martes, 17 de mayo de 2016

Jerusalén, deseo universal | Traveler

Jerusalén, deseo universal | Traveler
















Artículo: Jerusalén, deseo universal




Jerusalén, deseo universal
Jerusalén, deseo universal
Álex del Río

Jerusalén, deseo universal


¿Por qué, de todas las ciudades del mundo, esta ha sido durante más de
tres mil años el gran escenario de todas las pasiones, de todos los
anhelos? Conquistada cincuenta veces a sangre y fuego, cantada por todos
los poetas, escrita una y mil veces en todos los textos. Un equipo de
Condé Nast Traveler acompaña a la actriz Bárbara Lennie por la hermética
y bella Jerusalén, paisaje eterno entre el cielo y la tierra,
encrucijada donde confluyen religiones, emociones y esperanzas.



Salgo del aeropuerto de Tel Aviv camino de Jerusalén y, sin haber
entrado aún en la ciudad, sé que este viaje será uno de los más
especiales de mi vida. El joven judío (por la kipá sobre su cabeza no me
cabe duda de que lo es) que estaba sentado en el avión dos filas
delante de mí, completamente vestido de blanco y con una anecdótica
sudadera del Real Madrid, es recibido por más de una docena de personas
(mismo kipá, mismo atuendo, pero sin la sudadera) con tambores y
panderetas. Una chica del dinámico grupo me aclara en inglés que el objetivo prioritario en la vida de un habitante de Jerusalén es ser feliz.
Se me antoja extraño focalizar la idea de felicidad en una ciudad en la
que han sucedido tantas cosas, muchas de ellas terribles.



Jerusalén no es solamente una ciudad de la que se tienen referencias escritas desde 1800 a. de C., es una idea. Como dijo uno de sus múltiples conquistadores, Saladino, Jerusalén es “Nada. Todo”; es el mundo de los hombres que buscan comprender y comprenderse, a menudo de manera brutal, pocas veces con sensatez.



Al día siguiente, con una perspectiva imponente de la ciudad desde la altura que proporciona el Monte de los Olivos y la iglesia de Getsemaní, tomo conciencia de cómo el mundo judío, el cristiano y el musulmán se entrecruzan en una babel visual aparentemente encajada en apenas 120 kilómetros cuadrados. Nuestro guía local intenta —y consigue— explicar la azarosa vida de Jerusalén desde la época del rey David hasta aquí. De cómo la capital de Israel ha sido conquistada y reconquistada hasta 50 veces
y de cómo su prodigiosa estructura arquitectónica y mística ha sido
capaz de aguantar en pie con toda su belleza y todo su magnetismo.





Jerusalén a vista de pájaro

Jerusalén a vista de pájaro
Álex del Río
La concentración de energía es un hecho físico, se siente algo especial, vas caminando y en cada rincón se remueve un trozo de alma. Lo llaman el síndrome de Jerusalén,
y digo yo que miles de años, tantas caídas y vueltas a empezar piedra
sobre piedra, accionan una de las esencias del ser humano: la búsqueda
eterna del ser infinito. Hay una conclusión clara que el paso de los
días me va a confirmar: aquí no es necesario ser católico para sentir las emociones de la realidad cristiana,
no hace falta ser judío para zambullirse en sus tradiciones y en su
conocimiento místico, no importa desconocer los preceptos del Corán para
comprender algunos porqués fundamentales de su religión.



Hoy estoy aquí, y tolerancia, intención y capacidad de respirar con la
mente despejada son mis tres grandes alicientes para sentir este viaje
como una oportunidad única. No el viaje relax, no la playa idílica, no el lujo evidente. Sí a todo lo que nos hace seres espirituales, trascendentes y al mismo tiempo infinitamente vulnerables.
Estar en Jerusalén es ser consciente de que la historia no está escrita
solo en los libros, y que su particular geografía ha sido importante en
este puzle universal.



Situada en los montes de Judea, entre el mar Mediterráneo y la ribera
norte del Mar Muerto, Jerusalén no es al primer vistazo una ciudad
acogedora en el sentido turístico de la palabra, pero tampoco es una
ciudad fría. Es intimista y hermética, vive hacia dentro, recogida en sí misma,
impresión que me asaltó desde el momento en que entré en la ciudad
desde la alborotada Tel Aviv: sábado al mediodía, con el taxi
atravesando un casi desierto barrio judío ortodoxo.





Barrio judío

Barrio judío
Álex del Río
Hoy es Sabbath, día sagrado de la semana judía, y por tanto la jornada del descanso obligado y ampliamente respetado.
Desde la tarde del viernes hasta la noche del sábado, eso incluye que
no se puede cocinar, lavar, utilizar aparatos eléctricos, arrancar un
coche o conducir, por citar ejemplos cotidianos. En el hotel Mamilla,
donde me alojo, uno de los elevadores está indicado para usar en
Sabbath: en lugar de accionar con un botón a qué altura quieres subir,
ese día de manera automática va parando en todos y cada uno de los
pisos, por lo que no hay que hacer nada para llegar al destino: solo
esperar tu planta. Una de tantas maneras de sortear las prescripciones de la tora sin dejar de cumplirlas.



Cuando en la Ciudad Vieja llega la noche del sábado, las calles comienzan a bullir de locales abiertos hasta muy tarde y visitantes con ganas de divertirse. Es conocida como la ciudad de las ocho puertas:
una de ellas permanece cerrada a cal y canto esperando la llegada del
verdadero mesías del pueblo judío y por las otras siete se entra
directamente a ese otro mundo que representa Jerusalén. Quizá la novena
ya estaba empezando a abrirse en mi mente, porque cruzo la Puerta Nueva, que lleva directamente a David St., donde los comercios tradicionales se mezclan con una amplia oferta occidental.



Bárbara en el hotel Mamilla

Bárbara Lennie en el hotel Mamilla
Álex del Río
Aunque prevalece lo autóctono, especialmente de connotaciones religiosas, místicas o cabalísticas, los souvenirs de las tres religiones, de las tres culturas, se mezclan con camisetas de Marilyn, Lennon o el Che.
La cuesta de escaleras empedradas entre David St. y la Via Dolorosa y
las callejuelas que llevan desde allí al barrio judío, al musulmán, al
cristiano, al armenio, forman un auténtico universo de tenderetes y tiendas.
Las callejuelas están preparadas con cuñas de piedra para que los
carros de pan y fruta lleguen a su destino cada día en este enorme
laberinto. Los cojines de seda, las telas, las chilabas y los menorá
(candelabros de siete brazos) se exponen entre puestos de hummus y zumos
de frutas.



Mercader de especias en las callejuelas de Jerusalén

Mercader de especias en las callejuelas de Jerusalén
Álex del Río
En ningún sitio he visto tanta variedad de panes como aquí. Y de anticuarios a los que realmente no sabes si creerles o comprarles. Pero busques lo que busques, ten la seguridad de que aquí lo vas a encontrar. Es el caso del local de Omar Sinjlawi, de origen palestino, en la misma David St., un auténtico museo de objetos de todo tipo
capaz de abrirse a lo largo de sus habitaciones. Me recalca que su gran
logro es mantener el negocio de su familia, que se ha ido heredando de
generación en generación. Además presume de tener ahí mismo, visible
para el turista, un pozo propio lleno de agua con más de 2.100 años de antigüedad.
Casi tantos como los objetos del local que regenta un palestino judío
en esa misma calle, un poco más arriba, al que siempre vi paseo tras
paseo aferrado a un microscopio limpiando unas piezas de cerámica y
metal que me asegura son de la Edad del Cobre.



El espíritu comercial de Jerusalén es maravilloso para aquellos que amen el regateo,
y una pesadilla para los que no saben discutir un precio. Los
encuentros y las relaciones que haces con un comerciante, que te saluda
en tu idioma porque te recuerda a la perfección del día anterior, su
manera de intentar colocarte su producto, la habilidad dialéctica, la insistencia,
todo es más importante que la compra en sí misma. Conclusión: o eres
muy hábil o te encuentras en las maletas decenas de objetos que no sabes
muy bien por qué has comprado. Y eso también tiene su gracia.



Anticuario

Anticuario de Omar Sinjlawi
Álex del Río
Para adentrarse en la cotidianidad, no hay nada como el gran mercado de Majane Yehuda,
ya en la Ciudad Nueva, donde lo mismo compras un kilo de tomates que un
colgante de oro blanco. Entre sus puestos, levantados en los bajos
comerciales cubiertos de un par de manzanas, se aprovecha hasta el último rincón.



Un viejo comerciante, al que compro un condimento para ensaladas hecho con frutos secos y algo llamado ‘huevo de dragón’,
me dice con orgullo que algunos de sus productos se venden en todo el
mundo con mucho éxito, como el aguacate y la batata, que en Israel
tienen fama de ser los más exquisitos y sabrosos. Pasear entre los puestos abigarrados es un juego entre la alegría y la confusión, una experiencia elemental y exótica. Desde allí, en tranvía o caminando, se puede atravesar la arteria comercial más importante de la ciudad, Jaffa St.



Aunque por la antigüedad de la ciudad los lugares más emblemáticos están dentro de las murallas, Jerusalén no oculta su faceta más moderna y contemporánea. La gente —nunca lo hubiera imaginado— sonríe, te habla, te indica cosas. Parece un pueblo en busca de un futuro que de ninguna manera puede o quiere renunciar a su portentoso pasado. Difícil ecuación, pero consiguen un mix muy atractivo. Ahí está para demostrarlo el centro comercial Mamilla, uno de los escasos lugares de la ciudad capaz de devolverte a Europa sin necesidad de coger un avión, o Nahalat Shiva,
el tercer barrio fundado fuera de la Ciudad Vieja, un hervidero de
gente joven y guapa, el otro centro de la ciudad con bares, cafés y
salas donde el cine local se ve con orgullo, aunque Hollywood tenga su
hueco. Según el cinéfilo propietario del restaurante Pini’s Kitchen (situado en la calle principal del que fue barrio alemán en periodo otomano), Emek Refa’im,
Pedro Almodóvar estrena cada trabajo con un éxito considerable. La
mayor parte de los negocios de estas arterias de la ciudad tienen wifi
de acceso público.



Bárbara Lennie entre las callejuelas de Jerusalén

Bárbara Lennie entre las callejuelas de Jerusalén
Álex del Río
Si ya en el zoco se advertía claramente el cruce de religiones y
culturas con las calles judías, cristianas y musulmanas perfectamente
definidas y finalmente unidas unas a otras, las divisiones en los barrios están mucho más claras.
La cordialidad se descubre como mutua ignorancia. Las relaciones
cruzadas escasean, cada uno va a lo suyo y hay poco cruce de palabras y
miradas.



Normalmente, las distintas comunidades juegan su papel según su número
de habitantes, pero al final no se trata solo del cuánto sino del cómo,
algo para lo que basta un ejemplo: según fray Artemio Vítores, superior
del convento de San Salvador y vicario de la Custodia de Tierra Santa, los cristianos suponen únicamente el 1,4% de la población de Jerusalén.
Al principio nadie lo diría, pero arañando en mi memoria recuerdo que
aquellos dos frailes que caminaban una tarde bajo la Puerta de Damasco
parecían dos ovejas que han perdido su rebaño en medio de una multitud
de musulmanes, judíos ortodoxos y policías israelíes.



El camino del cristianismo comienza en el Monte de los Olivos y la Ascensión de Jesús,
bajo cuya pequeña cúpula, según marca la historia, se rezó por primera
vez un Padre Nuestro, traducido con el tiempo a más de 100 idiomas. Desde aquí la vista es de las que se fijan en el corazón
y advierte la locura de esta ciudad conquistada, reconquistada,
amurallada y resplandecientemente bella a pesar de lo que sabes, de lo
que intuyes, de lo que sientes.



Bárbara Lennie en el Monte de los Olivos

Bárbara Lennie en el Monte de los Olivos con vestido de Givenchy
Álex del Río
Aquí, a mi alrededor, están esos olivos que tanta historia han visto, mucha más que la basílica de Getsemaní,
donde según marca la tradición Jesús rezó después de la Última Cena, y
cuya edificación actual es muy reciente, entre 1919 y 1924. El interior
es oscuro, como todos los grandes templos cristianos. El silencio de los
jardines que lo rodean se rompe ligeramente por las conversaciones de
los turistas. En el interior se respira devoción, no hay ni siquiera murmullos. Para un creyente, llegar hasta aquí es entrar en el origen de la fe,
poner el pie en ella. Para los no creyentes es igualmente un lugar
especial, donde resulta complicado abstraerse de esa energía espiritual.
Yo mismo, que no practico ninguna religión, me siento en silencio, impresionado por todo lo que tengo alrededor.



Sobre una enorme piedra junto al altar, donde la historia dice que ocurrió todo,
hay decenas de personas. Les imagino en las iglesias de sus ciudades,
sus barrios, rezando a un Dios que aquí anhelan tocar con la yema de sus
dedos. A pocos metros se encuentra el Cénaculo, donde se celebró la Última Cena,
y donde no se practica misa desde 1523, pero se volverá a oficiar en
los próximos meses si la intención del papa Francisco llega a hacerse
realidad.



Vuelvo a la ciudad y atravieso la Vía Dolorosa, más bella en las fotografías que había buscado en internet que en la realidad, pero innegablemente interesante. Sigo lentamente nueve de las quince estaciones del Viacrucis, las mismas que me llevan a la puerta del Santo Sepulcro, el verdadero santuario del cristianismo.
Bajo la custodia de armenios ortodoxos, católicos ortodoxos y romanos,
este lugar es el punto exacto donde se crucificó, enterró y luego
resucitó Jesucristo. Los laberintos de pequeñas capillas de la basílica
guardan la energía de todos aquellos que lo visitan.



Aunque quieras ser escéptico, aunque tengas otra visión de la historia,
aunque pretendas hacer de este lugar una simple visita turística, no
podrás. Es más fuerte que tú. Mucho más poderoso. Al cruzar la puerta, otra enorme mancha en forma de roca se erige desde el suelo. Según la historia, aquí tocó tierra el cuerpo de Jesús al descender de la cruz,
y el visitante puede prácticamente tumbarse sobre él antes de entrar en
el recinto del Santo Sepulcro. Los fieles se arrodillan, extienden sus
brazos y, al parecer, las católicas rusas que quieren ser madres incluso
traen en el bolso alguna prenda de ropa interior porque creen que, al
contacto con este suelo, las hará más fértiles. Los que quieren
simplemente conocerlo se encuentran en el interior de un monumento bellísimo donde algo intangible obliga a la meditación y al respeto.



Santo Sepulcro

Santo Sepulcro, un lugar de obligada meditación e introspección
Álex del Río
Al día siguiente camino hacia el barrio judío, a unas
pocas calles del epicentro cristiano. Su ordenada belleza te sitúa en el
mapa al momento. La culpa la tienen en buena parte la docena de sinagogas esparcidas por el barrio,
poco más de 2.000 habitantes que mantienen en perfecto estado sus
dominios (aunque hayan sufrido esas famosas 50 conquistas de la ciudad
como el resto), pero sobre todo —después de vivir las devastadoras
consecuencias de la Guerra de los Seis Días en 1967— su reciente
rehabilitación. Y se nota.



Por eso, cuando sus calles se abren hasta Ha-Tamid St., con un gran menorá dorado, con la Explanada de las Mezquitas y el Muro de las Lamentaciones al
frente, Jerusalén te recuerda que la espiritualidad está en todos los
rincones, desde todas las perspectivas. Al igual que en la zona
cristiana, no hay problema en recorrer los lugares sagrados del judaísmo
libremente.



No sucede lo mismo en el Domo de la Roca de los musulmanes, cuya
explanada se abre solo pocas horas al día y cuyos templos solo están
disponibles para el musulmán, que puede llegar a tener que identificarse
recordando algún pasaje del Corán. Cuando el judío reza ante el Muro,
es evidente que solo él —y su cántico sagrado— está allí. Y no ocupa
únicamente los poco más de 60 metros, divididos en dos partes para hombres y mujeres, que se pueden ver a simple vista. Camino tranquilamente por la sinagoga contigua interior y por los túneles subterráneos, donde el Muro se sumerge en las entrañas de la ciudad.



Voy guiado por una americana judía, de nombre Batya, que cuenta la
historia de este impresionante lugar una y otra vez todos los días con
la ilusión de una principiante. Me asombra cómo intercala su discurso
histórico con vivencias personales: una de sus hijas, casada y con una
situación económica complicada, consiguió vivir en la casa de sus sueños
porque lo pidió ante el Muro. Así que, como quien no apuesta no gana, a
mi salida cojo uno de los cientos de kipá que hay en el acceso
masculino y dejo mi sueño escrito en la rendija más profunda que se abre
entre dos rocas. Ahí estará.



Muro de las Lamentaciones

Muro de las Lamentaciones
Álex del Río
Pero Jerusalén está cargada de tanta historia que
remueve con fuerza cuando te traslada a los momentos más complicados de
su historia, cuando el pasado decide abofetearte la cara. La época de la Alemania nazi golpeó a los judíos con la dureza de una apisonadora, y la ciudad tiene concentrado en el Museo del Holocausto, Yad Vashem,
la cara más terrible de una historia que se hace crudísima realidad
cuando entro y voy pasando por las diferentes salas donde se exponen
testimonios de uno de los peores horrores de la humanidad. Y donde tomo conciencia de que todo esto ha sucedido hace poco,
que hablamos de un capítulo reciente de nuestra vida, con miles de
supervivientes que aún están entre nosotros, y muchos son habitantes de
Jerusalén.



De todos los museos que se pueden visitar en el mundo, creo que pocos son capaces de remover cuerpo y corazón de esta manera:
restos de los libros que sobrevivieron a la quema general, las fotos de
Einstein o Freud expulsados de sus clases en la universidad por ser
judíos, los ladrillos, raíles y farolas reales del gueto de Varsovia,
los juguetes rotos que acompañaron a algunos de aquellos niños en sus
escondites, el proceso que seguían seres humanos indefensos tras su
encarcelación en los campos de concentración, las vejaciones, los
experimentos. El exterminio sistemático…



Ahí está la Sala de los Nombres, donde al azar están
colocadas las fotos de algunas de aquellas víctimas, rodeadas de
archivadores con los nombres registrados pero también de estanterías
vacías, porque el trabajo aún no ha terminado. Nunca termina del todo.
Perla B. Hazan es la directora del museo para los países latinos, y es
la encargada hoy de abrirme camino en mi recorrido. Nacida en Melilla,
está casada con uno de aquellos supervivientes. Le pregunto cómo se vive
rodeada todos los días de tanto dolor. “Buscando la luz, y trabajando para que esto no se olvide, y sobre todo no se repita nunca más”, me contesta mientras paseamos por la Plaza de los Justos,
un lugar bajo el sol a unos cientos de metros del museo que rinde
homenaje a los no judíos que arriesgaron o dieron su vida por ayudarlos,
como el Oskar Schindler de la película de Spielberg, enterrado en el cementerio católico que tengo a unos pocos metros.



Vuelvo a la ciudad, entro por una de sus puertas, sigo abriendo mi
mente por las callejuelas estrechas repletas de gente que busca o que ha
encontrado la clave de esta ciudad magnética, hermética, en la que es posible comprender la historia de la humanidad.
Ya lo comentó el patriarca latino de Jerusalén al comandante británico
el día que acabó su mandado, en 1948, y le hizo entrega entre lágrimas
de las llaves de la ciudad: “Para vosotros es un día muy importante. Para Jerusalén, es un día más”.



* Este artículo está publicado en la revista de Condé Nast Traveler de mayo número 73. Este número está disponible en su versión digital para iPad en la AppStore de iTunes,
y en la versión digital para PC, Mac, Smartphone y iPad en el quiosco
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Museo del Holocausto

Museo del Holocausto
Álex del Río






























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