cabe suponer que el espacio marcado con losas señale el
punto en que se alzaba el terebinto de Abraham; más bien debió de ser Herodes
el que plantase de nuevo el árbol conmemorativo. La cerámica encontrada sólo
confirma los asentamientos en torno al 2500 y al 1200 a.C., y no
específicamente para la época de Abraham (hacia el 1750 a.C.); pero esa
ausencia no dice nada en contra de los datos bíblicos; a lo más no los
confirma.
Ramet el-Halil queda al este del wadi
el-Halil, mientras que los cruzados señalaron como encina de Abraham la que
se encuentra a más de 2 km
al noroeste de Hebrón y al oeste del wadi. Allí se levanta un monasterio
ruso, en que tal versión viene repitiéndose hasta hoy.
MAQUERONTE.
Esta fortaleza la construyó el rey
Alejandro Janneo (103-76 a.C.),
cuando ensanchó y fortificó el territorio judío al este del Jordán y del mar
Muerto. En el ángulo de la región oriental del mar Muerto y en la orilla
septentrional del Amo levantó una fortaleza sobre la altiplanicie de Moab
para proteger el país contra los ataques de los nabateos expansionistas. Los
romanos la arrasaron el 57 a.C.,
pero Heredes el Grande volvió a reconstruirla como fortaleza y palacio. A su
muerte la
heredó Herodes Antipas, el soberano territorial de Jesús.
Flavio Josefo (Antigüedades 18,5,2)
presenta Maqueronte como el lugar de la prisión y ejecución de Juan Bautista.
La fortificación cananea de Meguiddó, al
borde nororiental del macizo del Carmelo, fue una fortaleza para defensa de
la gran ruta comercial que desde Egipto, pasando por Siria, iba hasta
Mesopotamia, y que cruzaba la llanura de Yizreel. Egipto se apoderó de ella (1479 a.C.). Hasta después
de la época de los jueces no consiguieron los israelitas conquistar Meguiddó.
Fue David el que sometió la ciudad, que por entonces era filistea. Mediante
la prestación personal Salomón hizo reconstruir los muros de la fortaleza
(1Re 9:15), que además quedó convertida en campamento para carros de guerra.
Las columnas y cimientos de las caballerizas y tal vez también los almacenes,
así como las gigantescas puertas en tenaza, certifican todavía hoy la
actividad constructora de Salomón.
Los arqueólogos han comprobado en
Meguiddó no menos de veinte asentamientos. Los estratos inferiores (XX-XIX)
pertenecen al calcolítico (que empezó aproximadamente el 3400 a.C.); el estrato v
corresponde al período filisteo, que coincide con la primera época israelita
(hacia el 1200 a.C.);
el estrato IV certifica de inmediato el período de David-Salomón (desde el 1000 a.C.): en él se
encuentran huellas de las grandiosas instalaciones militares de la guarnición
salomónica de caballos y carros de guerra. El gran túnel para el agua formaba
ya parte de la fortificación cananea, y Salomón no hizo sino renovarlo.
Al tiempo de la división de los dos
reinos, Meguiddó quedó incorporada al reino del norte. En las excavaciones de
la Sociedad Alemana
para Palestina antes de la primera guerra mundial se encontró también en tell
el-Mutesellim (e.d., Meguiddó) el famoso sello en piedra de Se-ma, el
“siervo” (ministro) del rey Yeroboam II con escritura hebrea antigua.
El rey Yosías intentó una vez más
apoderarse de Meguiddó; pero cayó en la batalla contra el faraón Nekó cuando
buscaba defender su independencia. Murió a las puertas de Meguid-dó.
La designación de “tierra entre los ríos”
(griego: potamos = “río”) indica hasta qué punto era decisiva a los ojos del
hombre antiguo la presencia e influencia de los ríos Éufrates y Tigris para
el país. Aunque el nombre designa propiamente los territorios entre los dos
ríos, más tarde — aunque todavía en la antigüedad — el topónimo se aplicó
frecuentemente para designar todo el territorio entre el desierto arábigo y
la montaña iraniana. En el vocabulario bíblico el nombre aparece por vez
primera en la versión griega de los Setenta, y como traducción de “Aram de
los dos ríos,” indicando sólo la parte noroccidental de la actual Mesopotamia,
el territorio entre el Éufrates y el Habor.
Mesopotamia es el espacio geográfico en
el que se sucedieron varios grandes imperios, y con cuyos sucesivos
enfrentamientos contra los vecinos y contra Egipto estuvo conectada la
historia de los israelitas. De Mesopotamia descendían también ellos, pues de
allí habían emigrado sus patriarcas; sus leyes estuvieron fuertemente
influidas por las mesopotámicas; los asirios, que destruyeron el reino
israelita del norte, fueron uno de los grandes imperios mesopotámicos, al que
sucedió el imperio de los caldeos o “imperio neobabilónico,” que a su vez
cedió ante el gigantesco imperio de los persas. Fue el imperio neobabilónico
el que destruyó el reino de Judá, siendo los persas los que permitieron la
reconstrucción de la comunidad judía de Jerusalén.
En todos los mapas del Próximo Oriente
suele destacarse perfectamente la franja mesopotámica, de unos 200 km de ancha.
MUERTO, MAR.
La Biblia lo llama por lo
general “mar de la Sal” (y también mar Oriental, en oposición al Occidental,
que es el Mediterráneo; o mar del desierto); para los romanos fue el (lacus)
Asphalti-tes (lago de Asfalto). Desde el siglo n cristiano se impuso la
designación de “mar Muerto.”
Su superficie está a 392 m bajo el nivel del
Mediterráneo, siendo el lugar más hondo de la superficie terrestre.
La cuenca septentrional alcanza una
profundidad de hasta 401 m,
mientras que al sur de la
“Lengua” (o península de Lisán) la profundidad es escasa,
de sólo unos metros. Esa cuenca meridional es probablemente el lugar de las
ciudades sumergidas por un terremoto, y especialmente de la ciudad de Sodoma.
El mar Muerto es un mar interior, sin
conexión alguna con el océano. Sin la evaporación habría inundado hace mucho
tiempo su entorno; pero la evaporación es tan fuerte en la cuenca marítima,
que las masas de agua que aportan el Jordán, el Arnón y los numerosos wadis
de la ribera oriental se evaporan en el mismo día. Como todos los caudales
aportan sal, el mar Muerto es cada vez más salado; en él no pueden vivir los
peces. El contenido de sal alcanza alrededor del 25 por ciento (la media del
océano es del 4 % aproximadamente).
También en la época bíblica se utilizaba
el “mar de la Sal” como salinera. Además, y sobre todo en la parte
meridional, el suelo expulsa diversos derivados del petróleo, que se
endurecen en la superficie y se depositan en la orilla; ese asfalto (betún)
se emplea sobre todo en la construcción de barcos, y también de casas, cuando
se quieren calafateos sin fugas.
Algunos datos: longitud, 85 km; anchura máxima 15,7 km; profundidad
máxima, 401 m;
superficie, 945 km2.
El nombre de este asentamiento aparece en
las versiones siria y griega de la Biblia como Nain (Lc 7:11). Por el
contrario en el midrás Genesis-Rabba se le deriva de Na’im (es decir,
“amable”); el nombre corriente en tiempos de Jesús podría haber sido, pues,
Na’im. Sus pobladores mahometanos actuales, que apenas llevan allí doscientos
años, designan el lugar Nein (vul-gar: Nen).
Hoy ya no se puede encontrar en Naím
ninguna nota amable. Es un pequeño montón de ruinas miserables, con una
capilla en la que se venera el lugar del milagro de Naím, y que se levantó en
1880 en el punto en que se alzaba una iglesia de los cruzados ya destruida.
Supuesta-mente la iglesia cruzada habría estado sobre la casa de la viuda,
cuyo hijo resucitó Jesús. Los franciscanos del Tabor celebran allí de vez en
cuando algún servicio litúrgico.
Las dimensiones de la antigua Naím
no han podido establecerse hasta ahora. Los restos de ruinas que se han
encontrado más allá de la aldea no son probablemente restos de edificios del
tiempo de Jesús. No ha podido descubrirse hasta ahora ninguna puerta, aunque
en 1865 aún pu-dieron verse huellas de una muralla de la ciudad (Tristam, The
Land of Israel, Londres).
Naím está en la preterraza septentrional del
monte Dahi (dyebel el-Dahi), de 515
m sobre el nivel del mar y hermano gemelo del Tabor;
queda pues entre ambos montes, aunque al pie del Dahi. Los primitivos
peregrinos cristianos dieron a ese monte el nombre de Hermón (Hermonim,
“pequeño Hermón”), porque el Sal 89/88:13 canta: “El Tabor y el Hermón
ensalzan tu nombre.” Se creyó, en consecuencia, que se trataba de dos
montañas vecinas. Pero el Salmo piensa en el verdadero Hermón.
La fuente de caudal abundante fertilizaba
ya entonces las tierras al noroeste del asentamiento. Olivos e higueras le
confieren su marca, destacando su follaje oscuro sobre los campos de trigo de
la llanura de Yizreel. Eso tal vez podría haber motivado el topónimo de lugar
“amable.”
La ciudad antigua de Naím pudo haber
tenido dos puertas: una al oeste, llamada tal vez Puerta del Agua, porque
conducía a la fuente, en dirección a la llanura y a la ruta noroccidental,
camino de Nazaret. Y otra puerta al este, hacia Endor y mirando hacia el
camino que conducía en dirección nordeste. A través de esa puerta oriental
pasó ciertamente el cortejo fúnebre del joven de Naím, pues que las antiguas
tumbas rupestres, en una de las cuales deberían de haberlo sepultado, quedan
al nordeste: en la falda del Dahi. Todavía hoy pueden verse algunas de tales
tumbas.
NAZARET.
En las listas de reparto del libro de
Josué no se nombra ninguna ciudad o aldea de Nazaret en Galilea. Fue un
asentamiento absolutamente insignificante, que tal vez se fundó en la época helenística,
hacia el 300 a.C.,
por las gentes de algún lugar cercano — quizá de Yafa, distante 3 km — como un asentamiento
agrícola o tal vez como avanzadilla de vigilancia, pues nazar significa
“guardar,” “custodiar.” Los tipos de tumbas excavados confirman a Nazaret
como asentamiento de los dos o tres siglos anteriores al cristianismo, al
menos por lo que se refiere a los habitantes judíos. La insignificancia de
Nazaret y la carencia de tradición puso en labios de Natanael la pregunta:
“¿Puede salir algo bueno de Nazaret?” (Jn 1:46).
El único lugar de Nazaret que cabe
señalar como punto auténtico en el que estuvieron Jesús y María es la fuente;
y desde luego no la que se encuentra en la carretera actual hacia Tiberíades,
sino el manantial cubierto de edificaciones en las proximidades de la iglesia
ortodoxa de San Gabriel. El pilón que se encuentra bajo dicha iglesia no es
tampoco el pilón del tiempo de Jesús, pero está unido al genuino y no
desplazable por medio de un pequeño canal subterráneo.
Todos los otros lugares de Nazaret son
simples lugares venerables que no se apoyan en tradiciones fundadas. Hemos de
suponer que la aldea antigua estaba en las primeras pendientes sobre el
zócalo del valle, donde se encontraron, al construir la iglesia de la Anunciación
en el siglo XVIII, unas pequeñas cisternas y unos silos de tierra junto a las
viviendas.
Así pues, el lugar de la casa de María y
la vivienda de la sagrada familia de Jesús sólo pueden determinarse de manera
muy genérica: en algún lugar de las primeras pendientes sobre el zócalo del
valle, o vaguada. Por el contrario, la señalización de un lugar como “taller
de José” es una piadosa fantasía, porque apenas cabe suponer que José tuviera
un taller.
La sinagoga actual puede muy bien
levantarse sobre el sitio en que estuvo la sinagoga de tiempos de Jesús; al
menos parece haber estado en el recinto de las viviendas primitivas. Los
datos de la tradición confirman además la ubicación de la sinagoga en los
lugares de asentamiento antiguos.
Por otra parte, no son posibles las
localizaciones de la abortada lapidación de Jesús y los denominados “montes
del salto.” El “monte del despeñamiento” queda demasiado lejos de Nazaret y
parte del falso supuesto de que se quiso matar a Jesús despeñándolo por un
precipicio.
Pero en Lc 4:29 se trata de la conducción
de Jesús a un lugar para apedrearlo; la lapida-ción se inició simplemente con
un despeñamiento desde una pequeña altura (de 4 ó 5 m). Como “monte del
despeñamiento” sólo puede pensarse en nebi Sa’in, sin que pueda señalarse un
punto determinado; ese nebi Sa’in es el monte a cuyos pies se construyó ya
entonces Nazaret, que hoy se ha extendido hasta la cima.
El nombre de este monte en el territorio
al este del Jordán se ha conservado en el topónimo árabe dyebel en-Neba (806 m); pero es dudoso que
la Biblia se refiera a ese monte, que que-da a unos 20 km al este de la
desembocadura del Jordán. Dt 32:49 y 34:1 menciona el Nebó como el monte en
que murió Moisés, y desde cuya cima Dios le habría mostrado la tierra prometida.
El Nebó forma parte de la cordillera
septentrional de Abarim, cuyo nombre significa “lo que está al otro lado,”
siendo una designación que supone la ubicación del que habla al oeste del
Jordán. Según cuenta la Biblia, en la montaña de Abarim tuvieron los
israelitas su penúltimo acampamiento en su marcha de aproximación desde
Egipto a Canaán.
El nombre de Nebó probablemente hay que
derivarlo de Nabú (“hablador”), nombre del dios babilónico de la sabiduría y
de la elocuencia.
Los moabitas, en cuyo posterior territorio es-taba el Nebó,
habían emigrado allí desde Babilonia.
La tradición judía cuenta que el profeta
Jeremías escondió la tienda y el arca de la alianza en una cueva del monte
Nebó después de la destrucción de Jerusalén.
NÍNIVE.
El cazador y constructor de ciudades
Nimrod aparece en Gen 10:11 como el padre de Nínive. El texto podría apuntar
a un rey fundador de ciudades, cuya imagen se convirtió en una deidad
dominadora de los dragones; y el dragón es el Tigris. Nínive se alzaba en la
ribera oriental del Tigris medio.
En el ciclo de las historias bíblicas,
Nínive apareció hacia el año 1350
a.C., al ser con-quistada por los asirios; bajo los
mismos la ciudad se llamó Ninua o Nina (tal vez con la significación de
“vivienda”); Nin(i)ve es la transcripción hebrea.
El rey asirio Sanherib o Senaquerib (705-681 a.C.), sucesor del
destructor de Samaría, hizo de Nínive su residencia preferida y la adornó con
construcciones suntuosas. En su período de esplendor, desde aproximadamente
el 700 a.C.,
la capital debió de ocupar una extensión de 6,25 km2.
Las excavaciones han sacado a la luz en
la biblioteca del rey asirio Assurbanipal (668-625 a.C.) un material de
incalculable valor para el estudio comparativo de la Biblia. En 25 000
tablillas de arcilla nos han llegado cartas y contratos del rey, léxicos,
gramáticas, textos, de oraciones, sentencias oraculares, descripciones
astronómicas y astrológicas, exposiciones geográficas, códigos y textos
literarios. En dicha biblioteca se encontró también la Epopeya de Gilgamés y
un texto babilónico sobre la creación.
El año 612 a.C. Nínive fue
conquistada por los medos y los babilonios.
En el libro profético de Jonás, Nínive es
la ciudad en que Jonás ha de predicar. En el caso de ser ese personaje el
mismo que el profeta Jonás del rey israelita del norte, Yeroboam II (783-743 a.C.), Jonás habría
sido enviado (¿por Yeroboam II?) a una Nínive que todavía no era la capital
preferida de los asirios, cosa que sólo lo fue después de la destrucción de
Samaría. De ahí que la relación Jonás-Nínive habría que verla así:
El Jonás histórico fue enviado a Asiría,
tal vez a Kalah, al sur de Nínive, con un cometido político. Como el rey no residía
en Nínive, Jonás no se encaminó allí. Cuando se escribió el libro de Jonás,
al tiempo de la cautividad de Babilonia, como un libro con intenciones
misioneras, como libro del anuncio de la vocación de los gentiles, se le
relacionó con el Jonás histórico (es decir, “paloma,” el que mora en la casa)
y, en la narración, se le envió a Nínive. Pero el narrador no se preocupó ni
de la relación histórica correcta de Nínive y el profeta, ni de la Nínive
histórica en sí. Para el narrador Nínive había pasado a ser el símbolo de la
ciudad deslumbrante e impía y el exponente del gentilismo alejado de Dios,
que pese a todo ha de confiar en la misericordia divina.
Según Tob 1:10, en Nínive vivió también
el anciano Tobit.
Se llama monte de los Olivos al macizo
montañoso al este de Jerusalén, frente al monte del templo; entre el pie de
los montes de Jerusalén y el monte de los Olivos se abre el valle del Cedrón.
El macizo montañoso tiene tres cimas, aunque de altitud modesta.
En tiempos del AT y en tiempos de Jesús y
de los apóstoles grandes zonas del macizo montañoso estaban cubiertas de
olivares; de ahí la denominación de “monte de los Olivos.” Su posición
abierta frente al templo sugirió la imagen del profeta Zacarías: “Sus pies
(de Yahveh) se posarán aquel día (el del juicio) en el monte de los Olivos”
(Zac 14:4). Quizá por ello destacan tanto los evangelistas las relaciones de
Jesús con el monte de los Olivos, pues con él se anunciaba el día del Señor.
Al sudeste del monte estaba Betania, donde
Jesús gustaba de hospedarse. En el monte de los Olivos inició su entrada
triunfal en Jerusalén, aunque el lugar en que montó sobre la burra no puede
fijarse con seguridad.
En el monte de los Olivos estaba también
la “finca llamada Getsemaní” (Mt 26:36; Mc 14:32). Estaba cerca de la
bifurcación, en que se dividían los tres caminos desde el valle del Cedrón,
al pie del monte, para reencontrarse después en la cima. El nombre griego
de la finca se relaciona con el hebreo gat semanim (almazara, prensa de aceite).
Dónde estaba en concreto esa finca no lo sabemos, pero el hecho de
denominarse por referencia a una molturadora de aceitunas, de las que sin
duda había varias en el monte de los Olivos, bien podría obedecer a que se
trataba de una almazara especialmente conocida o grande. Hasta hoy puede
verse allí una cueva (de 17 x 9
m) en la que pudo haber estado instalada una prensa o
lagar, ya que el buen aceite sólo puede obtenerse en un sitio fresco, por lo
que se prefería una cueva para la molturación de las aceitunas.
Después de la última cena Jesús marchó,
“como tenía por costumbre” al monte de los Olivos. Esto sólo puede significar
que el huerto de Getsemaní era un lugar en que Jesús se recogía a menudo. Y
no sin razón puede pensarse que una cuevalagar era el lugar habitual de Jesús
en que podía entretenerse con sus discípulos y adoctrinarlos y en el que
también podía pasar tranquilamente la noche.
Todos los discípulos, a excepción de
Judas, fueron con él. Ocho quedaron en la cueva, y con tres de ellos se adentró
en el terreno abrupto, en el que Jesús personalmente avanzó aún un poco más.
Pero la traición de Judas debió ocurrir delante de la cueva, después de que
Jesús, con Pedro, Santiago y Juan, hubiera regresado hasta donde habían
quedado los otros discípulos. Ese lugar lo conocía Judas.
Sobre ese conocimiento de que Jesús tenía
predilección por el monte de los Olivos como lugar de reposo se han
establecido una serie de localizaciones en dicho emplazamiento: por ejemplo,
el lugar donde habría enseñado el Padrenuestro y habría pronunciado sus
enseñanzas sobre el escándalo. Pero todas ellas no pasan de ser meras
suposiciones con escaso fundamento, y los correspondientes lugares de
peregrinación sólo pueden considerarse como lugares que han merecido una
veneración especial, pero no escenario de tal o cual acontecimiento o
enseñanza. Fuera de lo dicho, lo único cierto es que Jesús pronunció en el
monte de los Olivos su lamento sobre Jerusalén y su enseñanza sobre el tiempo
final: “sobre el monte de los Olivos que se alza frente al templo” (Mc 13:3).
Como tradición segura sobre el monte de
los Olivos, confirmada por el Evangelio de Lucas y los Hechos de los
apóstoles, puede también considerarse la que hace del monte de los Olivos el
escenario de la ascensión de Jesús al cielo: “Después los llevó hasta cerca
de Betania; y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se
apartó de ellos y era llevado al cielo” (Lc 24:50-51). “Volviéronse entonces
a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que sólo dista de Jerusalén
lo que se puede andar en sábado” (Act 1:12). Sin embargo, los puntos que se
señalan como “lugares de la ascensión” no pasan de ser localizaciones
piadosas. Más importante es también aquí el aprovechamiento kerigmático del
tema del monte de los Olivos como motivo mesiánico: el día del Señor se
posarán sus pies sobre el monte de los Olivos.
ROJO, MAR (MAR DE LOS JUNCOS).
El concepto de “mar Rojo” es muy difuso
para la mayoría de los lectores y oyentes de las historias bíblicas.
Geográficamente el mar Rojo, cuyos dos brazos septentrionales (el golfo de
Suez al oeste y el golfo de Aqabá al este) rodean la península del Sinaí,
constituye un mar tributario del océano índico. En la antigüedad y en la edad
media ese mar se designaba corrientemente como Sinus Arabicus. Fue a partir
del siglo XVI cuando se le llamó Mare Rubrum (mar Rojo), recogiendo una
antigua designación griega: erythra thalassa, que efectivamente puede
significar “mar Rojo,” pero que originariamente se refería a los eritreos que
vivían en sus orillas. Ese nombre lo utilizan en parte los textos griegos del
AT y del NT, por ejemplo, Act 7:36:“Éste (Moisés) fue quien los sacó, obrando
prodigios y señales en la tierra de Egipto y en el mar Rojo.” Y en la carta a
los Hebreos: “Por la fe pasaron por el mar Rojo, como por tierra seca”
(11:29).
La Biblia hebrea habla del
yam-suf (Éx 13: 18), es decir, el “mar de los juncos,” “mar de los carrizos.”
A través de ese yam-suf pasaron los hebreos cuando huían de sus perseguidores
egipcios; pero no puede haber sido el mar Rojo en el sentido actual. Y en tal
caso, ¿qué aguas pueden designarse atinadamente como “mar de los juncos”?
Cuando Moisés condujo a su pueblo hacia
el desierto, tomó el camino — según cuenta la Biblia — en dirección a Etam.
Toda la línea entre el lago de Menzale al norte y el golfo de Suez al sur era
una larga depresión pantanosa, interrumpida aquí y allá por lagos, y con
vados sólo en algunos puntos. Por algún motivo el vado de Etam no estaba
practicable. Por la ribera occidental de los lagos Amargos, y rodeando el
vado casi siempre practicable de la ruta comercial egipcio-arábiga, el camino
alcanzaba la punta del golfo de Suez. A la altura del lago Amargo meridional
se montó el primer campamento. La Biblia
menciona como lugar de la gran acampada: delante de Pi-Hajirot, entre Migdol
y el mar, frente a Baal-Sefón (Ex 14:2).
Como ese lago Amargo del sur, que
ciertamente era un “mar de juncos,” también es el agua del paso, teniendo en
cuenta el uso lingüístico actual no habría que decir que los israelitas
llegaron al mar Rojo, ni que cruzaron el mar Rojo. Y cuando tanto en pasajes
del AT como del NT se habla del “mar Rojo” siguiendo el uso lingüístico
griego, no habría que pasar por alto la diferencia entre mar de los Juncos y
mar Rojo.
El porqué se empezó a designar las aguas
del paso como “mar Rojo,” podría tal vez explicarse por cuanto que las aguas
en la línea de continuación de la punta del golfo de Suez se de-signaban
simplemente con el nombre del mar al que pertenece también el golfo de Suez.
El año 880 a.C. el rey Omrí de
Israel (reino del norte) dio a su nueva capital el nombre de Somron (”torre
de guardia,” “atalaya”), que había planeado sobre un cono desierto, en el
territorio occidental de la montaña de Efraím. (1Re 16:24 deriva el topónimo
del nombre del dueño cananeo, Semer, al que Omrí compró el terreno). La forma
griega de esa Somron es “Samaría.” El cabezo se eleva 100 m sobre la llanura
circundante.
La Samaría de Omrí y de sus sucesores
constaba probablemente de la ciudad palatina (2,2 ha), que se alzaba
sobre la altiplanicie y tenía una muralla propia. Tal vez fue ésa en los
comienzos la ciudad de Samaría: una ciudadela fortificada como residencia del
rey y sede del gobierno. El palacio probablemente se construyó según modelo
asirio. Una casa (¿parte del palacio?) fue decorada por el rey Ajab con
láminas talladas de marfil (1Re 22:39); por lo demás, en las excavaciones de
1930-1935 se encontraron algunas de esas tablillas de marfil. En el curso de
las primeras décadas de su construcción la ciudad creció monte abajo. Para
esa ciudad israelita ya des-arrollada cabe suponer una extensión de 5,5 ha.
La elección del lugar estuvo condicionada
por su posición, que permitía una cómoda conexión con el sur (a través de
Sikem) como con el mar y con las ciudades fenicias, con las que Omrí mantenía
relaciones comerciales y conexiones políticas. También como sede del gobierno
ocupaba Samaría una posición central. El rey Omrí construyó en la ciudadela
un templo a Yahveh, con toda seguridad al estilo de Bet-El y Dan, y con
estatuas de becerros; y Ajab, su hijo (875-854 a.C.) añadió un templo
a Baal: un santuario para la
reina Jezabel, que Yehú destruyó después de extirpar a la
dinastía de Omrí.
Después que los asirios saquearon el
reino del norte hasta el punto de que sólo quedó un Estado trunco de Efraím (733 a.C.), la capital del
mismo fue Samaría. Al finalizar la guerra asiria la fortaleza de Samaría
resistió casi tres años el asedio, hasta que en la primavera del 721 cayó
también aquel último bastión de Israel.
La ciudad, lo mismo que el resto del
país, fue poblada con colonos extranjeros; pero mientras que en el resto del
territorio aquellos colonos eran por lo general campesinos, en la ciudad fue
sobre todo la clase dirigente la que estaba formada por extranjeros (“el
ejército de Samaría”); Samaría pasó a ser la capital de la provincia asiria
“Ciudades de Samaría.”
La ciudad helenística de la época de
Alejandro Magno era al menos dos veces mayor que la antigua Samaría;
Alejandro había establecido en ella a gentes macedonias. Pero tras las
repetidas destrucciones y reconstrucciones de los Ptolomeos, la ciudad sufrió
una demolición singularmente grave con las guerras de conquista de los Macabeos
(107 a.C.),
sin que los Macabeos tuvieran ningún interés en su reconstrucción. Y la
ciudad habría continuado en ruinas de no haberla reedificado los romanos
(desde el 63 a.C.).
Formando parte del reino de Herodes el Grande (37-4 a.C.), experimentó Samaría
el período culminante de su existencia y civilización. La ciudad siguió
creciendo y pronto ocupó un territorio de 80 ha. Fue construida con
amplitud y dotada de avenidas y construcciones suntuosas. En el sitio del
antiguo altar de Baal — en la acrópolis — Herodes levantó un templo a Augusto
y dedicó la ciudad entera en honor del dueño de Roma, de Augusto (griego:
sebastos) por lo que le dio el nombre de Sebaste. Al este del antiguo
territorio de asentamiento se encuentra todavía hoy un sitio llamado
Sebastiye. En los años 1930-1935 se sacaron a luz restos del foro y de una
sala romana de audiencias, un teatro y un gimnasio, que dan testimonio de la
Samaría concebida por los romanos. Esa política romano-pagana de Herodes en
Samaría respondía de lleno a la del emperador, que con la transferencia de la
ciudad a He-redes pretendía tener en cuenta la importancia de la población no
judía (y hasta macedónica).
Luego que Herodes Antipas hizo decapitar a
Juan Bautista, el cadáver lo enterraron en Sebaste (Samaría) los discípulos
de éste. En las excavaciones, extramuros de la ciudad romano-herodiana,
apareció una iglesia en honor de San Juan, cerca del actual lugar de
Sebastiye, y que es un testimonio de la época bizantina. (En la gran mezquita
de Damasco se veneran unas su-puestas reliquias del Bautista; pero
probablemente son despojos de época cristiana.).
SAREFTÁ.
Ciudad fenicia de trabajadores del
cristal y puerto de mar en el territorio de Sidón (véase a continuación). El
topónimo hebreo Sarefat designa a toda la ciudad como “centro de fundición,”
pues saraf significa “quemar.”
En inscripciones extrabíblicas se la
designa con nombres parecidos: Sariptan (asirio), Zarputa (egipcio). El AT
recuerda el lugar como refugio del profeta Elías (1Re 17:9s).
Sareftá quedaba a 17 km al sur de Sidón y
también en la época cristiana fue un lugar de peregrinación muy frecuentado
por los devotos del profeta Elías.
En la genealogía de los hijos de Noé se
dice: “Canaán engendró a Sidón, su primogénito” (Gen 10:15), frase que
expresa el poder de los sidonios, que, aunque en época antigua tuvieron que
reconocer la soberanía de Egipto, pudieron ejercer a la vez su propia
autonomía. Hasta el año 1000
a.C. Sidón fue la ciudad fenicia más importante (“la pequeña Sidón”)
con un extenso territorio de soberanía (“la gran Sidón”);
de aquí que a menudo Sidón fuera sinónimo de Fenicia. Hacia el año 1000 a.C. perdió su
posición de primacía a manos de una ciudad fundada por los pro-pios sidonios
hacia el 1300 a.C.:
la ciudad de Tiro. Pero Asiría apoyó momentáneamente la causa de Sidón para
contrapesar la prepotencia de Tiro. Durante el imperio persa Sidón recuperó
por algún tiempo su poderío, llegando su influencia hasta Joppe/Yaffá; pero
hacia el 350 a.C.,
y tras varias tentativas de deserción del imperio persa, fue destruida por
Artajerjes II.
El nombre de “Sidón” se deriva de sid
(pescar), lo que responde perfectamente a su posición en una lengua de tierra
que penetra en el mar. Fue una ciudad marinera y pescadora.
En el período romano (tiempo de Jesús)
Sidón es un centro de la producción de vidrio (véase lo dicho sobre Sareftá).
Las excavaciones sobre el territorio
tierra adentro de Sidón han sacado a luz ricos sarcófagos, que certifican de
la suntuosidad de la vida sidonia, además del testimonio que representan
sobre la historia de dependencias de la ciudad.
Hacia el año 60 hubo en Sidón una
comunidad cristiana.
Muy a menudo se ha identificado el lugar
de Sikar, en que vivía la mujer samaritana que se encontró con Jesús en el
pozo de Jacob (Jn 4:5), con Sikem (véase a continuación). Pero esa
identificación difícilmente puede sostenerse. Sikem fue destruida el año 128 a.C., y la nueva Sikem sólo fue
construida por Tito el año 70 d.C. como Flavia Neapolis (actual Nablús). Así
pues, en tiempo de Jesús no hubo ninguna Sikem. El lugar árabe de Askar, que
dista aproximadamente un km del montón de ruinas de la Sikem antigua (tell
Balata), apunta por lo demás muy clara-mente a un asentamiento específico en
Sikar.
SIKEM.
Las excavaciones alemanas (iniciadas en
1913-1914) han demostrado que el territorio de la ciudad de Sikem estuvo
habitado desde aproximadamente el 2000 a.C. La ciudad fortificada la utilizaron
los hicsos durante su dominio de Palestina como punto de apoyo, a la vez que
ampliaban sus instalaciones de defensa. Más tarde los cananeos, al recuperar
la ciudad después del período hicso, construyeron una muralla imponente a la
vez que una ciudadela y un templo. Es posible que tales “cananeos” fuesen
arameos, que más tarde formaron parte de las tribus israelitas y que ya se
habían establecido en el país antes de que llegase el grupo procedente de
Egipto. De una conquista bélica de la ciudad por parte de los inmigrantes
nada cuenta la Biblia, aunque sí habla de un enfrentamiento de las tribus de
Simeón y Leví con los sikemitas.
Sikem estaba en el “cuello” (sekem) o
desfiladero entre los montes Ebal y Garizim, en la montaña de Efraím. Las
historias de los patriarcas hablan de sus estancias en las proximidades de
Sikem, con lo que tal vez se quería legitimar el lugar de culto de la encina
sagrada (encina del oráculo) como centro de culto de todas las tribus en
honor de Yahveh (en Gen 12:7 con Abraham, y en Gen 33:20 con Jacob).
Sikem, un lugar del territorio tribal de
Efraím, fue el escenario de la asamblea de Jos 24: en la que probablemente se
selló la fundación de la alianza de las tribus israelitas mediante la común
obligación de dar culto a Yahveh. Por eso se habla allí habitualmente de la
“renovación de la
alianza.” Por entonces estaba también en Sikem la tienda de
la alianza con la ley común de las tribus; con lo cual fue Sikem el primer
santuario común y un primer centro de las tribus reunidas y aliadas.
El prestigio de Sikem se deduce del
episodio de Abimélek (Jue 9). Cuando Abimélek (que en Jue 9 es presentado
como hijo de Gedeón) quiso proclamarse primer rey de Israel, se estableció en
Sikem intentando establecer el reino con la reunión de las aldeas que le
reconocieron. Pero la organización tribal hizo fracasar tal propósito. Cuando
Roboam, hijo de Salomón, quiso que también las tribus norteñas lo proclamasen
rey, se dirigió así mismo a Sikem y también Ye-roboam se hizo ungir y coronar
en Sikem. La ciudad era, pues, una especie de avanzadilla de las tribus del
norte. De ahí que el primer rey de las mismas la convirtiera en la capital
del reino. Pero la designación posterior de otras ciudades como residencia y
la reconstrucción de Samaría como residencia real y capital del reino del
norte (el año 880 a.C.),
recortaron la importancia de Sikem. Y cuando, tras la destrucción de Samaría,
no fue Sikem sino Bet-El la que se convirtió en el santuario yahvístico de la
población mestiza, lo fue con toda tranquilidad y sin la oposición de Si-kem.
Sólo cuando los samaritanos obtuvieron su propio santuario en el Garizim,
volvió Sikem a ocupar un primer plano, hasta que Juan Hircano la demolió el año
128 a.C.
Los romanos construyeron una nueva ciudad a unos 2 km más al oeste: Flavia
Neapolis, que los árabes llaman hoy Nablús.
La tumba de José, hoy santuario musulmán,
se presentó como la tumba de José el egipcio, cuyo sarcófago habrían llevado
consigo los israelitas llegados del país del Nilo (Gen 50:25; Jos 24:32).
Este motivo narrativo tal vez sólo surgió por la tumba de José en la que fue
enterrado algún héroe o sacerdote de “las tribus de José”; a juzgar por el
breve pasaje de Jos 24:32, el lugar de la tumba se convirtió por así decirlo
en el santuario fúnebre de todo Israel, que a través de Gen 50:25 se
relacionó con las historias de José. Ambos pasajes sorprenden por el hecho de
que cierran, por una parte, el libro del Génesis y, por la otra, el libro de
Josué. Ambos dan la sensación de ser añadidos posteriores, lo que daría mayor
fuerza a la hipótesis expresada.
El pozo de Jacob, en las tierras bajas de
Sikem, tiene importancia en el NT por la conversación de Jesús con la
samaritana (Jn 4:1-42). El texto afirma que Jacob excavó el pozo. Poco
importa que fuera un relato de Sikem; en todo caso ese pozo se encuentra en
el camino de Galilea a Judea, cerca de Sikem.
El pozo no era una reserva de agua ni
para Sikem ni para Sikar (cf. supra), que ya la tenían en su territorio de
asentamiento. Pero Dalman informaba en su obra Orte und Wege Jesu, que muchos
habitantes de la región sacaban agua de aquel pozo por considerarla curativa;
y eso podría también haber inducido entonces a la samaritana de Sikar a ir al
pozo. Por otra parte, el pozo está en la ruta de las caravanas o de los
viajeros. Probablemente estaba pensado como pozo para un abrevadero, pues que
en la fuente local no se podía dejar beber al ganado de los pastores que
cruzaban o a los camellos de los mercaderes de paso; las fuentes locales eran
ya de por sí muy visitadas. Pero seguramente que durante las labores del
campo también la gente de los alrededores utilizaba el pozo que estaba en el
campo. También la samaritana pudo acudir al pozo en busca de agua para los
trabajadores del campo.
Si puede, por tanto, ponerse en duda que
“el pozo de Jacob” fuera realmente un pozo del patriarca, como pozo del
diálogo de Jesús con la samaritana hay que suponerlo con toda seguridad.
Cuando uno se sentaba junto a él, podía ver el Garizim, al que la samaritana
se refirió, y la aldea de Sikar, en que la mujer habitaba y que distaba como
un km. Hoy el pozo está en la cripta de una iglesia que empezaron a levantar
los bizantinos.
SILÓ.
Lo interesante para el lector de la
Biblia no es el lugar de Siló — hebreo: Silo; hoy Selun —, sino el recinto
sagrado de ese asentamiento antiguo. Selun queda a 18 km al sur de Nablús y a 30 km al norte de
Jerusalén.
Se menciona el santuario de Siló con el
arca de la alianza en tiempos de Elí, cuando Samuel servía allí como un joven
nazireo (1Sam 1-3). Los israelitas sacaron de allí el arca para que les
acompañase en la guerra contra los filisteos; pero en dicha guerra el
santuario fue destruido y el arca ya no regresó más allí (1Sam 4:1-11). Los
daneses han excavado en Siló y han podido establecer su destrucción hacia el 1050 a.C., lo que
corresponde a la época de la mentada guerra filistea.
La ciudad de Siló se asentaba sobre una
colina, mientras que el santuario estaba a 500 m al sur de la ciudad,
junto a una fuente, y según parece en una viña. Pero el santuario no era una
tienda de la alianza, sino un templo. Por lo demás, las tradiciones no
concuerdan al respecto. Narraciones posteriores también gustan de trasladar
el arca de la alianza a Siló.
Según el libro de Josué (18ss), en Siló
se hizo el último reparto de la tierra y se fijaron las ciudades de asilo y
las levíticas; todo ello junto a la tienda de la alianza. Esa
localización prueba poco acerca de la tienda de la alianza, pero sí certifica
que Siló se contaba entre las primeras conquistas o logros de Israel en
Canaán.
El recinto sagrado de Siló pudo
perfectamente haber sido ya anteriormente un lugar sagrado de los cananeos.
Los israelitas (¿de los alrededores?) peregrinaban una vez al año hasta Siló,
según cuenta 1Sam 1:3 al narrar las peregrinaciones de los padres de Samuel.
Probablemente esa fiesta de peregrinación coincidía con la festividad de
Pascua, que tal vez en Siló acogió la tradición de peregrinaje de la fiesta
cananea de la cosecha.
Hay dudas sobre si ha de considerarse a
Siló como el santuario central. En ningún caso fue una especie de antecedente
de Jerusalén, sino a lo más un santuario destacado por tener, o mientras
tuvo, el arca con la Ley.
No está todavía claro si el topónimo
“Sinaí” designó originariamente toda la montaña de la península entre el
golfo de Suez y el golfo de Aqabá o si sólo indicaba una cima de esa
cordillera.
El actual nombre de “Sinaí” y “Península
del Sinaí” no puede aportar luz alguna al respecto, porque deriva de un uso
lingüístico popular, con un apoyo muy genérico en los nombres bíblicos.
La Biblia se refiere al
monte del decálogo como a un “monte de Dios.” Si la elección de ese monte
estuvo tal vez motivada por la designación tal vez más antigua de ‘el sadday,
no podemos afirmarlo de una manera segura; el “dios del monte” o “el dios
venerado en el monte” po-dría, por lo demás, ser una designación divina que
los hebreos emigrantes ya habían llevado a Egipto, por la que después — no ya
por obra de Moisés, sino en el curso de su estancia en Egipto — podrían
haberse referido al Sinaí como monte de Dios y monte de peregrinación.
El monte unas veces es llamado Sinaí y
otras Horeb. Doble designación que ha inducido a muchos errores, pero que
también ha provocado numerosas hipótesis. Aquí sólo podemos referirnos a
algunos puntos fundamentales de la controversia.
“Monte de Dios” indica que la imponente
cordillera de la península la veían los pobladores nómadas y seminómadas de
la región como el lugar de estancia de un dios. Tal vez veneraban allí al
dios lunar Sin, del que espontáneamente se habría derivado el topónimo Sinaí.
Horeb, por el contrario, parece ser una designación característica del monte;
horeb en lengua cananea es “el seco,” “el duro,” “el solitario”; tal vez
también “monte de farallones.” Tales topónimos, de los que uno es nombre
divino y el otro un indicador de características, pueden muy bien haber
coexistido en el uso lingüístico.
El año 1899 Lagrange expuso la hipótesis
de que Horeb habría sido el nombre común de la cordillera, mientras que Sinaí
habría designado un monte particular. Como en el nombre de Sinaí se contiene
el nombre del dios lunar Sin, y la veneración de un dios tiene sentido ligada
a un monte determinado y preciso y no a toda una cordillera, la hipótesis
cuenta con muchas probabilidades de ser cierta.
Por otra parte, tampoco podemos pasar por
alto la indicación de la escuela de Wellhau-sen, según la cual el Horeb es el
monte de la legislación, sobre todo en el Elohísta y en el Deute-ronomista
(así, por ejemplo, en las narraciones sobre Elías el monte se llama Horeb;
cf. 1Re 19:9-18). De lo cual podría concluirse que el nombre de Sinaí (monte
de Sin) resultaba escanda-loso, y por ello se le sustituyó por el topónimo
característico de Horeb. En cambio el Escrito sa-cerdotal, a mediados del I
milenio, volvió a utilizar el nombre de Sinaí, quizá para imponer la ficción
literaria de que toda la Ley, hasta la última cláusula, procedía de los
tiempos mosaicos. Sin que con ello sancionase naturalmente el culto de Sin.
Para aclararlo, los redactores del Escrito sacerdotal podrían haber
introducido como conjetura la designación de la zarza ardiente con sene (zarzamora).
Pero, ¿cuál fue el monte de la cordillera
sinaítica en que se dio la Ley? ¿Dónde acampó el pueblo de la marcha por el
desierto? El monte de la legislación podría haber sido ras es-Safsafe (1994 m), ante el cual se
extiende hacia el noroeste la llanura en forma de V de er-Raha y fluye hacia
el nordeste el wadi ed-Deir, que llevaba agua (todos estos topónimos son
árabes). También la tradición ha localizado ahí los acontecimientos, aun
quedando pendiente si Moisés se retiró al que hoy se designa por su nombre
dyebel Musa (2244 m).
Tampoco otras cimas de la cordillera del Sinaí a lo ancho de la península del
mismo nombre contradicen al texto bíblico.
Finalmente, no debemos silenciar que el
Sinaí de la Biblia no es necesariamente el Sinaí de nuestra geografía actual.
Puesto que las peregrinaciones de los israelitas, tal como se encuentran en
la Biblia, son una construcción posterior; tales caminos en definitiva nada
dicen sobre la posición del Sinaí, que muy bien pudo haber estado en otra
cordillera, y sólo en la compilación de los relatos tradicionales se señaló,
al indicar la dirección de las peregrinaciones, que el Sinaí como monte del
decálogo, el famoso monte de Dios, debía de situarse al sur de la península
entre el golfo de Suez y el golfo de Aqabá.
Para la historia de la salvación no tiene
importancia alguna la ubicación del monte del decálogo. Lo verdaderamente
importante es que con el Sinaí se señala el monte de la legislación
fundamental que el pueblo de Israel recibió como Ley de Dios.
SODOMA.
La ciudad de Sodoma (Vulgata; en hebreo:
Sdom) fue la primera de una federación de cinco ciudades en el valle de
Siddim, como se designa en Gen 14:3 la región de la Pentápolis.
Frente a la hipótesis de algunos
especialistas, hoy la mayoría de los estudiosos ubica el citado valle en la
cuenca meridional del mar Muerto.
No es claro el significado de siddim.
Podría significar “llanura,” y en tal caso el topónimo podría referirse a la
época anterior a la destrucción de las ciudades. Mas también podría
entenderse como “demonios” o “destrucción,” y entonces la Biblia designaría
al valle de la destrucción con un topónimo que sólo pudo dársele después de
la hecatombe.
Las comparaciones y combinaciones de los
resultados debidos a la investigación literaria, geológica y arqueológica han
hecho verosímil la hipótesis de que las cinco ciudades de Sodoma, Gomorra,
Admá (Adama), Seboyim y Bela (Zoar) hubieran estado en el sitio que hoy ocupa
el mar Muerto y en las proximidades de su actual cuenca meridional.
Es verosímil así mismo que cuatro de esas
ciudades fueran destruidas en el “juicio punitivo contra Sodoma.” Bela
(Zoar), a la que Lot
huyó según la narración bíblica (Gen 19:22-23), no fue destruida, aunque no
sabemos cuál de los lugares actuales es el sucesor de la antigua Zoar.
La investigación geológica ha demostrado
como creíble un nuevo hundimiento del suelo hacia el 1900 a.C. (es decir unos
150 años antes de la época de Abraham) y a lo largo de la gran falla del Jordán,
cuyas víctimas habrían sido sobre todo las ciudades del valle de Siddim: “Tal
aniquilación se debió especialmente a un gran terremoto, que probablemente
fue acompañado de erupciones, rayos, liberación de gases naturales y un
incendio general” (Jack Finegan, Light from the Ancient Past, 1954). Hasta
aquella época el mar Muerto sólo llegaría hasta la “lengua” o estrechamiento
(hebreo: ha-lason; árabe: el-lisan), y la cuenca meridional sólo se habría
formado entonces; lo que coincide perfectamente con Gen 14:3: el valle de
Siddim, “que ahora se llama mar de la Sal.” Una referencia, si no a la certeza
histórica sí a la tradición del Israel antiguo, la proporciona la palabra del
profeta Sofonías, que hacia el 635
a.C. aludía a la ciudad sumergida en el mar de la Sal
con estas palabras: “Moab será como Sodoma..., campo de ortigas, mina de sal”
(Sof 9:2).
La investigación arqueológica (Nelson
Glück, W.F. Albright), con su estudio de los datos de superficie en las
orillas del mar Muerto y en los terrenos próximos del este, ha probado que
toda la región estuvo densamente poblada hasta el 2000 a.C., y que a partir
de esa fecha se va haciendo cada vez más ligero el poblamiento, hasta que
hacia el 1900 desaparece casi por completo y repentinamente durante seiscientos
años. De esa escasa población supo el narrador de las historias de Abraham,
de modo que antes de que Lot eligiera terreno pudo decir que toda la re-gión
del Jordán se extendía ante sus ojos “como un jardín de Yahveh” (Gen 13:10).
Así pues, el narrador traslada la inmigración de Abraham a la época en que el
país florecía, pero cuando ya la población iba disminuyendo poco a poco.
Mientras que la interrupción repentina
del poblamiento fácilmente puede relacionarse con la catástrofe, sigue siendo
un enigma por qué las aldeas y ciudades menores al este del mar de la Sal y
en el cercano Négueb desaparecieron ya en época temprana y los pobladores
volvieron a la vida nómada. Se ha buscado la solución al problema diciendo
que desde mucho tiempo atrás los movimientos sísmicos habían amenazado y
hasta destruido los asentamientos menores. Pero todo ello no pasa del terreno
de las hipótesis.
Un argumento fuerte en favor de la
localización de las ciudades sumergidas en la actual cuenca meridional del
mar Muerto y sus cercanías es la afirmación de que, con una posición
favorable del sol o de la luna sobre el suelo de la cuenca meridional (a unos
25 m de
profundidad), pueden verse árboles petrificados y muros cubiertos de costras
de sal. Cabe convencerse de ello y ver realmente tales fenómenos; pero el
embrujo de ese paisaje lunar hace a su vez sospechosa la fría observación.
Con demasiada facilidad se ve aquello que se quiere ver.
El nombre de la sumergida Sodoma
se conserva todavía en un monte gigantesco de sal, de 3 km de longitud, en la
ribera occidental de la cuenca sur del mar Muerto. Los árabes lo de-signan
hasta el día de hoy como dyebel Usdum.
Posiblemente el topónimo de “Sodoma”
tenga también algo que ver con la
sal. Los lingüistas israelíes lo hacen derivar de sde
‘adom, es decir, “campos rojos”; tales campos rojos se explicarían por un
microbio que todavía hoy enrojece las calderas secas. De lo cual cabría
deducir que también las gentes de la sumergida Sodoma
eran mineros de la sal y salineros, cosa perfectamente posible habida cuenta
del imponente macizo salitroso y de la proximidad del mar de la sal. No sabemos si las
viejas galerías de dyebel Usdum, que penetran hasta 300 m en el monte, y las
salas imponentes son formaciones salitrosas anteriores o si surgieron por vez
primera con los seísmos de hacia 1900 a.C.
Tampoco sabemos si la depravación de la
ciudad de Sodoma al tiempo del primer relato de las historias abrahámicas era
ya una tradición firme o si fue una mera invención narrativa para explicar la
destrucción de la ciudad; comoquiera que fuese, los nombres de Sodoma y
Gomorra eran ya en los tiempos de Israel lugares proverbiales de corrupción
moral. Cuando fueron aniquiladas, no se planteó ninguna duda de que “Yahveh
hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de Yahveh, desde los
cielos” (Gen 19:24), pues ¿quién sino Yahveh puede disponer de las fuerzas de
la naturaleza?
Algunos especialistas creen que las
ruinas de Teleilat-Ghassul, al norte del mar Muerto, serían las dos ciudades
destruidas de Sodoma y Gomorra. Para ello se apoyan sobre todo en Gen 19:27s:
“Abraham se levantó de madrugada y se fue al lugar donde había estado delante
de Yahveh, y mirando hacia Sodoma y Gomorra y hacia toda la tierra del
contorno, vio que el humo subía de la tierra como la humareda de un horno.”
Se ha comprobado que desde el punto que se considera como lugar del encuentro
se puede ver sí Teleilat-Ghassul, pero no la superficie de la cuenca
meridional del mar Muerto. Pero, aunque queramos entender Gen 19:27s en un
sentido absolutamente literal, ¿puede deducirse de dicho texto que Abraham
vio personalmente las ciudades y su destrucción? Otro argumento: el
poblamiento de aquellas ciudades cesa repentinamente en la época en cuestión;
pero habría que decir que por entonces casi todas las ciudades a la izquierda
del Jordán se despoblaron.
El Israel actual ha conectado con la
tradición favorable al sur y un nuevo asentamiento en la sinuosidad
suroccidental se llama Sdom. Sdom es hoy la gran salinera de Israel.
SUSA.
Esta capital del imperio de los elamitas
estaba a unos 250 km
de la ensenada norte del golfo Pérsico, al borde meridional de la montaña
iraniana, en el territorio de influencia del Ka-rún, que desemboca en el
golfo Pérsico. Las ruinas de Shush recuerdan todavía hoy el nombre antiguo,
que en la Biblia suena Susan (hebreo).
Después que el rey asirio Assurbanipal
(668-626 a.C.)
hubo sometido al Elam, deportó a los ciudadanos de Susa como colonos con
destino a Samaría, con lo que los susitas pasaron a ser parte integrante de
los samaritanos (cf. Esd 4:9).
En Susa, a los asirios les sucedieron los
babilonios, y a éstos los persas. El complejo palatino, que los franceses
excavaron en Shush antes de la primera guerra mundial, es una construcción
del rey persa Darío I (522-486
a.C.) y presenta restos del palacio construido por
Artajerjes II (405-359 a.C.).
En ese palacio de invierno de los monarcas persas desarrolla el autor del
libro de Ester su famosa historia. La explanada del palacio tenía como centro
la gigantesca sala abierta de columnas: la sala de audiencias reales, con la
que comunicaban por el sur las viviendas alrededor del patio (el palacio
real, el harén) y por el norte grandes jardines en terrazas (“paraíso”).
Este monte, antiguo lugar de culto, fue
venerado como monte santo, como “lugar alto,” también por las contiguas
tribus israelitas de Isacar, Zabulón y Neftalí. Por ello dice el profeta
Oseas que sobre el Tabor “había tendida una red” (Os 5:1).
El Tabor se eleva a 588 m de altitud, y es un
monte de estructura uniforme, como una cúpula, al nordeste de la llanura de
Yizreel. Durante todo el período bíblico estuvo cubierto de bos-ques,
quedando despejada únicamente la altiplanicie (1200 x 400 m); sobre ella se asentaba
una ciudad, que hay que considerar como marcadamente cultual (“lugar de
peregrinación”). En el período helenístico-romano su nombre fue Atabyrion o
Itabyrion, en el que se contiene el topónimo “Tabor” (¿nombre de un dios
acádico llamado Tabira?). En el apócrifo Evangelio de los hebreos (hacia el
150 d.C.) habla Jesús: “En seguida me tomó mi madre, el Espíritu Santo, por
un cabello y me trasladó de inmediato al gran monte Tabor.” Aunque esta
extraña fórmula se re-fiere a la tentación de Jesús, influyó en la tradición
del Tabor como monte de la transfiguración, sobre cuya posición y nombre nada
dicen los Evangelios canónicos. Desde el siglo VI también se identifica a
menudo el monte galilaico de la aparición del Resucitado (Mt 28:26) con el
monte Tabor.
Pese a lo tardío de esa tradición, y
aunque el Tabor estaba habitado, no se excluye como posible monte de la transfiguración. Las
escenas subsiguientes al episodio y al descenso, ya al pie del monte, suponen
un lugar dentro del territorio judío: Jesús halló a sus discípulos enzarzados
en una disputa con los doctores de la Ley. Ello excluye casi con seguridad un monte
en la región de Cesárea de Filipo o el Hermón, al que también se menciona a
menudo como monte de la transfiguración. De todos modos, no puede demostrarse
de modo seguro que el Tabor sea el monte de la transfiguración. No
obstante, también el Tabor, pese a estar habitado, ofrecía calveros
solitarios suficientes para tales conversaciones. Y solitaria era incluso la
altiplanicie en el terreno que quedaba fuera de la muralla del asentamiento.
TIBERÍADES.
Herodes Antipas fundó esta ciudad entre
los años 17-26 d.C. en el centro de la ribera occidental del lago de
Genesaret, como nueva capital de su territorio soberano. Le dio el nombre del
emperador romano entonces reinante: Tiberio.
El motivo de fundar la ciudad
precisamente en ese punto fueron las fuentes termales de Jammat. La ciudad
quedaba un poco más al sur que la ciudad actual, aproximadamente entre ésta y
las fuentes termales. Herodes Antipas quiso también hacer de su capital un
balneario.
Como la ciudad fue edificada sobre un
antiguo cementerio, a Herodes Antipas no le fue fácil encontrar pobladores,
ya que la ciudad era impura por los sepulcros. Así que el tetrarca hizo un
llamamiento prometiendo tierras y casas puestas a quienes se comprometieran a
tomar residencia permanente en Tiberíades. Con ello consiguió reunir en su
ciudad no precisamente a los mejores elementos de la población. Por
lo cual Herodes dio un paso más imponiendo un asentamiento forzoso a judíos
galileos y también a gentes de la población griega en Galilea.
Entre las fuentes de ingresos de
Tiberíades se mencionan las salazones de pescado, el gran comercio pesquero y
la industria del vidrio (“copas de Tiberíades”).
Probablemente Jesús no entró nunca en
Tiberíades. Pero hasta qué punto la capital, con su cultura greco-romana,
estaba en boca de todos lo reflejan algunas expresiones de los Evangelios,
por ejemplo, Jn 6:1, que al lago de Genesaret lo designa “lago de Tiberíades”
por el nombre de la nueva capital.
La población de Tiberíades, no judía en
su mayor parte, no participó en las guerras judeo-romanas. Cuando el año 70 d.C.
Jerusalén fue destruida, una parte de los dirigentes nacionalistas y de los
intelectuales del judaísmo se retiró a la ciudad intacta de Tiberíades, que
para entonces ya había sido declarada pura. Lo mismo ocurrió, aunque en mayor
medida, tras la gran subleva-ción del año 135 d.C. A partir de entonces
aumentó el elemento judío en Tiberíades, arrinconando cada vez más al
elemento griego. El año 225 d.C. también se trasladó a Tiberíades el
sanedrín, con lo que la ciudad se convirtió en la avanzadilla del judaísmo en
Palestina. Sus escuelas se hicieron famosas y sus sabios cuidaron de fijar la
tradición de la
sagrada Escritura hebrea; pe-ro en su ciudad fueron como
una secta, porque la población o era absolutamente liberal o en par-te se
había convertido al cristianismo. Hacia el año 400, el emperador cristiano
Teodosio atacó con tanta dureza los derechos de los judíos en Palestina que
la dirección espiritual del judaísmo pasó a los judíos de Babilonia.
TIGRIS.
Junto con el Eufrates es el segundo gran
río de Mesopotamia. En hebreo se dice Hiddekel y en árabe DidslalDidsle. Nace
en las tierras altas de Armenia, en el Tauro; sus fuentes, que a menudo los
mapas no señalan, se reúnen para formar el Tigris. De la violencia de esta
corriente fluvial, de casi dos mil km de longitud en los tiempos
prehistóricos, no es fácil hacerse una idea adecuada. Pero el relato mítico
de Nimrod que ató al dragón (es decir, al Tigris), es todavía un eco. En la
ribera oriental del Tigris se asienta Nínive, una de las ciudades que Nimrod
fundó o dominó.
El río, abundante en meandros, tiene una
anchura de 300 a
350 m.
A más de 100 km
de su desembocadura se junta con el Eufrates, formando el Sat el-Arab. En la
antigüedad, sin embargo, ambos ríos desembocaban por separado en el golfo
Pérsico.
En el AT se menciona el Tigris como uno
de los ríos del paraíso (Gen 2:14); la mención alude por tanto a un tiempo en
que este río ya estaba domeñado. En el libro de Daniel las riberas del Tigris
son el lugar de las grandes visiones del protagonista (Dan 10:4). El joven
Tobías pesca en el Tigris el pez con cuya hiel curará los ojos de su padre
Tobit (Tob 6:1ss). De todos esos pasajes destaca la vigorosa creencia en la
conexión del Tigris con las potencias supranaturales, incluso en el período
bíblico.
Por lo demás, todos esos pasajes
probablemente tienen una relación interna: por su fertilidad se convirtió el
Tigris en un río del paraíso y, como tal, fue el lugar de las visiones de
Daniel.
La gran roca (sur; en griego tyros)
frente a la costa fenicia sostuvo, desde aproximadamente el año 2000 a.C., una ciudad
comercial y marinera, cuyo territorio de soberanía se adentraba profundamente
en el continente. En las épocas de postración de la hegemonía egipcia (poco
después del 1200 a.C.)
Tiro alcanzó su plena independencia y desarrolló cada vez más su poderío como
Estado industrial y mercantil (trabajos metalúrgicos, labores textiles,
tintes e industria del vidrio).
David extendió sus dominios más allá de
los territorios de Tiro en tierra firme, pero dejó a la ciudad tiria su
autonomía. Pero ya bajo Salomón los territorios continentales arrebatados a
Tiro por su padre volvieron de nuevo a Tiro. Con su rey Jiram concluyó
Salomón un tratado comercial: Tiro le proporcionaba madera para la
construcción del templo de Jerusalén, a la vez que constructores y
metalúrgicos, y Salomón le proporcionaba al tirio alimentos. Con la ayuda de
Tiro construyó también Salomón su flota comercial. Y en todo ello hay que ver
un fortalecimiento de la posición de Tiro.
Todavía en más estrecha conexión con Tiro
estuvo el rey Omrí de Israel (reino septen-trional). Con el fin de obtener la
ayuda de los fenicios en su lucha contra los arameos, concertó un matrimonio
entre la hija del rey de Tiro, Jezabel, y su hijo Ajab (1Re 16:31).
Frente a las guerras de conquista de
asirios y neobabilonios, a las que acabaron sucumbiendo el reino
septentrional de Israel el año 722
a.C. y el meridional de Judá el año 586, Tiro supo
preservar de alguna manera su libertad mediante el pago de tributos. Pero
muchos de sus ciudadanos emigraron al norte de África, donde fundaron una
“ciudad nueva” (Cartago). Desde el 332 a.C. (Alejandro Magno) hasta el 126 a.C. (disputas sirias
por el trono) Tiro estuvo bajo soberanía extranjera. Finalmente, los
Seléucidas dieron a Tiro su status de ciudad libre, que los romanos
confirmaron; pero la zona de influencia del interior del país dejó de
pertenecerle.
En tiempos de Jesús, la expresión “el
territorio de Tiro y Sidón” se empleaba formalmente para indicar la
Siro-Fenicia (Mc 7:24). Tiro y Sidón distaban entre sí 40 km, y desde Pompeyo
pertenecían a la provincia romana de Siria (62 a.C.), en la que formaban
el distrito de Siro-Fenicia, con la excepción de la ciudad libre de Tiro.
Pablo visitó en Tiro a los hermanos
cristianos y permaneció con ellos siete días (Act 11:3).
UR.
Según una tradición israelita, la familia
de Abraham era oriunda de Ur; y seguramente que no de la ciudad misma de Ur,
sino de sus alrededores. En el centro de la ciudad se alzaba la torre
santuario de tres pisos (construida hacia el 2000 a.C.), que más tarde,
durante el imperio neobabilónico, fue convertida en una torre de siete pisos.
La torre-templo se convirtió en el período neobabilónico en santuario del
dios lunar Sin (o Nannar).
De la época en torno al 2600 a.C. se han sacado a
la luz en Ur unas suntuosas tumbas regias, en las que, junto a testimonios
espléndidos de una elevada artesanía ornamental (yelmos, armas, copas,
estandartes, arpas, adornos para la cabeza), han aparecido los cadáveres de
guerreros, músicos y servidores, ofrecidos en sacrificio como personal de
compañía del soberano muerto; se les debió de emparedar con el muerto,
bebiendo después la copa del veneno. En una de las tumbas se han encontrado
hasta ochenta de tales víctimas en honor del monarca.
Ur fue sin duda una de las ciudades
cultas más antiguas del Próximo Oriente. Ya los es-tratos que han de datarse
antes del 3100 a.C.
contienen documentos escritos. Desde aproximadamente del 3100 al 2200 a.C. se prolongó el
período de los súmenos. Del 2200 al 529 a.C. tuvo Ur muchos señores. Desde el 529 a.C., cuando los
caldeos se convirtieron en los nuevos soberanos de Mesopotamia, la ciudad
pasó a ser la segunda ciudad de Babilonia: la “Ur de los caldeos,” como aparece en las
historias bíblicas de Abraham (Gen 11: 28), después que los judíos del
exi-lio completaron los relatos bíblicos.
Es un afluente de la orilla izquierda del
Jordán. Nace en Rabba (hoy Ammán), la capital de los ammonitas, cuyo
territorio tribal correspondía principalmente al curso superior del Yab-boq.
En su curso de 85 km de largo el río tiene
un desnivel de más de 1100
m. Su curso inferior se caracteriza por un lecho fluvial
cortado a tajo por el que discurren las aguas de azul oscuro (árabe: nahr
ez-Zerka, es decir, “río Azul”). A ambos lados del Yabboq inferior se
extiende la región de Galaad.
En la historia de la lucha de Jacob con
el ángel de Yahveh (Gen 32:23ss) el narrador bíblico menciona la campiña del
Yabboq, poco antes de su desembocadura en la depresión del Jordán, y la
ciudad de Penuel, que, bajo la forma de peni-‘el (algo así como “rostro de
Dios”), relaciona con la lucha de Jacob y con su conversión.
Yaffá, o Yafo, en hebreo (tal vez con el
significado de “la bella”) y Joppe en la Vulgata. Es una de
las ciudades más antiguas de la costa Mediterránea de Palestina. Las
excavaciones han certificado que el lugar estuvo habitado ya en el neolítico.
Por su posición en la gran ensenada dispuso Yaffá de una zona marina que
podía utilizarse como puerto, cuando por los escollos no era posible
acercarse hasta la playa. Ése fue un factor importante en el esplendor de
Yaffá.
En el reparto ideal de la tierra de
Canaán que hace el libro de Josué Yaffá se le asignó a la tribu de Dan. Pero,
de hecho, hasta el año 144 a.C.
nunca perteneció ni a Israel ni a Judá. Ni siquiera en tiempos de David y
Salomón, aunque allí se desembarcaba la madera de construcción para el templo
salomónico, que llegaba por barco desde el Líbano. Probablemente la ciudad
perteneció siempre a los fenicios, aunque también pudieron ocuparla los
filisteos. De Yaffá intentó escapar en una nave que hacía la derrota de
Tarsis el profeta Jonás del libro homónimo, a fin de librarse del cometido de
tener que predicar en Nínive (Jon 1:3).
Simón Macabeo conquistó la plaza, sobre
todo por la importancia de su puerto, para Judá obligando a sus habitantes a
convertirse al judaísmo. Desde entonces perteneció la ciudad a Judá hasta el
final de la guerra judeo-romana, con la excepción de los años 34-30 a.C.
En Yaffá vivía Pedro como huésped de un
curtidor llamado Simón, “cuya casa estaba al borde del mar” (Act 10:6),
cuando los emisarios del centurión gentil Cornelio le invitaron a que
acudiese a Cesarea. El lugar de la casa se señala hoy en un callejón
escarpado, pero la tradición es muy insegura.
1. Nombre de la llanura situada entre el
Carmelo, los montes Guilboa y la premontaña de Galilea; en la época
helenística se llamó la “llanura de Esdrelón (o Esdralón).”
La llanura de Yizreel está regada por el
arroyo Quisón y sus numerosos afluentes. En tiempos bíblicos debió de ser una
región extraordinariamente fértil, como vuelve a serlo hoy con el vigoroso
esfuerzo de cultivo de los israelíes. El topónimo “Yizreel” apunta también a
esa fertilidad, pues significa “Dios siembra.” La llanura pertenece a la
brecha del terreno que forman los sistemas montañosos de la Palestina occidental,
y viene a ser por lo mismo una especie de cruce de caminos. A la seguridad de
tales caminos contribuían las fortificaciones, por ejemplo, la de Meguiddó,
que controlaba el paso en dirección norte-sur del Carmelo, y la de Bet-San, en la
de-presión del Jordán.
Por su fertilidad y la facilidad de
comunicaciones la llanura era ya al tiempo de la con-quista de Canaán un
centro abundantemente poblado, con muchas ciudades (Jos 17:16). Los
israelitas debieron de procurar adueñarse de las mismas. Hasta qué punto es
importante esta fértil llanura para el conjunto del país, se desprende del
hecho de que en el Israel actual Emek Yezre’el (“Valle de Yizreel”) se
designa simplemente como el Emek, “el Valle” por antonomasia. Con ello se
recoge un uso antiguo, pues que también la Biblia usa generalmente ese
lenguaje (la traducción de “llanura” responde mejor a nuestro léxico
geográfico; pero en una traducción literal tendríamos que hablar del “Valle
de Yizreel”).
Por razón de los caminos y a causa de la
llanura, cuya devastación representaba un daño considerable del enemigo,
razón por la cual resultaba el escenario ideal para campo de batalla, la
llanura de Yizreel fue repetidas veces el escenario de las guerras de Israel.
Allí combatió Baraq, cuando Débora llamó a la lucha. Allí
sorprendió Gedeón con sus trescientos hombres al campamento de los madianitas
(cf. la explicación en el comentario a Jue 7); allí combatió Saúl contra los
filisteos (1Sam 29) y lo hizo también el rey Yosías de Judá contra el faraón
egipcio.
2. Al borde oriental de la llanura, en la
montaña de Guilboa, se alza la ciudad de Yizreel, que lógicamente debió de
tomar su nombre de la llanura, y no al revés. Pese a lo cual, parece que fue
la ciudad la que dio nombre a la llanura, porque la ciudad de Yizreel es una
de las primeras ciudades del valle que pasó a manos de Israel, y eso ya al
tiempo de los jueces. Y así la llanura se llamó con el nombre de la ciudad
israelita. El topónimo que proclama la fertilidad debió de referirse en
primer término a los campos y viñedos de la ciudad.
La ciudad está en la línea divisoria de
las aguas, a sólo 123 m
de altitud, pero despejada y con una buena panorámica. De ahí su importancia
estratégica y hasta su valor curativo por su aire. Por ese valor estratégico
levantó aquí el rey Ajab de Israel un palacio, chocando con la resistencia de
Nabot para la ampliación de sus jardines (1Re 21). Quizá pueda considerarse
Yizreel como residencia veraniega de los reyes de Israel, en razón de su
importancia estratégica.
Allí fue exterminada la casa de Ajab.
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Pedro Sergio
Antonio Donoso Brant



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